miércoles, 12 de junio de 2013

El arma de un enemigo íntimo.

Al pobre Juan todos lo recordaban dando piruetas, contorsionándose porque pensaba que su sombra no era una sombra normal. Según él, a cada rato le desafiaba los movimientos y la forma, por lo que tenía que estar siempre pendiente de ella. Desde niño la siguió, y cada vez que la veía, trataba de adelantarse a sus acciones y sorprenderla pero nunca lo logró.
Debido a sus constantes y rápidos movimientos, el pueblo entero no alcanzaba a distinguir si la sombra actuaba primero o no, si era cierto lo que Juan se empeñaba en alegar. Un día se cansó, y para evitarse conflictos, comenzó a salir de su casa únicamente cuando el sol estaba en todo lo alto del cielo y en todo lo ancho de la tierra, cuando le era imposible a su enemigo número uno aparecer. Pronto se hartó del calor también y dedicó sus salidas únicamente a la noche, hasta que repentinamente llegó a una resolución: decidió no salir de su casa jamás y cerrar puertas y ventanas la noche en que la luna le mostró que ella también podía revelarle al mundo sus males más internos.

sábado, 8 de junio de 2013

Juan Vicente Melo:
La obediencia Nocturna (fragmento).


Cuando entro en el cementerio suena una campana. Me detengo, sorprendido. Un ataúd avanza lentamente seguido por cuatro mujeres viejas. Sus rostros ajados están cubiertos por afeites que resbalan con el sudor. Caminan con pasitos tambaleantes, sosteniéndose unas a otras. De trecho en trecho, se detienen, respiran profundamente, se arreglan los sombreros, el cabello grisáceo, las machas que caen o se revuelven, las faldas. Luego, dan una carrerita y siguen al ataúd. Sus gemidos, sus voces se confunden con el lamento de la campana. Empiezo a llorar. Veo cómo se detienen, al fin, sofocadas por el calor y el esfuerzo. Veo cómo desciende el cajón negro. Las veo, inclinadas arrojando flores marchitas, fotografías, reliquias, en el agujero. Tratan de contener los sollozos. Se ha ido —dicen en coro—, se ha ido y nos ha dejado solas. ¿Quién de nosotras nos abandonará primero? Eso nos preguntamos todos los días después de persignarnos, desde hace ya no sabemos cuántos años. Se murió primero ella, la más olvidada del mundo. Las mujeres regresan después de echar la última mirada a la tierra que se amontona tontamente. No tuve tiempo de esconderme y las mujeres me han visto que estoy llorando. Era una gran artista —eso dicen, en coro—, la mejor artista del mundo. Pero ya nadie se acuerda de ella. Rece usted por ella. Rece usted por la salvación de su alma. Solicite usted el eterno descanso de ella. Yo, siento una gran vergüenza.      



lunes, 3 de junio de 2013

Ruta para Macondo

Maicol no era un forastero a pesar de llamarse como se llamó. Nació aquí, de la unión entre Rosalba la Grande y el Flaco Ramírez y éstos, que por sus nombres pudieran parecer boxeadores, no lo eran. Solo eran personas muy altas y únicamente en esto el hijo se les pareció un poco. En cuanto al carácter también fue distinto, fue distinto incluso a la mayoría de los muchachos del pueblo.
Desde chico dio muestras de ser distraído pero inquieto; se le veía por las calles pensando siempre en algo y luego, cuando ya tenía una idea bastante clara, tenía que llevarla a cabo costara lo que costara. Fue así como un día sorprendió a todos al mezclar el café con un poco de leche. Estábamos tan acostumbrados a tomarlo solo o con algo de azúcar que al principio se nos hizo extraño pero poco a poco nos acostumbramos a beberlo de esa otra forma. “Además sabe mejor”, se atrevieron a decir algunos.
La verdad es que le comenzamos a coger cariño y nos pudo mucho verlo irse un día, cuando parecía que la fortuna del pueblo iba a cambiar y todos creían en el porvenir. Maicol, después de pensar muchos años en silencio, dijo un día que iba a encontrar la ruta que conectaría al pueblo con otro llamado Macondo; un lugar que nadie conocía pero él insistía en recordar –pese a que nunca había salido de aquí-.
Todavía no cumplía la mayoría de edad (13 años) pero así lo dejaron ir, creyendo en él y en la posibilidad de encontrar, para el pueblo, si no inmortalidad al menos prosperidad. En realidad yo siempre pensé que tenía razón en una cosa: Macondo estaba hacía el sur, nunca para el norte aunque él, a último minuto, haya tomado dirección hacia el oeste.

domingo, 14 de abril de 2013


Es un año de regresos musicales. The Kinfe vuelve junto con los Yeah Yeah Yeahs, Foals, Devendra Banhart, Queens Of The Stone Age entre algunos otros y lo hace provocando cierta confusión. Su nuevo disco se llama Shaking The Habitual y los comentarios son dispersos, dispares y en algunos casos contradictorios.

La expectación era grande debido a los años que se tardaron en sacar disco (no tantos como My Bloody Valentine) y las creaciones que le habían presentado al mundo, las cuales no fueron precisamente muy comerciales o, para usar un término diferente, fáciles de digerir –The Knife de 2001, Deep Cuts de 2003 y Silent Shout de 2006-.

Más que electrónica, ellos son Synth Pop —me dijo Mario mientras me presentaba a Chvrches, banda que, le dije, era lo nuevo en el hype. Me contestó que no y entonces Full Of Fire, el primer sencillo de Shaking The Habitual, invadió mi cabeza otra vez. Coincidimos en que estábamos como todo el mundo que hablaba del disco: desconcertados por la inclusión de largas y cortas “canciones” compuestas por sonidos electrónicos y ruidos que, sinceramente, creemos incluyeron porque podían y remiten, como me hizo ver el mismo Mario, al Kid A. Y no es que el disco sea malo, al contrario. Además, nos sirve para entender que el proyecto del dúo sueco siempre ha sido arriesgado y diferente, tal como lo demuestran trabajos realizados entre el disco del 2006 y éste y algunas participaciones de sus integrantes, sobre todo de Karin en su grupo Fever Ray y la colaboración con Röyksopp y algunas otras agrupaciones.  

The Knife son Karin Dreijer Andersson y Olof Dreijer, quienes editan sus discos a través de su propia discográfica, Rabid Records. Dan pocas entrevistas, no hay muchas fotografías del grupo pero no son tan incognitos como The Residents o Daft Punk (que también presentarán disco nuevo en un ranchito de Australia pero esa es otra historia) y para este último álbum se impregnaron de textos relativos a estudios de género, lesbianismo, travestismo y el etcétera que ya conocemos.


Bueno —le dije—, ya vámonos a dormir. Salimos del coche y en la casa de mi vecino cantaban a coro una canción de Primavera. 

The Knife: A tooth for an eye.



The Knife: Full of fire.




The Knife: Pass this on.



Fever Ray: When I grow up.



Röyksopp: What else is there. 



sábado, 13 de abril de 2013


De alguna manera, toda vida narrada es ejemplar; se escribe para atacar o defender un sistema del mundo, para definir un método que nos es propio. Y no es menos cierto que por la idealización o la destrucción deliberadas, por el detalle exagerado o prudentemente omitido, se descalifica casi toda biografía: el hombre así construido sustituye al hombre comprendido. No perder nunca de vista el diagrama de una vida humana, que no se compone, por más que se diga, de una horizontal y de dos perpendiculares, sino más bien de tres líneas sinuosas, perdidas hacia el infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser y lo que fue.   

-Marguerite Yourcenar

jueves, 7 de marzo de 2013

La coincidencia


Lo único que quería era bailar. O al menos eso me dijo cuando quise platicar con ella sobre las personas que desaparecen de pronto, cuando nos damos cuenta que se han ido porque su ausencia es la más concreta manifestación. Estábamos en el club social del centro llamado “La Coincidencia” y sonaba un tango o tal vez un danzón, pero no fue hasta que escuchamos una cumbia que aquella morena comenzó a menear el cuerpo. Con un ritmo delicado y sensual caminó hasta el cuadro que representaba una pista de baile y ahí, en su centro, siguió bailando sola. Todos la miramos; le miramos los pies, las pantorrillas y los muslos, luego sus tremendas nalgas y pasamos a su cintura. Ésta se movía con una cadencia fuera de lo normal y sus pechos parecían querer bailar por sí mismos. En su cara podías ver la felicidad. El vestido que usaba era, claro, de un rojo muy intenso y su pelo parecía no tener nada de este mundo. Pasado un par de minutos, cuando al fin nos percatamos de que todos le veíamos, la gente a su alrededor comenzó a bailar también; los demás volvieron a lo que antes hacían: algunos a una plática ridícula y otros simplemente a beber para olvidar o recordar, actos que no son tan diferentes como se cree pues nacen del mismo lugar. Yo seguí ensimismado, no podía dejar de mirarla pero tampoco me atreví a acercarme pese a intuir que tenía ojos indios y creer que su persona era una especie de resplandor. Tal vez pensé eso a causa del alcohol, o quizá simplemente lo hice por creer algo. El juego de luces era pobre y únicamente ayudaba a disimular la decadencia de una  manera débil pero eso no impedía que cierto bienestar animara el ambiente. El piso, con baldosas blancas, contrastaba con los decorados de las paredes: una especie de selva roja que nacía del mismo suelo, como llamas desde el infierno.
El baile estaba a punto de terminar y yo de terminar completamente ebrio, de llegar al estado en el que comienzo a olvidarlo todo y fue entonces cuando en verdad nos encontramos. La canción se había terminado y se oía, al parecer desde un lugar tan lejano que bien pudiera ser el ayer, una música triste, de despedida. Cuando nos volvimos a topar cara a cara yo levanté la mirada del suelo y alcancé a ver que venía hacía donde me encontraba pero volteando para otro lado y solamente cuando estuvo a centímetros de mí, se dio cuenta de que me podía llevar entre las piernas. Entonces sonrió y yo quise devolverle la sonrisa pero solo me pude hacer a un lado para que pasara. Supuse que iba al baño y me quedé esperando su regreso, anhelando que volviera a pasar por ahí. Cuando lo hizo también me fallaron las palabras pero afortunadamente una circunstancia me ayudó.
Ella regresaba con un andar demasiado notorio y tal vez por el ritmo que empleaba al caminar, uno de sus pies resbaló al apoyarse sobre el piso y entonces estuvo a punto de caer. Tenía una cara de miedo cuando mis brazos alcanzaron a tomarla del talle y no con poca fuerza la ayudaron a ponerse derecha. Fue realmente extraño, por no decir milagroso, poder ayudarla en mi estado pues cabía la posibilidad de que yo cayera junto con ella en ese suelo compuesto ahora por infinidad de mugre y fluidos de dudosa procedencia. Su rostro adquirió una de esas sonrisas que son mezcla de pena y alivio y el color de su vestido subió hasta sus mejillas morenas.
No más alcohol para mí. Dijo.
Estoy de acuerdo.
Bueno, también las luces me cegaron un poco.
Supongo que sí, porque ese contoneo no es tan peligroso.
Entonces su mirada se convirtió en una señal de cuestionamiento, en una muestra de picardía y cierto escepticismo al no saber exactamente a qué me refería. O tal vez sí pero sin estar segura de mi atrevimiento.
Con todo respeto. Dije para suavizar la tensión y una sonora carcajada se escuchó cuando abrió sus labios, a mí parecer, demasiado finos para el lugar.
Gracias por el levantón.
De nada, si puedo hacer más por usted por favor hágamelo saber.
Sonrió y luego se alejó con el mismo ritmo con el que estuvo apunto de caerse. La vi llegar hasta otra mujer que mientras me miraba, le respondía cosas muy cerquita.
Algo inquieto fui directo a la puerta de salida y esperé. La gente comenzó salir con pasos diversos, con sensaciones que eran familiares y desconocidas a la vez pero la noche se encargó de ponernos a todos bajo un sentimiento de ensoñación. Era verano y la calidez se desplazaba por el aire, por la oscuridad y por las miradas que trataban de encontrar compañía. Cuando pensaba en algunas cosas de antes, como acostumbro, ella reapareció. Se detuvo en la puerta y yo sentí que me buscaba, así que me moví hasta que las personas que me cubrían dejaran de obstaculizar su visión y entonces se percatara de mi presencia. Cuando lo hizo no vi ninguna señal de satisfacción pero tampoco ninguna de repulsión y entonces me quedé a esperar algo, sinceramente sin saber qué. Ella dio unos pasos y luego se detuvo frente a mí, o probablemente yo me atravesé en su camino para hablarle de nuevo.
¿Puedo caminar un rato contigo?
¿Cómo sabes que voy a caminar?
Puede que sepa muchas cosas.
Me miró alarmada pero yo estaba tratando de sonreír y al mismo tiempo tratando de ser cómicamente malvado, levantando una ceja para parecer que también leía mentes o algo parecido y eso la hizo imitar a su vez una sonrisa falaz.
¿No me digas?
Sí te digo. Dije ahora haciendo una exageración en la pronunciación.
¿Y a dónde se supone que voy a caminar, eh?
Supongo que por estas calles; vas deambular pensando en lo que harás mañana o en porque ese güey que esperabas no vino hoy y pensarás que otra vez prefirió pensar en sus problemas y quedarse en casa para planear un futuro que sabes no va a  pasar porque sueña demasiado.      
Ah cabrón, ¿eres poeta o qué?
No, solamente estoy ebrio.
Pues déjame decirte que algo hay de verdad en eso que dijiste.
Lo sé. Y además, si me dejas, puedo decirte más cosas que te van a ser familiares.
Fijó su mirada en mis ojos supongo que tratando de encontrar alguna señal de alerta, alerta que afortunadamente no encontró porque decidida respondió:
Andando pues.
Se despidió de la amiga con la que la había visto cuchichear y empezamos a caminar sin dirección. Las calles nos recibieron placenteras y agarré un poco de confianza, la tomé por la cintura porque pensé le gustaría pero luego solamente me adueñé de su brazo derecho y aunque en un principio le costó trabajo acomodar su monedero en la mano que le quedó libre, al final supo cómo caminar mientras yo la sostenía “caballerosamente”. Enfilamos hacía las calles recién remodeladas; algunas eran ahora empedradas y eso me causó una sensación de pasado. Sentí que definitivamente el pasado era el que ahora se hacía demasiado presente. Las luces mercuriales también creaban cierto retroceso temporal que seguramente solo yo noté, ella únicamente se sentía cortejada.        
¿Cómo hiciste eso?
¿Qué cosa?
Hablar de cosas muy mías.
Eso es un secreto.
Esa clase de secretos no se me hace muy común, ¿acaso nos conocemos de antes?
Dime tú.
Se quedó mirándome un largo rato, mientras dábamos pequeños pasos y el calor de la noche nos acogía de forma plena. Llegamos a la avenida Independencia y la cruzamos en silencio.
No, yo no te he visto nunca. Continuó.
No, ni yo.
Entonces todo ha sido casualidad.
¿Eso crees?
Claro, ¿cómo te llamas?     
¿No sería más divertido si tratamos de adivinarnos los nombres también?
Hizo una mueca algo extraña, arrugando el mentón y mirándome como se mira a un chiquillo que ha soltado una bobería. Luego me respondió:
Yo no soy buena con las adivinanzas, para mi serías Juan y ya.
Eso me hizo sonreír.
Bueno, al menos deja que yo adivine el tuyo.
¿A poco te crees tan listo?
No se trata de eso, es más, ni siquiera lo voy a intentar ahorita. Voy a seguir tratando de encontrar otras cosas que te gusten y al final, voy a tratar de adivinar tu nombre. Luego yo te diré el mío.
Se detuvo de pronto y me miró sonriendo. Pensé que algo no le había agradado y justo cuando iba a disculparme dijo:
Ok, Ok. Me gusta el juego. A ver, ¿qué más vas a decir? 
Bueno, siguiendo con esto de la noche y casi madrugada, apuesto a que se te antoja ir a comernos un rico y picoso plato de menudo.
¡Eso es fácil! ¿A quién no le gusta hacer eso después de unos buenos pistos?
Bueno, bueno. Entonces también te voy a decir cómo te gusta comerlo.
Miré alrededor buscando un lugar donde pudiéramos saborear el mencionado platillo pero mi memoria no podía con tanto. Infinidad de cosas me venían a la cabeza y no atinaba a encontrar el lugar, una señal o mínimo algún rumbo qué tomar. Ella vio mi turbación y algo preocupada preguntó:
¿Qué pasó?
Nada, estaba haciendo memoria.
Con esto pensó que me refería al deseo de saber dónde encontrar un lugar para comer, cenar, desayunar o como sea que se le llame a alimentarse en las madrugadas y continuó.
Algunas cuadras adelante y luego para arriba hay un restaurantito muy bueno.
¡Ah sí! Ya me acordé. Dije de inmediato y ella me miró con aquella duda en la cara que me era tan familiar, como pensando si hablaba en serio o no. Las cosas dentro de mi mente no cesaban de pasar con velocidad abrumadora pero seguí caminando como si no sucediera nada. La contemplé y la noté pensativa, caminando sin ese contoneo que le conocí pero de alguna extraña manera encantadora.
Estás pensando en lo que harás mañana ¿verdad? En como se nos está yendo la vida y si merece la pena arriesgarse un poco aunque sea. Matrimonio, casa, un hijo tal vez.
Me miró esta vez con algo de terror y se paró en seco. Un automóvil pasó por la calle sobre la que permanecíamos quietos y el claxon con el que el conductor mostró su exaltación nos sacó de la incomodidad del momento.
¿Qué?
¿Cómo que qué?
Me encogí de hombros para hacerle saber que no entendía a qué se refería. 
¿Por qué me dices esas cosas?
No sé, a lo mejor te conozco un poco.
Esto no me está gustando.
No pasa nada, no te preocupes, soy inofensivo. Mira, ya casi llegamos.
Reanudamos la caminata y un silencio se nos atravesó pero yo lo rompí para hablarle de la ciudad, de lo diferente que se estaba volviendo hasta que llegamos a una pequeña fonda. El local estaba casi vacío, solamente dos parejas más estaban sentadas en las pocas mesas que eran cubiertas por manteles de hule amarillo con flores rojas. Ordenamos y esperamos casi sin intercambiar palabras. Cuando nos trajeron la comida ella hizo el ademan de comenzar a preparar su plato y entonces la detuve.
Espera, yo te lo preparo.
Se quedó quieta y me dejó hacerlo. Lo primero que hice fue ponerle suficiente limón, dos, completos. Luego bastante orégano, nada de cebolla y una cucharada de salsa roja.
Listo, ahora puedes sopear los trozos de pan y comerte solo los pedazos de carne que no tiene mucho cuero: las “panzas lisitas” y todos los granos de maíz. 
Comenzó metiendo pedazos de pan y luego llevándoselos a la boca mientras me observaba con demasiada atención. Comió como yo lo había previsto y no me quitaba los ojos de encima. Yo preparé mi platillo casi igual pero con bastante cebolla pese a cualquier posibilidad de un beso o algo más. Ella insistía con esa mirada que no lograba descifrar cómo era que le conocía tantas cosas, incluso algunos pensamientos. Le hice la mueca mezcla de maldad y comicidad y solo entonces sonrió y se relajó. Durante la cena, por decirle de algún modo, platicamos trivialidades pero en algunas ocasiones la sorprendí adelantándome a sus palabras y entonces esa mirada inquisidora volvía. Cuando terminamos pagué y le dije que la acompañaría hasta su casa. No se opuso y eso me generó una recarga de confianza, un aliento de había dejado de sentir algunos meses atrás.
Cuando estuvimos de nuevo en la calle la oscuridad ya no era la misma y le susurré:
Vámonos Jimena, ahí viene el amanecer y recuerda que no te gusta que llegue si estás vestida.
Se quedó muy quieta y muy seria. Pude ver un rastro de decepción en su cara antes de decir: me llamo Fabiola. Luego la vi alejarse otra vez pero ahora sin mirar ni un segundo hacía atrás.  

lunes, 25 de febrero de 2013

Lectura diáfana del olvido


Tres días antes cumplió 65 años y justo entonces comenzó a leer otro libro, uno que había descansado largo tiempo en su modesta biblioteca: la biografía novelada sobre una escritora inglesa. 
          La tarde caía lánguida, allá afuera donde muchas veces actuó de acuerdo a lo que le impusieron los tiempos y sus ansias confundidas con deseos, donde suponemos que la vida corre sin darnos cuenta cabal de lo que nos pasa adentro.
          Una hora después y casi al final del libro, cuando por lo regular se espera que todo haya valido la pena, encontró una frase detonante: se metió una piedra en el bolsillo de su abrigo, camino hacía el río y se ahogó. Entonces se dio cuenta de que había olvidado sobre quién se trataba esa historia, y un segundo después, ya no se sorprendió cuando supo que también había olvidado lo que decían las páginas anteriores. El olvido no puede llegar tan pronto, imaginó. Luego recordó un pensamiento que, paradójicamente, creía olvidado ya. A dicho pensamiento siempre lo había visto más como un augurio que como otra cosa y era relativo a percibir al ser humano como un ser efímero; un ser que al llegar a cierta edad se debe resignar a vivir con el olor de la vejez pero tal vez nunca con el de la pérdida. Quiso recordar otras cosas, otros pensamientos y claro, otros olores pero encontró que todo lo que se sabía de memoria ya no lo recordaba igual que en épocas anteriores.
          No tuvo miedo, se dijo a sí mismo que muchas cosas llegan con la edad y por supuesto, una de ellas era el olvido en todas sus vertientes; y si todo esto va a degenerar en muerte, lo mejor será conservar cierta capacidad para percibir y decidir -como aquella persona de la que se hablaba en el libro- antes de que poco a poco hasta el significado de la palabra morir llegue a ser desconocido. 

lunes, 7 de enero de 2013

Lunes otra vez


El tiempo
se muerde la cola
gira con sentido
supuestamente
progresivo
y la velocidad
que tomamos
que nos arrastra
estriba en un deseo    
interior y renovable
semejante a medicina
semejante a un espejismo
semejante a frenesí.

Ciega
la rutina carcome
a veces mata
como una maldición
olvidada que
cuando la valoramos
ya no nos sorprende
como un eterno día
en que amanece la lluvia
en medio del desierto
y no atinamos a reconocer
que es lunes otra vez.


miércoles, 2 de enero de 2013


No acostumbro hablar (mucho) sobre los libros que leo y menos tratar de hacer una critica a los mismos pero esta vez hablaré sobre el último que leí en el 2012 porque, entre otras cosas, me dejó muy satisfecho. Puede que lo haga también como reacción ante el inicio de este nuevo año, no como propósito ni esas mamadas, sino nada más por hacer algo. Bien, se trata de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao (Mondadori, 2008), de Junot Díaz, escritor dominicano que recibió el premio Pulitzer y otros reconocimientos por dicha novela.

                La historia es una crónica sobre la vida del protagonista y su familia en varias etapas temporales pero bajo una constante: una maldición familiar llamada “fukú” que trae consigo la desgracia. Bajo esta premisa la vida de Oscar Wao es una continua lucha por adaptarse, aunque no con suficiente convicción, y conseguir la felicidad materializada, entre otras, en la figura de alguna mujer y ser un gran escritor de ciencia ficción. Este “fukú” tiene que ver mucho con el amor pues a través de las diversas voces narrativas se presentan las historias amorosas de Beli, la madre del joven; de Lola, su hermana y del propio Oscar como hechos repetitivos. Además del amor, esta maldición parece estar anclada en el contexto familiar por la historia latinoamericana y la persecución de un pasado atroz que nació y aumentó con el trujillato.

                La dictadura que vivió la República Dominicana a manos de Trujillo es uno de los escenarios donde transcurre la novela (el otro es EUA, lugar donde el gran sueño americano adquiere una perspectiva singular para un joven como Oscar) y muestra la situación política y social de aquel país en los años de la tiranía mencionada no como lo hace Vargas Llosa en su Fiesta del Chivo sino de una manera más ágil y, aunque el sinsabor está siempre presente, existen momentos en que la historia adquiere tintes cómicos que hacen de la lectura algo completamente disfrutable. 
      
La técnica narrativa, las referencias “frikis”, el lenguaje y la historia en sí hacen de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao una novela estupenda  y encumbran al protagonista como un héroe inusual que, por medio de situaciones humillantes y hasta ridículas, lo llevan a un nivel de nobleza tal que, como el final de su libro, sólo es posible compáralo con la belleza.