Maicol no era un forastero a pesar de llamarse como se llamó. Nació aquí, de la unión entre Rosalba la Grande y el Flaco Ramírez y éstos, que por sus nombres pudieran parecer boxeadores, no lo eran. Solo eran personas muy altas y únicamente en esto el hijo se les pareció un poco. En cuanto al carácter también fue distinto, fue distinto incluso a la mayoría de los muchachos del pueblo.
Desde chico dio muestras de ser distraído pero inquieto; se le veía por las calles pensando siempre en algo y luego, cuando ya tenía una idea bastante clara, tenía que llevarla a cabo costara lo que costara. Fue así como un día sorprendió a todos al mezclar el café con un poco de leche. Estábamos tan acostumbrados a tomarlo solo o con algo de azúcar que al principio se nos hizo extraño pero poco a poco nos acostumbramos a beberlo de esa otra forma. “Además sabe mejor”, se atrevieron a decir algunos.
La verdad es que le comenzamos a coger cariño y nos pudo mucho verlo irse un día, cuando parecía que la fortuna del pueblo iba a cambiar y todos creían en el porvenir. Maicol, después de pensar muchos años en silencio, dijo un día que iba a encontrar la ruta que conectaría al pueblo con otro llamado Macondo; un lugar que nadie conocía pero él insistía en recordar –pese a que nunca había salido de aquí-.
Todavía no cumplía la mayoría de edad (13 años) pero así lo dejaron ir, creyendo en él y en la posibilidad de encontrar, para el pueblo, si no inmortalidad al menos prosperidad. En realidad yo siempre pensé que tenía razón en una cosa: Macondo estaba hacía el sur, nunca para el norte aunque él, a último minuto, haya tomado dirección hacia el oeste.
lunes, 3 de junio de 2013
domingo, 14 de abril de 2013
Es un año de regresos musicales. The Kinfe
vuelve junto con los Yeah Yeah Yeahs, Foals, Devendra Banhart, Queens Of The Stone
Age entre algunos otros y lo hace provocando cierta confusión. Su nuevo disco
se llama Shaking The Habitual y los comentarios son dispersos, dispares y en algunos
casos contradictorios.
La expectación era grande debido a los años
que se tardaron en sacar disco (no tantos como My Bloody Valentine) y las creaciones
que le habían presentado al mundo, las cuales no fueron precisamente muy comerciales
o, para usar un término diferente, fáciles de digerir –The Knife de 2001, Deep
Cuts de 2003 y Silent Shout de 2006-.
—Más
que electrónica, ellos son Synth Pop —me dijo Mario mientras me presentaba
a Chvrches, banda que, le dije, era lo nuevo en el hype. Me contestó que no y
entonces Full Of Fire, el primer sencillo de Shaking The Habitual, invadió mi
cabeza otra vez. Coincidimos en que estábamos como todo el mundo que hablaba
del disco: desconcertados por la inclusión de largas y cortas “canciones”
compuestas por sonidos electrónicos y ruidos que, sinceramente, creemos
incluyeron porque podían y remiten, como me hizo ver el mismo Mario, al Kid A. Y no es
que el disco sea malo, al contrario. Además, nos sirve para entender que el
proyecto del dúo sueco siempre ha sido arriesgado y diferente, tal como lo
demuestran trabajos realizados entre el disco del 2006 y éste y algunas participaciones
de sus integrantes, sobre todo de Karin en su grupo Fever Ray y la colaboración
con Röyksopp y algunas otras agrupaciones.
The Knife son Karin Dreijer Andersson y Olof Dreijer, quienes editan sus
discos a través de su propia discográfica, Rabid Records. Dan pocas
entrevistas, no hay muchas fotografías del grupo pero no son tan incognitos
como The Residents o Daft Punk (que también presentarán disco nuevo en un
ranchito de Australia pero esa es otra historia) y para este último álbum se
impregnaron de textos relativos a estudios de género, lesbianismo, travestismo
y el etcétera que ya conocemos.
Ah, también tiene un manifiesto: http://rapgenius.com/The-knife-shaking-the-habitual-manifesto-lyrics.
—Bueno
—le dije—, ya vámonos a dormir.
Salimos del coche y en la casa de mi vecino cantaban a coro una canción de
Primavera.
The Knife: A tooth for an eye.
The Knife: Full of fire.
The Knife: Pass this on.
Fever Ray: When I grow up.
Röyksopp: What else is there.
sábado, 13 de abril de 2013
De alguna manera,
toda vida narrada es ejemplar; se escribe para atacar o defender un sistema del
mundo, para definir un método que nos es propio. Y no es menos cierto que por
la idealización o la destrucción deliberadas, por el detalle exagerado o prudentemente
omitido, se descalifica casi toda biografía: el hombre así construido sustituye
al hombre comprendido. No perder nunca de vista el diagrama de una vida humana,
que no se compone, por más que se diga, de una horizontal y de dos
perpendiculares, sino más bien de tres líneas sinuosas, perdidas hacia el
infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído
ser, lo que ha querido ser y lo que fue.
-Marguerite Yourcenar
jueves, 7 de marzo de 2013
La coincidencia
Lo único que
quería era bailar. O al menos eso me dijo cuando quise platicar con ella sobre
las personas que desaparecen de pronto, cuando nos damos cuenta que se han ido
porque su ausencia es la más concreta manifestación. Estábamos en el club
social del centro llamado “La Coincidencia” y sonaba un tango o tal vez un
danzón, pero no fue hasta que escuchamos una cumbia que aquella morena comenzó
a menear el cuerpo. Con un ritmo delicado y sensual caminó hasta el cuadro que
representaba una pista de baile y ahí, en su centro, siguió bailando sola.
Todos la miramos; le miramos los pies, las pantorrillas y los muslos, luego sus
tremendas nalgas y pasamos a su cintura. Ésta se movía con una cadencia fuera
de lo normal y sus pechos parecían querer bailar por sí mismos. En su cara
podías ver la felicidad. El vestido que usaba era, claro, de un rojo muy
intenso y su pelo parecía no tener nada de este mundo. Pasado un par de
minutos, cuando al fin nos percatamos de que todos le veíamos, la gente a su
alrededor comenzó a bailar también; los demás volvieron a lo que antes hacían:
algunos a una plática ridícula y otros simplemente a beber para olvidar o
recordar, actos que no son tan diferentes como se cree pues nacen del mismo
lugar. Yo seguí ensimismado, no podía dejar de mirarla pero tampoco me atreví a
acercarme pese a intuir que tenía ojos indios y creer que su persona era una
especie de resplandor. Tal vez pensé eso a causa del alcohol, o quizá
simplemente lo hice por creer algo. El juego de luces era pobre y únicamente
ayudaba a disimular la decadencia de una manera débil pero eso no impedía que cierto
bienestar animara el ambiente. El piso, con baldosas blancas, contrastaba con
los decorados de las paredes: una especie de selva roja que nacía del mismo
suelo, como llamas desde el infierno.
El baile estaba a punto de terminar y yo de terminar completamente ebrio, de
llegar al estado en el que comienzo a olvidarlo todo y fue entonces cuando en
verdad nos encontramos. La canción se había terminado y se oía, al parecer
desde un lugar tan lejano que bien pudiera ser el ayer, una música triste, de
despedida. Cuando nos volvimos a topar cara a cara yo levanté la mirada del
suelo y alcancé a ver que venía hacía donde me encontraba pero volteando para
otro lado y solamente cuando estuvo a centímetros de mí, se dio cuenta de que
me podía llevar entre las piernas. Entonces sonrió y yo quise devolverle la
sonrisa pero solo me pude hacer a un lado para que pasara. Supuse que iba al
baño y me quedé esperando su regreso, anhelando que volviera a pasar por ahí.
Cuando lo hizo también me fallaron las palabras pero afortunadamente una
circunstancia me ayudó.
Ella regresaba con un andar demasiado notorio y tal vez por el ritmo que
empleaba al caminar, uno de sus pies resbaló al apoyarse sobre el piso y
entonces estuvo a punto de caer. Tenía una cara de miedo cuando mis brazos
alcanzaron a tomarla del talle y no con poca fuerza la ayudaron a ponerse
derecha. Fue realmente extraño, por no decir milagroso, poder ayudarla en mi
estado pues cabía la posibilidad de que yo cayera junto con ella en ese suelo
compuesto ahora por infinidad de mugre y fluidos de dudosa procedencia. Su
rostro adquirió una de esas sonrisas que son mezcla de pena y alivio y el color
de su vestido subió hasta sus mejillas morenas.
No más alcohol para mí. Dijo.
Estoy de acuerdo.
Bueno, también las luces me cegaron un poco.
Supongo que sí, porque ese contoneo no es tan peligroso.
Entonces su mirada se convirtió en una señal de cuestionamiento, en una
muestra de picardía y cierto escepticismo al no saber exactamente a qué me
refería. O tal vez sí pero sin estar segura de mi atrevimiento.
Con todo respeto. Dije para suavizar la tensión y una sonora carcajada se
escuchó cuando abrió sus labios, a mí parecer, demasiado finos para el lugar.
Gracias por el levantón.
De nada, si puedo hacer más por usted por favor hágamelo saber.
Sonrió y luego se alejó con el mismo ritmo con el que estuvo apunto de caerse.
La vi llegar hasta otra mujer que mientras me miraba, le respondía cosas muy
cerquita.
Algo inquieto fui directo a la puerta de salida y esperé. La gente comenzó
salir con pasos diversos, con sensaciones que eran familiares y desconocidas a
la vez pero la noche se encargó de ponernos a todos bajo un sentimiento de
ensoñación. Era verano y la calidez se desplazaba por el aire, por la oscuridad
y por las miradas que trataban de encontrar compañía. Cuando pensaba en algunas
cosas de antes, como acostumbro, ella reapareció. Se detuvo en la puerta y yo
sentí que me buscaba, así que me moví hasta que las personas que me cubrían
dejaran de obstaculizar su visión y entonces se percatara de mi presencia.
Cuando lo hizo no vi ninguna señal de satisfacción pero tampoco ninguna de
repulsión y entonces me quedé a esperar algo, sinceramente sin saber qué. Ella
dio unos pasos y luego se detuvo frente a mí, o probablemente yo me atravesé en
su camino para hablarle de nuevo.
¿Puedo caminar un rato contigo?
¿Cómo sabes que voy a caminar?
Puede que sepa muchas cosas.
Me miró alarmada pero yo estaba tratando de sonreír y al mismo tiempo
tratando de ser cómicamente malvado, levantando una ceja para parecer que
también leía mentes o algo parecido y eso la hizo imitar a su vez una sonrisa
falaz.
¿No me digas?
Sí te digo. Dije ahora haciendo una exageración en la pronunciación.
¿Y a dónde se supone que voy a caminar, eh?
Supongo que por estas calles; vas deambular pensando en lo que harás mañana
o en porque ese güey que esperabas no vino hoy y pensarás que otra vez prefirió
pensar en sus problemas y quedarse en casa para planear un futuro que sabes no va
a pasar porque sueña demasiado.
Ah cabrón, ¿eres poeta o qué?
No, solamente estoy ebrio.
Pues déjame decirte que algo hay de verdad en eso que dijiste.
Lo sé. Y además, si me dejas, puedo decirte más cosas que te van a ser
familiares.
Fijó su mirada en mis ojos supongo que tratando de encontrar alguna señal
de alerta, alerta que afortunadamente no encontró porque decidida respondió:
Andando pues.
Se despidió de la amiga con la que la había visto cuchichear y empezamos a
caminar sin dirección. Las calles nos recibieron placenteras y agarré un poco
de confianza, la tomé por la cintura porque pensé le gustaría pero luego
solamente me adueñé de su brazo derecho y aunque en un principio le costó
trabajo acomodar su monedero en la mano que le quedó libre, al final supo cómo
caminar mientras yo la sostenía “caballerosamente”. Enfilamos hacía las calles
recién remodeladas; algunas eran ahora empedradas y eso me causó una sensación
de pasado. Sentí que definitivamente el pasado era el que ahora se hacía
demasiado presente. Las luces mercuriales también creaban cierto retroceso
temporal que seguramente solo yo noté, ella únicamente se sentía
cortejada.
¿Cómo hiciste eso?
¿Qué cosa?
Hablar de cosas muy mías.
Eso es un secreto.
Esa clase de secretos no se me hace muy común, ¿acaso nos conocemos de
antes?
Dime tú.
Se quedó mirándome un largo rato, mientras dábamos pequeños pasos y el
calor de la noche nos acogía de forma plena. Llegamos a la avenida
Independencia y la cruzamos en silencio.
No, yo no te he visto nunca. Continuó.
No, ni yo.
Entonces todo ha sido casualidad.
¿Eso crees?
Claro, ¿cómo te llamas?
¿No sería más divertido si tratamos de adivinarnos los nombres también?
Hizo una mueca algo extraña, arrugando el mentón y mirándome como se mira a
un chiquillo que ha soltado una bobería. Luego me respondió:
Yo no soy buena con las adivinanzas, para mi serías Juan y ya.
Eso me hizo sonreír.
Bueno, al menos deja que yo adivine el tuyo.
¿A poco te crees tan listo?
No se trata de eso, es más, ni siquiera lo voy a intentar ahorita. Voy a
seguir tratando de encontrar otras cosas que te gusten y al final, voy a tratar
de adivinar tu nombre. Luego yo te diré el mío.
Se detuvo de pronto y me miró sonriendo. Pensé que algo no le había
agradado y justo cuando iba a disculparme dijo:
Ok, Ok. Me gusta el juego. A ver, ¿qué más vas a decir?
Bueno, siguiendo con esto de la noche y casi madrugada, apuesto a que se te
antoja ir a comernos un rico y picoso plato de menudo.
¡Eso es fácil! ¿A quién no le gusta hacer eso después de unos buenos pistos?
Bueno, bueno. Entonces también te voy a decir cómo te gusta comerlo.
Miré alrededor buscando un lugar donde pudiéramos saborear el mencionado
platillo pero mi memoria no podía con tanto. Infinidad de cosas me venían a la
cabeza y no atinaba a encontrar el lugar, una señal o mínimo algún rumbo qué
tomar. Ella vio mi turbación y algo preocupada preguntó:
¿Qué pasó?
Nada, estaba haciendo memoria.
Con esto pensó que me refería al deseo de saber dónde encontrar un lugar
para comer, cenar, desayunar o como sea que se le llame a alimentarse en las
madrugadas y continuó.
Algunas cuadras adelante y luego para arriba hay un restaurantito muy
bueno.
¡Ah sí! Ya me acordé. Dije de inmediato y ella me miró con aquella duda en
la cara que me era tan familiar, como pensando si hablaba en serio o no. Las
cosas dentro de mi mente no cesaban de pasar con velocidad abrumadora pero
seguí caminando como si no sucediera nada. La contemplé y la noté pensativa,
caminando sin ese contoneo que le conocí pero de alguna extraña manera
encantadora.
Estás pensando en lo que harás mañana ¿verdad? En como se nos está yendo la
vida y si merece la pena arriesgarse un poco aunque sea. Matrimonio, casa, un
hijo tal vez.
Me miró esta vez con algo de terror y se paró en seco. Un automóvil pasó
por la calle sobre la que permanecíamos quietos y el claxon con el que el
conductor mostró su exaltación nos sacó de la incomodidad del momento.
¿Qué?
¿Cómo que qué?
Me encogí de hombros para hacerle saber que no entendía a qué se
refería.
¿Por qué me dices esas cosas?
No sé, a lo mejor te conozco un poco.
Esto no me está gustando.
No pasa nada, no te preocupes, soy inofensivo. Mira, ya casi llegamos.
Reanudamos la caminata y un silencio se nos atravesó pero yo lo rompí para
hablarle de la ciudad, de lo diferente que se estaba volviendo hasta que
llegamos a una pequeña fonda. El local estaba casi vacío, solamente dos parejas
más estaban sentadas en las pocas mesas que eran cubiertas por manteles de hule
amarillo con flores rojas. Ordenamos y esperamos casi sin intercambiar palabras.
Cuando nos trajeron la comida ella hizo el ademan de comenzar a preparar su
plato y entonces la detuve.
Espera, yo te lo preparo.
Se quedó quieta y me dejó hacerlo. Lo primero que hice fue ponerle
suficiente limón, dos, completos. Luego bastante orégano, nada de cebolla y una
cucharada de salsa roja.
Listo, ahora puedes sopear los trozos de pan y comerte solo los pedazos de
carne que no tiene mucho cuero: las “panzas lisitas” y todos los granos de
maíz.
Comenzó metiendo pedazos de pan y luego llevándoselos a la boca mientras me
observaba con demasiada atención. Comió como yo lo había previsto y no me
quitaba los ojos de encima. Yo preparé mi platillo casi igual pero con bastante
cebolla pese a cualquier posibilidad de un beso o algo más. Ella insistía con
esa mirada que no lograba descifrar cómo era que le conocía tantas cosas,
incluso algunos pensamientos. Le hice la mueca mezcla de maldad y comicidad y
solo entonces sonrió y se relajó. Durante la cena, por decirle de algún modo,
platicamos trivialidades pero en algunas ocasiones la sorprendí adelantándome a
sus palabras y entonces esa mirada inquisidora volvía. Cuando terminamos pagué
y le dije que la acompañaría hasta su casa. No se opuso y eso me generó una
recarga de confianza, un aliento de había dejado de sentir algunos meses atrás.
Cuando estuvimos de nuevo en la calle la oscuridad ya no era la misma y le
susurré:
Vámonos Jimena, ahí viene el amanecer y recuerda que no te gusta que llegue
si estás vestida.
Se quedó muy quieta y muy seria. Pude ver un rastro de decepción en su cara
antes de decir: me llamo Fabiola. Luego la vi alejarse otra vez pero ahora sin
mirar ni un segundo hacía atrás.
lunes, 25 de febrero de 2013
Lectura diáfana del olvido
Tres días antes cumplió 65 años y justo entonces comenzó a leer otro libro, uno que había descansado largo
tiempo en su modesta biblioteca: la biografía novelada sobre una escritora inglesa.
La tarde caía lánguida, allá afuera donde muchas veces actuó de acuerdo a lo que le impusieron los tiempos y sus ansias confundidas con deseos, donde suponemos que la vida corre sin darnos cuenta cabal de lo que nos pasa adentro.
La tarde caía lánguida, allá afuera donde muchas veces actuó de acuerdo a lo que le impusieron los tiempos y sus ansias confundidas con deseos, donde suponemos que la vida corre sin darnos cuenta cabal de lo que nos pasa adentro.
Una hora después y casi al final del libro, cuando por lo regular se espera que todo haya valido la pena, encontró una frase detonante: se metió una
piedra en el bolsillo de su abrigo, camino hacía el río y se ahogó. Entonces
se dio cuenta de que había olvidado sobre quién se trataba esa historia, y un segundo después, ya no se
sorprendió cuando supo que también había olvidado lo que decían las páginas
anteriores. El olvido no puede llegar tan pronto, imaginó. Luego recordó un
pensamiento que, paradójicamente, creía olvidado ya. A dicho pensamiento siempre lo
había visto más como un augurio que como otra cosa y era relativo a percibir al ser humano
como un ser efímero; un ser que al llegar a cierta edad se debe resignar a
vivir con el olor de la vejez pero tal vez nunca con el de la pérdida. Quiso recordar
otras cosas, otros pensamientos y claro, otros olores pero encontró que todo lo
que se sabía de memoria ya no lo recordaba igual que en épocas anteriores.
No tuvo miedo, se dijo a sí mismo que muchas cosas llegan con la edad y por supuesto, una de ellas era el olvido en todas sus vertientes; y si todo esto va a degenerar en muerte, lo mejor será conservar cierta capacidad para percibir y decidir -como aquella persona de la que se hablaba en el libro- antes de que poco a poco hasta el significado de la palabra morir llegue a ser desconocido.
No tuvo miedo, se dijo a sí mismo que muchas cosas llegan con la edad y por supuesto, una de ellas era el olvido en todas sus vertientes; y si todo esto va a degenerar en muerte, lo mejor será conservar cierta capacidad para percibir y decidir -como aquella persona de la que se hablaba en el libro- antes de que poco a poco hasta el significado de la palabra morir llegue a ser desconocido.
lunes, 7 de enero de 2013
Lunes otra vez
El tiempo
se muerde la cola
gira con sentido
supuestamente
progresivo
y la velocidad
que tomamos
que nos arrastra
estriba en un deseo
interior y renovable
semejante a medicina
semejante a un espejismo
semejante a frenesí.
semejante a frenesí.
Ciega
la rutina carcome
a veces mata
como una maldición
olvidada que
cuando la valoramos
ya no nos sorprende
como un eterno día
en que amanece la lluvia
en medio del desierto
y no atinamos a reconocer
que es lunes otra vez.
miércoles, 2 de enero de 2013
No acostumbro
hablar (mucho) sobre los libros que leo y menos tratar de hacer una critica a
los mismos pero esta vez hablaré sobre el último que leí en el 2012 porque,
entre otras cosas, me dejó muy satisfecho. Puede que lo haga también como reacción
ante el inicio de este nuevo año, no como propósito ni esas mamadas, sino nada
más por hacer algo. Bien, se trata de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao (Mondadori, 2008), de Junot Díaz, escritor dominicano que recibió el premio Pulitzer y otros reconocimientos por dicha novela.
La historia es una crónica sobre
la vida del protagonista y su familia en varias etapas temporales pero bajo una
constante: una maldición familiar llamada “fukú” que trae consigo la desgracia.
Bajo esta premisa la vida de Oscar Wao es una continua lucha por adaptarse,
aunque no con suficiente convicción, y conseguir la felicidad materializada,
entre otras, en la figura de alguna mujer y ser un gran escritor de ciencia ficción.
Este “fukú” tiene que ver mucho con el amor pues a través de las diversas voces
narrativas se presentan las historias amorosas de Beli, la madre del joven; de
Lola, su hermana y del propio Oscar como hechos repetitivos. Además del amor,
esta maldición parece estar anclada en el contexto familiar por la historia
latinoamericana y la persecución de un pasado atroz que nació y aumentó con el
trujillato.
La dictadura que vivió la República
Dominicana a manos de Trujillo es uno de los escenarios donde transcurre la
novela (el otro es EUA, lugar donde el gran sueño americano adquiere una
perspectiva singular para un joven como Oscar) y muestra la situación política y
social de aquel país en los años de la tiranía mencionada no como lo hace
Vargas Llosa en su Fiesta del Chivo sino
de una manera más ágil y, aunque el sinsabor está siempre presente, existen
momentos en que la historia adquiere tintes cómicos que hacen de la lectura
algo completamente disfrutable.
La técnica narrativa, las referencias “frikis”, el lenguaje y la
historia en sí hacen de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao una novela estupenda y encumbran al protagonista como un héroe
inusual que, por medio de situaciones humillantes y hasta ridículas, lo llevan
a un nivel de nobleza tal que, como el final de su libro, sólo es posible compáralo con la belleza.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Hurry Up, We’re Dreaming
Hace unos días M83 estrenó el videoclip para la canción Wait, con el cual cierran la promoción
de su último y celebrado disco Hurry Up,
We’re Dreaming, editado en el 2011. Este disco, que en palabras de su líder
es una combinación de synthpop y composiciones más ambientales ha llamado la atención,
aparte de la propuesta musical, por la serie de videos que han acompañado el
lanzamiento de sus sencillos.
La banda de música electrónica, que para algunos críticos
son una remembranza del género shoegazer pero sin tanta guitarra y eso sí,
más sintetizadores, se ha apoyado en el trabajo de Fleur & Manu (creadores
visuales http://www.divisionparis.com/directors/fleur-manu/)
y de un colectivo llamado The Creators Project para la realización de los
videos a las canciones Midnight City, Reunion
y Wait. Estos tres videoclips
conforman una excelente trilogía que tiene como protagonistas a una serie de
niños extraños y hasta siniestros. Más allá de anécdotas, es necesario resaltar el
trabajo audiovisual que los directores lograron y sobre todo, admirar la evolución de los
videos como una forma de expresión que remite inmediatamente a grandes trabajos
cinematográficos.
Midnight City:
Reunion:
Wait:
Wait
Send your dreams
Where nobody hides
Give your tears
To the tide
No time
No time
There's no end
There is no goodbye
Disappear
With the night
No time
No time
No time
No time
No time
viernes, 16 de noviembre de 2012
El hombre del abrazo olvidado
Cuando Efraín la dejó, Aurelia
sintió que se marchaba debiéndole un abrazo. Luego trató de olvidar pero en cada
ocasión el recuerdo le atormentaba. Nunca más supo de él y la vida siguió
corriendo pero Aurelia guardaba una necesidad, una falta que no entendía y que
en varias ocasiones confundió con un sentimiento mayor.
Los días
le trajeron otros amores, otros hombres y otros abrazos pero todos estos no le
sabían más que a deuda.
Mucho tiempo después, una noche de esas en que
dormía sola y se estaban convirtiendo en tradición, tuvo algo muy parecido a un
sueño: Efraín había muerto horas antes y ella estaba dormida, en esa misma cama
y en ese mismo cuarto, probablemente en ese mismo espacio y tal vez hasta
tiempo. Entonces el hombre del abrazo olvidado apareció, se le abalanzó y
cubrió su cuerpo con un peso tan real que Aurelia gimió. Quiso despertar pero
su cuerpo no le respondía, no la dejaba siquiera gritar pese al deseo tan
grande que tenía por hacerlo. Estaba totalmente imposibilitada, no podía mover
un musculo y la impotencia le trajo ganas de llorar. Tuvo miedo por el mensaje
y la veracidad de lo sucedido y despertó únicamente para llorarle a aquel
hombre que a fin de cuentas y de muchos años, le devolvía lo que ella creía le pertenecía. Volvió a dormir horas después y a la mañana siguiente se levantó con el
corazón pleno de satisfacción.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
De acuerdo a la moda impuesta en mayor medida
por MTV antes de convertirse en el canal risible que es hoy, el video musical
ha tomado un protagonismo que en ocasiones logra hacer de una canción un gusto
desdeñable o, por el contrario, hacer que una rola que en un inicio no gusta provoque
una impresión diferente. También se ha llegado al punto de que algunos artistas
como PJ Harvey, Feist o Sigur Ros hagan un video por cada canción de algún disco, Let
England Shake, Metals y el reciente Valtari respectivamente, para ampliar su expresión artística o
crear conceptos más extensos (me imagino yo) ahora que los álbumes conceptuales
no son tan digeridos, aceptados y sobre todo vendidos como antes.
Y como yo no canto (afortunadamente
para la mayoría de la gente) ni dirijo nada más que mi vida (y a veces me sale
mal), arrejunté cuatro videos que pudieran ser cinco o más pero que a mí me
gustan y hurgan (algunos demasiado), en el mundo homosexual (no, no está el de Call me Maybe):
Spiritualized, Hey Jane:
Broken Social Scene, Texico Bitches:
Devendra Banhart, Foolin`:
Sigur Ros, Viorar Vel Til Loftarasa:
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