Me tiré un diente,
y luego quise volver a la escritura.
sábado, 13 de febrero de 2016
martes, 24 de noviembre de 2015
Compré libros
puros títulos que todavía traen algo tuyo hasta aquí.
Probablemente porque incia el frío
probablemente porque en días anteriores
me ha parecido ver a la muerte rondar.
Y no es que me importe (lo sabes)
me altere
o le tema pues
mi terror y fastidio
es que la vida ya no me deje hablarle de ti.
puros títulos que todavía traen algo tuyo hasta aquí.
Probablemente porque incia el frío
probablemente porque en días anteriores
me ha parecido ver a la muerte rondar.
Y no es que me importe (lo sabes)
me altere
o le tema pues
mi terror y fastidio
es que la vida ya no me deje hablarle de ti.
martes, 18 de agosto de 2015
No te pregunto cómo pasa el tiempo
Tengo miedo que entre nosotros
haya pasado ya
demasiado tiempo. Todo,
por ejemplo,
el equivalente a seguro ya conocemos palabras que negaremos
hasta morir.
O
de que mientras tanto
ese mismo morir cada noche tarde un poco más.
lunes, 10 de agosto de 2015
¿Y los días con sol?
Es este un camino largo que parece ir
hacia la nada y yo una persona que maneja como alguien que no tiene
alternativas; y por ello cree sentirse bien. El automóvil es de un rojo intenso
y lo más probable es que sea robado. Supongo que visto desde el cielo parecería
una gota de sangre que recorre una ruta; que aparece y fluye y luego su rastro
desaparece sobre el asfalto como un dolor que cala demasiado sólo por un
momento, pero ese momento, por segundos, simula una eternidad. Desde el autoestéreo se oye con debilidad Why does it always rain on me? Is it because
I lied when I was seventeen?
El verde de aquí abajo contrasta con el
gris de allá arriba y aunque la luz del día no es mucha se sabe que está ahí,
detrás del aire que sólo a veces podemos tocar; detrás del espacio infinito que
muere cuando movemos un poco la existencia hacia adelante Como ir de un día
hasta el otro, o ir de Diciembre a Enero
Agosto, por otro lado,
siempre me ha gustado más que Noviembre pero no más que Abril ni que Octubre,
tal vez porque siento que en él habita cierto calor, cierto frescor y bastante
humedad. Este Agosto me intriga porque no sé hacia dónde me lleva, solo reconozco
en este preciso instante cómo con el rostro de la tarde llegan unas nubes
arrogantes que traen de la mano amenazas de lluvia y provocan mi felicidad
agazapada debajo del asiento, recreándose en el juego de mis pies con los
pedales: el acelerador el embrague y luego el freno, después al revés y una vez
má.
La carretera solitaria
me seduce, me agrada porque casi puedo ver deambular mis pensamientos y poco a
poco todo va quedando atrás literal y figurativamente. Creo recordar que
alguien dijo que todo estaría bien, pero también sé que siempre tengo en la
mente otras cosas, algo de lo que no estoy seguro si ya sucedió. Y sí, allá
queda la ciudad, la fatiga, la preocupación pero no el olvido. Luego este
extraño vacío me hace pensar en un cataclismo que se llevó entre su cauce a
miles de habitantes igual que el aire y la velocidad hacen que diversos
insectos sean embestidos y estampados en el parabrisas del coche y yo, una
pequeña divinidad, los haga desaparecer presionando un botón. Los extinga con
agua y los sacuda con esta maquinaria que otro pequeño Dios inventó. Tanta muerte sólo confirma el ocio y la
existencia del hombre. Luego de limpiar mi visión delantera y observar una
vez más el gris del cielo, un señalamiento me plantea la velocidad. Mis ojos
brincan hacia la aguja del velocímetro para notar que la rapidez no es
suficiente y de nuevo mi mente se convierte en un transmisor de divagaciones El pensamiento que retrotrae y hace creer
que avanzamos siempre hacia adelante. Girar la cabeza solamente permite que
la mirada pasee de las rayas discontinuas y blancas a la desfiguración que la
celeridad provoca en la parte más cercana de la tierra; esa donde el asfalto de
la carretera termina y empieza una naturaleza que muda. La visión entonces se
hace borrosa, pero si levanto los ojos puedo ver cierta calma, cierta armonía
en un mundo que gira y que se nos resiste. El verdor que parece perseguirme se
ve reforzado por un ímpetu extraño, cuyo portento es alimentado por la existencia
de una considerable cantidad de árboles de distintas figuras. Entonces un color
que casi no pertenece a este mundo aparece y desconcentra mi realidad. La poca
fijación que construyo en la continuidad del viaje y el aminoramiento de la
velocidad, permiten que una furgoneta plateada me dé alcance y me rebase con
facilidad y me parece que hasta burla. Sin embargo, no es eso lo que llama mi
atención. Si acaso el color que en este momento pertenece más al aspecto del
cielo se roba un poco de mi curiosidad,
lo que resalta ante mis ojos es la persona que conduce el vehículo y sobre
todo, las lágrimas que arrasan y
arrastran su cara y parecen tener vida propia. O ser despedidas desde el fondo
de ese cuerpo con una carga de ira espeluznante. Y si no fuera porque sabemos
que es fácil llorar con coraje, con intensidad y con una mueca que transforma
el rostro a la vez, diría que esa persona ríe a carcajadas. Estas lágrimas
recorren las mejillas de la mujer, luego se le desprenden de la cara como
acarreadas por una fuerza sobrenatural, como si fueran llevadas por la ráfaga
de viento que genera la velocidad de la camioneta, la cual me adelanta, y en
esos segundos la figura femenina se me presenta desfigurada casi como el pedazo
de tierra pegado al asfalto. No es la
risa ni el llanto lo que nos transfigura sino la carrera hacia la muerte. Esto
resalta mi curiosidad. Inmediatamente acelero, le doy alcance, pero me quedo
detrás pues la incertidumbre de ese pesar me intriga y apresuro el automóvil
hasta quedar a unos metros de esa furgoneta. Considero necesario un
acercamiento, pero al ser imposible me conformo con la vista que el retrovisor
de aquella camioneta me brinda. Por aquel espejo alcanzo a observar (con un
poco de imaginación) los ojos de los que brota una mezcla de lágrimas y rímel
primero. Luego todo será más claro.
Concentro la vista y logro encontrar el origen del llanto. Una gota que sale
del ojo derecho de la mujer que ha de tener unos 27 años corre desatada por su
mejilla, se le desprende del rostro y viaja a través del espacio de la
furgoneta. Yo la veo flotar en el aire, sobre los asientos delanteros y luego
los traseros, viajar en el espacio, dar vueltas sobre sí y traspasar el vidrio
posterior de la camioneta para estamparse como los insectos que vuelan distraídos
en el parabrisas del coche que ahora manejo con regocijo. Pero no, esa gota que
se estrella en el parabrisas es una gota de la lluvia que se escapa de algún
cielo y cae frente a mis ojos. Cuando levanto la vista me doy cuenta que un
tramo bastante largo separa los coches y acelero de nuevo, hasta tener una
mejor visión de lo que sucede en el interior de aquella furgoneta plateada.
Aunque las cosas no cambian mucho puedo notar a través del retrovisor que el
llanto ha cesado un poco, pero persiste cierta sensación que resulta difícil
denominar ¿Ira, odio, angustia, dolor? ¿Qué veo en el rostro de esa desconocida
que me resulta tan familiar y que la verdad no lo es tanto? No logro saberlo
aunque lo deseo con ansia, muy parecido al momento exacto de querer alcanzar un
enorme recuerdo que se resiste.
De
pronto alcanzo a distinguir un claro desasosiego y me desasosiego yo también
pues no entiendo cómo es que logro ver hasta ese espejo el pasmo que brota,
repentino, en los ojos de la mujer, como algo que viene de lejos, que la busca,
que la encuentra y ella deseara con el alma que no. Su mano derecha llega hasta
su oído y activa un resorte que permite a su boca abrirse y cerrarse, gemir,
gritar, volver a llorar. Supongo que habla por su teléfono con alguien pero
ignoro con quién y de qué. Callo y trato, estúpidamente, de escuchar. Se me
ocurre suponer que la otra persona es:
a) Su
violador
b) Un
asesino cualquiera
c) La
culpa que nos persigue a todos en el peor de los momentos
d) La
amante de su esposo que ha descubierto el cuerpo recién cortado adentro del
refrigerador
e) Su
cómplice en todo lo que no se ha dicho aquí
Y
así podría seguir. Y vaya alguien a saber qué es lo que pasa pero lo que
alcanzo a distinguir me permite encontrar furia y dolor que vuelan sobre el aire
y se esfuman en el ambiente tan natural que nos rodea. De ser posible oír creo
que esas palabras me aterrarían, así que opto por voltear un poco el rostro y
evitar cierta mirada desde aquel espejo.
Una
pendiente inicia y estúpidamente pienso que así puede ser la vida. Dejo esos
pensamientos rosas y regreso los ojos hasta el coche de enfrente. La mujer
vuelve a llorar de manera inconsolable y su automóvil parece dudar, temer;
parece desear salir del camino de una vez. El viraje dura sólo un momento y
rápidamente vuelve al carril. La fortuna entonces parece danzarnos descarada
pero disfrazada en gotas audibles, diáfanas y pueriles.
Ha empezado a llover en
serio y en mis ojos se reflejan ahora miles de sueños que pronto se estrellarán
en el suelo mientras la pendiente crece y yo disminuyo un poco solo un poco la
velocidad porque un señalamiento ha mostrado que esta cuesta termina en curva y
a pesar de ello la furgoneta no desacelera parece ser al contrario pues la
velocidad aumenta es en este momento en que miro hasta el retrovisor aquel y
alcanzo a distinguir unos ojos con anómala mirada algo más bien diferente pues
gracias a un destello veo una certeza tan grande que me turba casi al grado de
sentir culpa intento decir no pero solamente logro abrir un poco la boca entonces
la mujer hace brillar sus ojos como un par de gotas de lluvia a punto de
estrellarse contra el suelo el acelerador de su camioneta es prensado con
coraje y toma velocidad hasta el fin de la pendiente rompe el pequeño muro de
contención y yo no puedo más que acudir al freno poco a poco acercarme hasta el
despeñadero y ver cómo una furgoneta plateada se integra a un cielo igual de
plateado cómo vuela y se confunde en las alturas con las nubes que parecen
entenderlo todo cuando llego hasta el borde del abismo y presuroso bajo del
coche alcanzo a ver a muchos kilómetros de distancia un automóvil arder y dejar
de rodar también dejo de escuchar un largo llanto para convertirse en una risa
trémula y entonces solo entonces el sol se asoma un poco un poquito nada más…
miércoles, 17 de junio de 2015
martes, 9 de junio de 2015
Un mundo sepia
Saliste
de un suspiro, me dijo. Yo no lo creí porque sabía que él era también un
soñador. Y no es que eso de soñar fuera malo, es solo que yo deseaba seguir
confiando en las certezas. Con esa voz inconfundible dijo que las certezas eran
como lo azul de las cerezas. No entendí, como casi siempre que intercambiaba palabras
con él. Apreté un poco más mi abrigo, con la mano izquierda, e inicié mi caminar
hacia la casa aquélla donde ya casi no sentía tus olores ni tus sueños
olvidados porque un día los reencontraste y pretendiste huir con ellos y en ese
acto llevarte los míos también. Entonces Benito inició también su caminata
sobre la misma calle pero en opuesto sentido, encorvado y con una especie de
paso marcial que generaba risotadas en los niños que siempre lo rodeaban, lo
perseguían y le preguntaban cosas tan infantiles de sabias y a las cuales
Benito sabía siempre responder. Caminó sin notar la nieve un poco tísica que resbalaba
sobre un aire indiferente hasta llegar a la tierra que la recibía con desdén.
Me abrigué mientras caminaba, o eso pensé.
Hablar
con Benito siempre me aturdía, no por el tono de su voz, tan aguda que rayaba
en chillona y fluía tan rápido que parecía mantener una constante carrera con sus
pensamientos, sino por toda la sarta de letras que le brotaban a gran
velocidad. Inclementes, diría yo. La mayoría de la gente lo dejaba hablar,
hablar y hablar mientras escondían su mirada en la lejanía de los pensamientos
propios para de pronto, descubrir que olvidarse de él era fácil. Tenía 46 y una
rara enfermedad, una que a nadie le importaba pero que lo hacía ver como un
idiota cuando en realidad su inteligencia era mayor a la de todas las personas
que le rodeaban.ota cuando en realidad
su inteligencia era mayor alare indiferente tambien, Eso fue lo primero que me contaron de él. En
realidad no le conocí lo suficiente. Lo sé, ¿cuándo terminas de conocer
totalmente a una persona? Ojalá lo hubiéramos entendido bien, tú y yo.
La
primera vez que oí hablar de Benito Figueroa fue por boca de Don Pepe ¿lo
recuerdas Mariana? Aquél señor que hoy ha de ser más viejo, si no difunto. Fue
hace algunos años; tú y yo estábamos juntos y teníamos qué, ¿veintitrés? No lo recuerdo
bien pero tratando de ser puntual diré que la edad suficiente para creer
demasiado en el amor todavía; la suficiente para creer que nuestra relación
perduraría sobre el tiempo, el hastío, la costumbre y otros ardores. Nunca te hablé
de él porque nunca lo tomé en serio, aunque desde tu ausencia, mi vida ha
estado en continuo contacto con él. No directamente, solo lo suficiente para
poder relatarte su historia, o a tu recuerdo, que desafortunadamente para mi es
casi lo mismo.
Ese
día don Pepe hablaba acerca de la nueva máquina impresora de fotografías que
había sido comprada por el almacén, cuando yo aún no empezaba mi relación
laboral con El mundo sepia. Según él,
la instalación de la maquina fue una monserga y no hubo persona dentro de la
tienda que lograra hacerla funcionar de manera eficaz. Se hizo lo imposible
para que las imágenes que procesaba salieran con el tono adecuado, físico y
sentimental. Se mezcló varias veces el agua con el revelador; se pensó varias
veces en la función del fijador, en lo necesario para lograr una impresión perfecta
o, mínimo, feliz: se aplicó una densidad adecuada y una argamasa de cianos,
magentas y amarillos; se hizo lo imposible, dijo don Pepe, pero esa máquina, un
modelo obsoleto, no funcionaba. Y entonces, en algún momento de la tarde,
cuando la paciencia del dueño y empleados iniciaba su camino hacia la
exasperación y justo cuando esa misma tarde parecía desinteresarse de los
hombres y perseguir con somnolencia al sol, entró Benito Figueroa entonando una
canción hinchada de felicidad pero que, en su voz, resultaba repleta de una tristeza
que poco a poco se convertía en hilaridad. Según don Pepe, no era la primera
vez que se presentaba en ese establecimiento y ya era un personaje conocido en
el ambiente fotográfico de esa parte de la ciudad, la del centro histórico y
decadente.
Entró
hasta el laboratorio y sin desearlo se enteró de la problemática. Segundos
después inició una serie de palabras concernientes a ingeniería, matemáticas y
ética; cambio climático, psicología, física y un largo etcétera mientras sacaba
de su chaqueta unas pinzas con dos clases de destornilladores, una navaja,
tijeras, sacacorchos y otro extenso etcétera. Las palabras se sucedían en su
boca igual que un torrente de agua color azul metálico que inundaba todo el
espacio contiguo, incluida la paciencia del más paciente y, ante la perpleja
mirada de los que ahí se encontraban, Benito comenzó con la reparación de la maquina
impresora; generadora de recuerdos agradables y otros no tanto. Más atónitos
quedaron al presenciar la completa reparación y el perfecto funcionamiento de
la “maquinita”, como se supone le dijo.
Don
Pepe afirmaba que Benito era inteligente y culto y sí, las veces que hablé con
él noté un lenguaje amplio y muy fluido, demasiado en realidad. Frente a la
mirada de sus conocidos era un genio que había perdido la razón, un genio
marchito si nos queremos poner románticos. Parecía que la imaginación le había
explotado y los pedazos, infinitos, le brotaban por los labios y a gran
velocidad.
Caían
las estrellas sobre la calle acompañadas por los sueños de las personas que
regresaban a casa exhaustas después de un día laboral cuando Benito tuvo que
dejar el establecimiento porque lo iban a cerrar. Pasó el resto de la tarde
relatando su vida, aunque para todos los que escuchaban era ésta más bien toda una
invención. Del dinero que el dueño le dio por sus servicios no hizo ningún
comentario, ninguna mención. Se limitó a guardarlo en el único bolsillo que su
roto pantalón contenía luego de observarlo como un ateo podría observar a dios,
recreado en ese mismo tamaño y utilidad.
Este
ciprés crecerá junto a los lirios que sembré para ti Mariana. Espero que el árbol
no levante el cemento del patio. Sé que siempre quisiste agrandar el jardín, lo
recuerdo y te prometo hacer algo más con este espacio. Como dijo Benito, con el
tiempo viene el acomodo de las cosas, cuando le platiqué tu decisión de
marcharte, aquel día que nos nevó poquito. También comentó algo de una señora,
la que fue su esposa meses después, creo yo aunque no estoy seguro pues la
indiferencia que me señalabas entonces ha resultado ser una verdad. Dejé de
ponerle atención cuando me hablo de esa misma indiferencia, que me reprimía y
también de la rara existencia del tiempo, así como el uso que algunos no
sabemos darle al mismo; de las consecuencias de ese binomio en mí y las
repercusiones que traerían en lo nuestro. Eso me alteró y días más tarde sucedió
lo que tú y yo sabemos. A veces me arrepiento, pero sé que sabes que te amo.
La
esposa de Benito se llamaba Roberta y era fea. Demasiado. También era gorda y
bondadosa. Se casaron unos meses después de conocerse y la boda la pagaron
varios conocidos, fue solamente una mínima celebración. Ese día el vestido
blanco de la novia conseguido sin duda en un bazar callejero, igual que el
traje que portaba el novio, contrastaba en gran medida con su piel morena
extremo. Resultaron una pareja de esas que solemos llamar “bonita”, aunque el
mote más bien es inexacto ya que los dos se veían grotescos. Mejor diré que
eran el uno para el otro. Yo hice las fotos, entonces era malo y ahora soy
peor. El retoque dejo de funcionar en la primera toma, sin embargo las viñetas,
las poses, los filtros y la gradación de luz hicieron que todo funcionara. Un evento
muy kitsch, dijo alguno sin saber lo que decía pero nadie lo cuestionó.
Y
en la última toma nos reconocí, Mariana.
Moría
la tarde y su resplandor fue parte del campo visual en aquella imagen, donde un
par de feos hizo de un beso un momento con magia; magia de la que parece inmune
al tiempo y sus dolores. Ese atardecer contrastaba con la pobreza reflejada en
los demás componentes del retrato pero la sensación de amor irracional llenó
mis ojos. O tal vez solo me gustó la fotografía y por ello recordé cuando
nuestra relación la vivíamos sin nada que le estorbara; recordé tus promesas de
una relación eterna bajo la incandescencia de los rayos solares y la nobleza de
la imaginación en las noches oscuras. Tú ya habías desaparecido y todos comenzaban
a extrañarte.
Esa
fotografía la tengo presente por el momento que representa para mí, pues me
ayudó con lo de tu ausencia y me permitió acercarme otra vez a ti, repleto de sensaciones
nuevas y con otros planes, planes que ahora intento mantener en marcha. Te digo
que nos encontré porque no sabía cómo
volver a hablarte luego del acontecimiento que ha cambiado mi vida y claro, la
tuya. Recobré nuestros recuerdos y por eso, valientemente ahora estoy aquí,
ahora que aunque lo sucedido me pesa también me alivia y me mantiene, de algún
modo, en esto que a la gente le ha dado por llamar vivir.
Los
días posteriores no supimos de Benito. Todos los demás continuaron sin saber de
ti. Tu madre y tu familia estaban preocupados, como es de suponer, y yo
también, aunque en menor medida, tú lo sabes. Cuando hablé con tu mamá ella
conocía tu decisión de abandonarme, así que las suposiciones tomaron esa ruta.
La indignación me hizo su presa y el tiempo mantuvo el ritmo. Mientras, en el
almacén no se hablaba de otra cosa que la boda y la felicidad de Benito
Figueroa y supongo que a mis espaldas, de tu desaparición.
Alguien,
un día, platicó que Roberta había resultado una mujer con un gran sentido de
responsabilidad; que trataba a Benito con un cuidado sublime y que jamás se
reía de él. En Roberta encontró la dicha que nadie le había entregado, también los
cuidados que una persona como solamente ella le podía obsequiar. La limpieza en
su persona fue uno de los cambios más significativos y aunque seguía hablando
como un poseso, había algo en su tonalidad y en la forma de decir las cosas que
ya no desquiciaba tanto.
Cierta
vez vino a buscar un par de escobas porque encontró un empleo. Estaba
emocionado porque barrería las calles de la ciudad y sin que yo se lo
preguntara inició el recuento de su nueva vida al lado de la mujer que amaba.
Dijo que el amor era algo que jamás entendió pero que ahora no necesitaba
hacerlo; también que el hombre era un ser que necesita la comprensión y la
compañía de un ser semejante; que leía un libro sobre psicología; que esperaba
concebir la esperanza por medio de varios retoños y que buscaría la manera de
mantener la felicidad que ahora vivía por el medio que nadie jamás había
descubierto. Según él ya tenía listo el borrador. Cuando notó que yo me había
perdido en la nada preguntó por ti. Había leído periódicos, escuchado noticias
y sobre todo, había usado la imaginación, como todos, para recrear su propia idea
de la historia. Logró captar mi atención pero yo logré que volviera a hablar de
sí mismo y de su felicidad. Reinició su letanía y entonces, a pesar de su
calvicie, de su abultado abdomen, de su vejez prematura y la locura agazapada
de sus ojos, me recordé. Era yo hablando de ti, Mariana. Era yo recordando
planes y planeando recuerdos; era yo creyendo en el amor, creyendo en ti y aun creyendo
en mí. Era yo desafiando la realidad, retando al futuro y pretendiendo.
Me
visitó en otras ocasiones, pero la distancia que se interpone siempre entre la
gente y yo, evitó una cercanía. Su felicidad no parecía aminorar y yo desconfié
pero no fui capaz, en parte por egoísmo y en parte por algo que no logro
definir aún, de señalar la posibilidad de una tragedia o siquiera insinuar una
mínima variación en esa situación idílica. Era prematuro pero tuve razón:
Roberta murió un jueves por la mañana y seis meses después de la boda. El
cáncer no le dio un momento de tregua y el suplicio fue de los rápidos. Se dice
que solo Benito la acompañó, que murió en el cuarto en el que compartían la
vida y que su muerte fue un suceso vertiginoso. La enfermedad se había incubado
anteriormente, no había sido detectada y en plena pobreza se desarrolló hasta
culminar en un desenlace triste y rápido. La devastación en Benito fue
inminente y total. El mutismo en el que se sumió era algo parecido a un coma
voluntario y la desazón en la mente de aquél hombre sembró la fatalidad.
Quienes lo vieron no lo reconocían
porque era una persona incluso diferente a la que fue antes de su matrimonio. Volvió a vivir en las calles. El
olvido marcó su pobre existencia: se olvidó de él, de ellos y de nosotros los
hombres que no nos atrevemos a imitar esas acciones y nos resignamos a convivir
con el dolor. No recuerdo cual fue la última vez que lo vi, las palabras que
dijimos o las miradas que nos lanzamos, a diferencia de contigo, que no he
olvidado lo que dijeron tus ojos la última vez que me miraron.
Decepcionado,
desdentado, desaseado y desprotegido, Benito Figueroa se dejó morir. Eso dijo
la gente y eso le creo yo. Su poca claridad mental se fue a la tumba junto con
el único amor que alguien le brindó, junto al único amor que supo entregar.
Quien lo vio en esos días dijo que sus huesos sobresalían por su piel de manera
toscamente osada y que su color, de tanta mugre, se perdía con el color de la
más triste realidad. También que cuando hablaba lo hacía como siempre pero
ahora sus teorías incluían únicamente a Roberta y el amor, y que cuando llegaba
al momento de su muerte, callaba por días y luego volvía a empezar la misma
historia otra vez.
Pronto caerá la noche
Mariana, y si el mundo deja de ser hostil, por un rato lloverá. Iré a cenar y
luego trataré de dormir. Ah, hoy tu madre me visito por la mañana otra vez, en
el trabajo. Le intriga saber si seguiré pagando la hipoteca de la casa, mi
soledad, tu cuerpo, mi vejez que parece que se contrae y otras cosas que no
quise escuchar. No hablé mucho, para no variar, pero dejé claro que todo
seguirá igual a pesar de que con esa respuesta deposité en su rostro un poco más
de inquietud. Me dijo que tengo que ir a declarar de nuevo, supongo debido a
que los cabos sueltos siguen bailando cada uno por su lado. Pobre, por un
momento sentí lástima por ella pero, ¿y yo? Ella y el mundo deberían saber que
te amo mucho más de lo que Benito amó a su mujer. Sí, yo no he muerto y ahí
radica la diferencia: unos mueren de amor y otros en cambio debemos matar por él.
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