miércoles, 17 de junio de 2015

Grimes: Realiti.




Hay canciones perfectas, y esta me lo parece (incluso más que Oblivion).

martes, 9 de junio de 2015

Un mundo sepia



Saliste de un suspiro, me dijo. Yo no lo creí porque sabía que él era también un soñador. Y no es que eso de soñar fuera malo, es solo que yo deseaba seguir confiando en las certezas. Con esa voz inconfundible dijo que las certezas eran como lo azul de las cerezas. No entendí, como casi siempre que intercambiaba palabras con él. Apreté un poco más mi abrigo, con la mano izquierda, e inicié mi caminar hacia la casa aquélla donde ya casi no sentía tus olores ni tus sueños olvidados porque un día los reencontraste y pretendiste huir con ellos y en ese acto llevarte los míos también. Entonces Benito inició también su caminata sobre la misma calle pero en opuesto sentido, encorvado y con una especie de paso marcial que generaba risotadas en los niños que siempre lo rodeaban, lo perseguían y le preguntaban cosas tan infantiles de sabias y a las cuales Benito sabía siempre responder. Caminó sin notar la nieve un poco tísica que resbalaba sobre un aire indiferente hasta llegar a la tierra que la recibía con desdén. Me abrigué mientras caminaba, o eso pensé.  
Hablar con Benito siempre me aturdía, no por el tono de su voz, tan aguda que rayaba en chillona y fluía tan rápido que parecía mantener una constante carrera con sus pensamientos, sino por toda la sarta de letras que le brotaban a gran velocidad. Inclementes, diría yo. La mayoría de la gente lo dejaba hablar, hablar y hablar mientras escondían su mirada en la lejanía de los pensamientos propios para de pronto, descubrir que olvidarse de él era fácil. Tenía 46 y una rara enfermedad, una que a nadie le importaba pero que lo hacía ver como un idiota cuando en realidad su inteligencia era mayor a la de todas las personas que le rodeaban.ota cuando en realidad su inteligencia era mayor alare indiferente tambien,  Eso fue lo primero que me contaron de él. En realidad no le conocí lo suficiente. Lo sé, ¿cuándo terminas de conocer totalmente a una persona? Ojalá lo hubiéramos entendido bien, tú y yo.
La primera vez que oí hablar de Benito Figueroa fue por boca de Don Pepe ¿lo recuerdas Mariana? Aquél señor que hoy ha de ser más viejo, si no difunto. Fue hace algunos años; tú y yo estábamos juntos y teníamos qué, ¿veintitrés? No lo recuerdo bien pero tratando de ser puntual diré que la edad suficiente para creer demasiado en el amor todavía; la suficiente para creer que nuestra relación perduraría sobre el tiempo, el hastío, la costumbre y otros ardores. Nunca te hablé de él porque nunca lo tomé en serio, aunque desde tu ausencia, mi vida ha estado en continuo contacto con él. No directamente, solo lo suficiente para poder relatarte su historia, o a tu recuerdo, que desafortunadamente para mi es casi lo mismo.
Ese día don Pepe hablaba acerca de la nueva máquina impresora de fotografías que había sido comprada por el almacén, cuando yo aún no empezaba mi relación laboral con El mundo sepia. Según él, la instalación de la maquina fue una monserga y no hubo persona dentro de la tienda que lograra hacerla funcionar de manera eficaz. Se hizo lo imposible para que las imágenes que procesaba salieran con el tono adecuado, físico y sentimental. Se mezcló varias veces el agua con el revelador; se pensó varias veces en la función del fijador, en lo necesario para lograr una impresión perfecta o, mínimo, feliz: se aplicó una densidad adecuada y una argamasa de cianos, magentas y amarillos; se hizo lo imposible, dijo don Pepe, pero esa máquina, un modelo obsoleto, no funcionaba. Y entonces, en algún momento de la tarde, cuando la paciencia del dueño y empleados iniciaba su camino hacia la exasperación y justo cuando esa misma tarde parecía desinteresarse de los hombres y perseguir con somnolencia al sol, entró Benito Figueroa entonando una canción hinchada de felicidad pero que, en su voz, resultaba repleta de una tristeza que poco a poco se convertía en hilaridad. Según don Pepe, no era la primera vez que se presentaba en ese establecimiento y ya era un personaje conocido en el ambiente fotográfico de esa parte de la ciudad, la del centro histórico y decadente.
Entró hasta el laboratorio y sin desearlo se enteró de la problemática. Segundos después inició una serie de palabras concernientes a ingeniería, matemáticas y ética; cambio climático, psicología, física y un largo etcétera mientras sacaba de su chaqueta unas pinzas con dos clases de destornilladores, una navaja, tijeras, sacacorchos y otro extenso etcétera. Las palabras se sucedían en su boca igual que un torrente de agua color azul metálico que inundaba todo el espacio contiguo, incluida la paciencia del más paciente y, ante la perpleja mirada de los que ahí se encontraban, Benito comenzó con la reparación de la maquina impresora; generadora de recuerdos agradables y otros no tanto. Más atónitos quedaron al presenciar la completa reparación y el perfecto funcionamiento de la “maquinita”, como se supone le dijo.
Don Pepe afirmaba que Benito era inteligente y culto y sí, las veces que hablé con él noté un lenguaje amplio y muy fluido, demasiado en realidad. Frente a la mirada de sus conocidos era un genio que había perdido la razón, un genio marchito si nos queremos poner románticos. Parecía que la imaginación le había explotado y los pedazos, infinitos, le brotaban por los labios y a gran velocidad.
Caían las estrellas sobre la calle acompañadas por los sueños de las personas que regresaban a casa exhaustas después de un día laboral cuando Benito tuvo que dejar el establecimiento porque lo iban a cerrar. Pasó el resto de la tarde relatando su vida, aunque para todos los que escuchaban era ésta más bien toda una invención. Del dinero que el dueño le dio por sus servicios no hizo ningún comentario, ninguna mención. Se limitó a guardarlo en el único bolsillo que su roto pantalón contenía luego de observarlo como un ateo podría observar a dios, recreado en ese mismo tamaño y utilidad.

Este ciprés crecerá junto a los lirios que sembré para ti Mariana. Espero que el árbol no levante el cemento del patio. Sé que siempre quisiste agrandar el jardín, lo recuerdo y te prometo hacer algo más con este espacio. Como dijo Benito, con el tiempo viene el acomodo de las cosas, cuando le platiqué tu decisión de marcharte, aquel día que nos nevó poquito. También comentó algo de una señora, la que fue su esposa meses después, creo yo aunque no estoy seguro pues la indiferencia que me señalabas entonces ha resultado ser una verdad. Dejé de ponerle atención cuando me hablo de esa misma indiferencia, que me reprimía y también de la rara existencia del tiempo, así como el uso que algunos no sabemos darle al mismo; de las consecuencias de ese binomio en mí y las repercusiones que traerían en lo nuestro. Eso me alteró y días más tarde sucedió lo que tú y yo sabemos. A veces me arrepiento, pero sé que sabes que te amo.
La esposa de Benito se llamaba Roberta y era fea. Demasiado. También era gorda y bondadosa. Se casaron unos meses después de conocerse y la boda la pagaron varios conocidos, fue solamente una mínima celebración. Ese día el vestido blanco de la novia conseguido sin duda en un bazar callejero, igual que el traje que portaba el novio, contrastaba en gran medida con su piel morena extremo. Resultaron una pareja de esas que solemos llamar “bonita”, aunque el mote más bien es inexacto ya que los dos se veían grotescos. Mejor diré que eran el uno para el otro. Yo hice las fotos, entonces era malo y ahora soy peor. El retoque dejo de funcionar en la primera toma, sin embargo las viñetas, las poses, los filtros y la gradación de luz hicieron que todo funcionara. Un evento muy kitsch, dijo alguno sin saber lo que decía pero nadie lo cuestionó.
Y en la última toma nos reconocí, Mariana.
Moría la tarde y su resplandor fue parte del campo visual en aquella imagen, donde un par de feos hizo de un beso un momento con magia; magia de la que parece inmune al tiempo y sus dolores. Ese atardecer contrastaba con la pobreza reflejada en los demás componentes del retrato pero la sensación de amor irracional llenó mis ojos. O tal vez solo me gustó la fotografía y por ello recordé cuando nuestra relación la vivíamos sin nada que le estorbara; recordé tus promesas de una relación eterna bajo la incandescencia de los rayos solares y la nobleza de la imaginación en las noches oscuras. Tú ya habías desaparecido y todos comenzaban a extrañarte.
Esa fotografía la tengo presente por el momento que representa para mí, pues me ayudó con lo de tu ausencia y me permitió acercarme otra vez a ti, repleto de sensaciones nuevas y con otros planes, planes que ahora intento mantener en marcha. Te digo que  nos encontré porque no sabía cómo volver a hablarte luego del acontecimiento que ha cambiado mi vida y claro, la tuya. Recobré nuestros recuerdos y por eso, valientemente ahora estoy aquí, ahora que aunque lo sucedido me pesa también me alivia y me mantiene, de algún modo, en esto que a la gente le ha dado por llamar vivir.  
Los días posteriores no supimos de Benito. Todos los demás continuaron sin saber de ti. Tu madre y tu familia estaban preocupados, como es de suponer, y yo también, aunque en menor medida, tú lo sabes. Cuando hablé con tu mamá ella conocía tu decisión de abandonarme, así que las suposiciones tomaron esa ruta. La indignación me hizo su presa y el tiempo mantuvo el ritmo. Mientras, en el almacén no se hablaba de otra cosa que la boda y la felicidad de Benito Figueroa y supongo que a mis espaldas, de tu desaparición.

Alguien, un día, platicó que Roberta había resultado una mujer con un gran sentido de responsabilidad; que trataba a Benito con un cuidado sublime y que jamás se reía de él. En Roberta encontró la dicha que nadie le había entregado, también los cuidados que una persona como solamente ella le podía obsequiar. La limpieza en su persona fue uno de los cambios más significativos y aunque seguía hablando como un poseso, había algo en su tonalidad y en la forma de decir las cosas que ya no desquiciaba tanto.
Cierta vez vino a buscar un par de escobas porque encontró un empleo. Estaba emocionado porque barrería las calles de la ciudad y sin que yo se lo preguntara inició el recuento de su nueva vida al lado de la mujer que amaba. Dijo que el amor era algo que jamás entendió pero que ahora no necesitaba hacerlo; también que el hombre era un ser que necesita la comprensión y la compañía de un ser semejante; que leía un libro sobre psicología; que esperaba concebir la esperanza por medio de varios retoños y que buscaría la manera de mantener la felicidad que ahora vivía por el medio que nadie jamás había descubierto. Según él ya tenía listo el borrador. Cuando notó que yo me había perdido en la nada preguntó por ti. Había leído periódicos, escuchado noticias y sobre todo, había usado la imaginación, como todos, para recrear su propia idea de la historia. Logró captar mi atención pero yo logré que volviera a hablar de sí mismo y de su felicidad. Reinició su letanía y entonces, a pesar de su calvicie, de su abultado abdomen, de su vejez prematura y la locura agazapada de sus ojos, me recordé. Era yo hablando de ti, Mariana. Era yo recordando planes y planeando recuerdos; era yo creyendo en el amor, creyendo en ti y aun creyendo en mí. Era yo desafiando la realidad, retando al futuro y pretendiendo.
Me visitó en otras ocasiones, pero la distancia que se interpone siempre entre la gente y yo, evitó una cercanía. Su felicidad no parecía aminorar y yo desconfié pero no fui capaz, en parte por egoísmo y en parte por algo que no logro definir aún, de señalar la posibilidad de una tragedia o siquiera insinuar una mínima variación en esa situación idílica. Era prematuro pero tuve razón: Roberta murió un jueves por la mañana y seis meses después de la boda. El cáncer no le dio un momento de tregua y el suplicio fue de los rápidos. Se dice que solo Benito la acompañó, que murió en el cuarto en el que compartían la vida y que su muerte fue un suceso vertiginoso. La enfermedad se había incubado anteriormente, no había sido detectada y en plena pobreza se desarrolló hasta culminar en un desenlace triste y rápido. La devastación en Benito fue inminente y total. El mutismo en el que se sumió era algo parecido a un coma voluntario y la desazón en la mente de aquél hombre sembró la fatalidad. Quienes lo vieron  no lo reconocían porque era una persona incluso diferente a la que fue antes de su  matrimonio. Volvió a vivir en las calles. El olvido marcó su pobre existencia: se olvidó de él, de ellos y de nosotros los hombres que no nos atrevemos a imitar esas acciones y nos resignamos a convivir con el dolor. No recuerdo cual fue la última vez que lo vi, las palabras que dijimos o las miradas que nos lanzamos, a diferencia de contigo, que no he olvidado lo que dijeron tus ojos la última vez que me miraron.
Decepcionado, desdentado, desaseado y desprotegido, Benito Figueroa se dejó morir. Eso dijo la gente y eso le creo yo. Su poca claridad mental se fue a la tumba junto con el único amor que alguien le brindó, junto al único amor que supo entregar. Quien lo vio en esos días dijo que sus huesos sobresalían por su piel de manera toscamente osada y que su color, de tanta mugre, se perdía con el color de la más triste realidad. También que cuando hablaba lo hacía como siempre pero ahora sus teorías incluían únicamente a Roberta y el amor, y que cuando llegaba al momento de su muerte, callaba por días y luego volvía a empezar la misma historia otra vez.
Pronto caerá la noche Mariana, y si el mundo deja de ser hostil, por un rato lloverá. Iré a cenar y luego trataré de dormir. Ah, hoy tu madre me visito por la mañana otra vez, en el trabajo. Le intriga saber si seguiré pagando la hipoteca de la casa, mi soledad, tu cuerpo, mi vejez que parece que se contrae y otras cosas que no quise escuchar. No hablé mucho, para no variar, pero dejé claro que todo seguirá igual a pesar de que con esa respuesta deposité en su rostro un poco más de inquietud. Me dijo que tengo que ir a declarar de nuevo, supongo debido a que los cabos sueltos siguen bailando cada uno por su lado. Pobre, por un momento sentí lástima por ella pero, ¿y yo? Ella y el mundo deberían saber que te amo mucho más de lo que Benito amó a su mujer. Sí, yo no he muerto y ahí radica la diferencia: unos mueren de amor y otros en cambio debemos matar por él.  

lunes, 2 de febrero de 2015

La mala racha
Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.


Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.

jueves, 29 de enero de 2015

Los últimos que no serán los primeros

A la esposa del señor Gobernador le dio porque le dijéramos Primera Dama. También por decir que ella era un modelo a seguir, no solo en la manera de vestir, sino en el comportamiento y hasta en algo que al principio no entendimos. Según ella eso a lo que se refería se llamaba ideología.
Tal vez por eso muchas mujeres del pueblo quisieron ser como ella. Le copiaron la vestimenta, el color del pelo, los modos, el andar e incluso algunas, la forma de platicar. Ella, primero se sintió halagada, luego todo se quiso volver caos. Todas las que la imitaban poco a poco quisieron ser ella; la seguían a todas partes, en fila india y luciendo todas muy parecidas.
            En una ocasión, cuando el señor Gobernador iba a dar un informe o hacer recaudación (creo que siempre era lo mismo), la Primera Dama no advirtió que era seguida por varias de sus admiradoras, y cuando ya estaba en el estrado, a punto de sentarse en la segunda silla más importante, notó que todas ellas trataban de subir también. Solo entonces supo del peligro que corría su posición y muy decidida tomó su bolso de mano para espantar a toda mujer que se atreviera a llegar hasta donde se encontraba su marido.

            A todos nos quiso dar risa  ver manotear y vociferar a esa mujer, tratando de ahuyentar a sus iguales que, dicho sea de paso, fácilmente podían ocupar su lugar. Sin embargo en eso no había mucho porqué reír, sobre todo al escuchar a alguien decir que era lógico; que los que hemos sido últimos en todo, también casi siempre, vamos a querer cambiar de lugar. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Piedra lumbre

El antro estaba a reventar pero YY bailaba como si estuviera solo. Lo hacía sobre la pasarela que estaba al fondo de la pista, una plancha de madera sobre la que casi siempre posaban los más guapos o las más locas o todos juntos, cuando ya el alcohol o la amnesia podían causar estragos. Llevaba puestos su camisa y su pantalón de marca porque había aprendido que a esos lugares se iba bien vestido o mejor no se iba. Llegó solo pues eso era una cualidad si se presentaba la oportunidad de salir acompañado, aunque fuera por dos. Parecía indiferente aunque esa indiferencia era más un ardid porque se mantenía alerta al desfile de carnes en el cual llevaba ya meses inmerso. No es que apenas descubriera su orientación, para usar una forma política, más bien apenas había descubierto ese lugar donde encontraba harta parafernalia homosexual, sea lo que sea que ello signifique. Había asistido en ocasiones anteriores, con amigos y compañeros de trabajo con los cuales se confesó un día sin demasiados aspavientos. No era [demasiado] obvio y había admitido su condición, para continuar con los eufemismos, de manera normal, dispuesto a ejercer las acciones necesarias para descubrir el mundo que, podría decirse, le abría las piernas. Y a decir verdad, en ese punto tampoco era un inexperto. Había sostenido varias relaciones con hombres de los que aprendió bastantes cosas, mas nunca había tenido una relación “duradera”. Tenía veintidós años y desde los doce conocía el inicio y la finalidad del sexo entre varones pero nunca se había puesto a pensar que a veces también se involucra el corazón y el cerebro, entonces, se vuelve lento en su labor. 
Esa noche sonaba la canción de alguna diva de la música pop estadounidense, una de esas que son tomadas como bandera por casi todo el sector gay cuando una voz le habló demasiado cerca: 
            —¿Me invitas a bailar? 
Dio media vuelta con una sonrisa preparada para ver al extraño que le coqueteaba y que no estaba nada mal, pensó ahí, en un instante más bien ridículo. Era moreno y vestía una playera sin mangas que dejaba ver un par de brazos con músculos definidos. No parecía viejo a pesar de que a YY eso le importaba muy poco, a lo mucho, le llevaría diez años de ventaja, quiso creer. Le gustó lo que vio y como respuesta a la petición puso los brazos alrededor del cuello del desconocido mientras seguían el ritmo que ahora dominaba una diva mayor. 
La noche se cumplió como las normales en esas ocasiones, es decir, básicamente entre preguntas y respuestas sobre las vidas que ambos vivían y al final, en vez de alguno proponer ir a un motel fueron a cenar, algo que YY no supo cómo interpretar. 
  
El día siguiente fue un domingo desabrido pero YY recibió una llamada al mediodía. Era XX, para invitarlo al cine. 
—¿Qué película veremos? —preguntó con falso interés pues la película en sí le parecía lo de menos. 
—La que sea. ¿Cómo le hacemos, dónde nos vemos o qué? 
—Pues ahí en el cine. 
—¿A las cinco? 
Sip. 
YY no se emocionó. La verdad es que había ido muchas veces al cine, con amigos, prospectos y hasta solo, así que eso no representaba un gran suceso y tampoco se puso a pensar mucho en ello. Lo único que tenía claro era que XX le gustaba, y mucho, pero no al grado todavía de sentirse feliz por una invitación, al cine. Lo había visto un par de veces, acompañado de un hombre todavía más grande aunque guapo y varonil todavía, más mamado que él, incluso. YY pensó siempre que podían ser pareja y resultó que no eran, sino que fueron. Se lo preguntó la misma noche que lo conoció pues el tipo andaba con XX en esa ocasión también. XX le contó que ahora solo eran buenos amigos, algo que el hombre le había pedido de favor. YY sintió empatía, e intentó, como casi siempre, entender y sobrellevar las cosas de la vida. 
La emoción que sentía no era del todo clara y creía que no era indiferencia lo que se le presentaba ahora, sino la oportunidad de satisfacer su calentura. Con este pensamiento llegó al cine, a la plaza comercial donde las familias felices lo son más y mientras la función comenzaba XX le propuso caminar. Visitaron tiendas de ropa carísima, zapaterías, tiendas de discos y hasta una joyería. Ambos querían comprarlo todo pero decidieron esperar otro momento y en cambio pudieron conversar ampliamente sobre marcas y productos favoritos y convenientes. XX le fue diciendo más o menos lo que quería de una “relación” y aunque el término en ningún momento fue mencionado, YY lo adjudicó solo para llamarlo de alguna forma. Lo cierto es que ahora que lo volvía a ver, XX lucía más guapo, más encantador, y las ganas de coger fueron creciendo en su interior. La ropa que usaba esta vez era sencilla pero era una que hacía notar el trabajo realizado en el gimnasio. YY estaba encantado. Si le había quedado alguna duda la noche anterior sobre qué hacer con este sujeto, esa tarde quedó disipada pese a unas palabras que tuvo que escuchar: 
—La relación con mi ex fue larga y muy intensa. El no lo ha superado del todo, me sigue buscando para volver pero yo ya no quiero, aunque, sí quiero estar presente cuando él me necesite, creo que vamos a ser amigos toda la vida. 
—Es el fortachón. 
—Sí, W —dijo XX con una sonrisa cínica pero encantadora. 
Entonces se hizo un silencio. 
—¿Todavía lo quieres? —se atrevió YY, sin exaltar el significado de las palabras y usándolas como escudo por si el sentimiento del otro se manifestaba en una medida mayor, con una palabra más grande aunque más corta. 
—Pues no, bueno no sé. O sea, sí pero ya no estoy enamorado ni nada. 
—Es difícil de creer, ¿no te parece? 
—Supongo, pero no pido mucho, solo déjame pasar más tiempo contigo para que veas que no miento. Además estás bien rico. 
La película estuvo bien, el tiempo pasó rápido. El juego de rozarse las piernas primero y tomarse la mano en la oscuridad después, ayudó para que la hora de salir llegara demasiado pronto. A la salida, como iban en dos coches, XX le pidió que subieran al suyo y luego él lo llevaría hasta el otro lado de la plaza para que se llevara su auto. YY obedeció y luego de detenerse junto a su auto, comenzaron los besos y las caricias. Se contuvieron cuando una familia llegó a donde se encontraban y entonces XX aprovechó para decirle que saldría de la ciudad durante toda la semana, que no iba a volver hasta el siguiente viernes pero que estarían en contacto a través del celular. 
Para YY esa semana transcurrió lenta, tal vez debido al sinsabor de cierto comentario que uno de sus compañeros de trabajo realizó acerca de XX. Este comentario fue que era uno de los más putos del antro. YY respondió que eso no le constaba y que estaría atento, lo dijo con un tono que lo hacía ver despreocupado, minimizando la información para hacer ver que era una persona de mente abierta y sobre todo, que no corría el mínimo peligro. Mencionó que tal vez no pasara de un acostónacostón que YY estaba seguro, pasaría ese fin de semana. 
  
Quedaron en verse por la noche, en el bar que ambos preferían. YY llegó primero e inmediatamente pidió una bebida. Se encontró con varios conocidos con los que tuvo la misma corta conversación de cada semana: 
—Hola ¿cómo estás? 
—Bien y tú. 
—Bien gracias. 
Algunos eran amigos de amigos y otros relaciones que jamás llegaron a nada más allá de una noche, unos días, unos meses. Era, a fin de cuentas, un ambiente reducido pero marcado por una sola tendencia: pasarla bien, aunque a veces y en ciertas mesas se pudiera ver gente llorando. 
XX se presentó cuando YY bebía el segundo vodka y rápidamente pidió uno también. La noche se fue entre pláticas y saludos con conocidos, entre bailecitos y arrumacos. A la salida ninguno se animó a invitar al otro a un lugar donde pudieran desfogar la pasión acumulada y de nuevo fueron a cenar. YY estaba desconcertado pues había supuesto que esa noche sería la noche en la que disfrutaría de ese individuo. Cuando se despidieron algo extraño sintió en medio del estómago. 
Llegó a su casa y a las dos horas recibió una llamada. Despertó con el ceño fruncido pero al ver el número que le llamaba se animó un poco. La llamada no era para lo que se había imaginado, sino para platicarle que se había encontrado con unos amigos y se había ido a una fiesta. YY no supo cómo reaccionar, pensó que estaba bien que el tipo se reportara aunque no le veía el caso que lo hiciera a esas horas de la madrugada si ya habían pasado un rato juntos y además que le dijera que andaba con unos amigos. Se quedó inquieto a pesar de haber quedado en hablarse temprano. 
Al día siguiente fueron a comer. XX le habló más claro ahora y le advirtió que no pensaba coger con él hasta pasados unos tres meses más o menos. YY se quedó impresionado. 
—¿Por qué? —preguntó incrédulo. 
—Porque si cogemos me voy a enamorar. 
YY se quedó pensando en la respuesta y se sintió halagado. Una sonrisa se le quiso dibujar pero la reprimió y pensó que lo mejor sería aparentar una reacción normal, tranquila. 
—Pues está bien, si eso quieres yo puedo esperar —dijo, sintiendo que todo eso iba por un camino que nunca había recorrido pero que estaba seguro de querer hacerlo, aparte de pretender mostrarse hasta cierto punto apático y consecuente. 
  
Los meses que siguieron no fueron precisamente felices. Lo que YY había supuesto un romance idílico se convirtió en una serie de problemas que desconocía. La mayoría de las veces que salían a los bares terminaban peleados porque XX siempre encontraba personajes que habían estado en su vida o querían entrar y él no era capaz de reprimir esa coquetería por la que era conocido y como es de suponer, todo eso creaba una ola de celos en la mente de YY. En los tres meses siguientes terminaron su relación un par de veces. En la primera YY no sintió una angustia real y tomó la decisión con verdadera calma, sin embargo, XX le llamó al día siguiente para decirle que se había arrepentido. YY por su parte sintió una batalla ganada, además de pensar que traía al aludido verdaderamente enamorado. No se dio cuenta de que era XX quien manejaba la situación; quien no quería algo serio todavía, una relación con obligación pero al mismo tiempo no quería perder una posibilidad que ya sentía cercana. 
XX resultó ser controlador, YY resultó proclive al romanticismo, tal vez porque nunca había vivido una relación así donde, creía él, el futuro podría funcionar. De este modo su carácter comenzó a sufrir un cambio que de principio fue imperceptible. En el segundo rompimiento XX le dijo que era lo mejor, que se merecía a una persona que de verdad lo quisiera y que no lo fuera a dañar. YY no aceptó, pensaba que era él quien lo merecía; pensaba que era él, XX, quien necesitaba ser querido precisamente por su persona. Pasaron unos días y pensó en provocarle celos. Comenzó a salir con un antiguo amante pero cuando XX los vio en el antro hizo como si no le importara. YY, enfurecido, mandó al diablo a su viejo amigo. Fue tras XX y le confesó la verdad, el otro hizo un amago por sonreír y YY se sintió estúpido y se maldijo por dentro. Iba a dar media vuelta para irse cuando XX lo tomó de un brazo y le dijo que lo perdonaba. También le preguntó si quería ir a un motel. 
YY se quedó callado. Solo pudo responder con un movimiento de cabeza. 
Salieron sin prisa pero decididos, después de todo, el tiempo que se habían propuesto para la primera vez se había cumplido si no de manera exacta, sí muy parecida. El resto de la noche fue rápido y, para sorpresa de XX, casi milagroso. Si bien había pensado que YY sería más bien tímido, la verdad es que su comportamiento no solo le sorprendió, sino que lo hizo sentir bastante placer. Desde el inicio supo del peligro, cuando los besos y las palabras obscenas los abordaron ansiosos y luego, cuando ya desnudos, YY lo saboreó completo. XX estaba resignado a lo que sucediera cuando llegó la penetración. 
—¿Qué me hiciste? —preguntó XX sonriendo y ya de día, mientras lo veía a contra luz, con el sol distorsionándole la cara y por ello, pareciéndole que interactuaba con el rostro jovencísimo de W. 
—Nada…o bueno, quién sabe, tal vez resulta que soy tu miedo más grande y además ya te enamoraste —le contestó el otro de manera estúpida y con una amplia y oscura sonrisa.