domingo, 8 de junio de 2014

No estoy escribiendo. Esto que parece suceder ya pasó. Estoy en un lugar conocido pero yo soy distinto aunque no lo parezca. No estoy escribiendo. Prácticamente hago nada. A veces veo la vida pasar pero a veces ni eso. No estoy escribiendo. Mato las horas evadiendo y queriendo encontrar algo mío, muy dentro de mí y que siempre escapa. Escapa al evadirlo, escapa al querer hallarlo.

No estoy escribiendo porque a fin de cuentas, con cada día, toda espera es más corta. Aunque quién sabe si para la gente mala como yo, también.   


miércoles, 21 de mayo de 2014

Otros ojos


—Como dije por teléfono: necesitamos hablar —comenzó ella.
Se habían dado cita en la plaza, justo afuera de Catedral y mientras ella daba inicio a sus palabras, el ruido de los pájaros entre los árboles, la gente que aún permanecía en las calles y la oscuridad que poco a poco llegaba, lo previnieron. Aunque no lo suficiente.
—Esto ha sido todo para mí —continuó ella. —Aún te quiero, eso no lo puedo negar, pero ya no tengo amor para ti. Ha sido mucho tiempo, y también ha sido hermoso pero siento que debo hacer otras cosas, buscar otras personas. Quiero que entiendas esto y no me odies, quiero que no me culpes o al menos trates de no hacerlo.
—Se te acabó el amor —dijo él, más a sí mismo y en un tono que no precisaba si era una pregunta, una afirmación o solo un lamento.
—Sí —fue la respuesta lacónica de la mujer.
Entonces él sintió un mareo, unas ganas de volver el estómago y un velo que le empezó a cubrir la vista. Posó su mirada alrededor para no toparse con los ojos de la mujer que adoraba y se le dificultó reconocer el lugar. Cuando lo hizo supo que odiaría esa plaza, esa plaza que visitaba desde que sus padres lo trajeron a vivir a esta ciudad; incluso odiaría a la gente que tranquila ocupaba ese mismo espacio y ese mismo tiempo. Supo que sufriría también al recorrer muchos otros lugares por los que habían paseado cuando estuvieron más enamorados.
                Contempló a una pareja que caminaba tomada de las manos; identificó a un muchacho que a todas luces buscaba un cliente, cierta clase de compañía también masculina y pensó que ya nada de eso le interesaría en adelante: ni el amor idealizado, ni la furia carnal. Al menos no en mucho tiempo.
—No tienes que decir más —prosiguió él— de alguna manera siempre supe que esto pasaría.
—No te pongas así —le pidió la mujer.
Él la miró con cólera reprimida por el dolor, por la soledad que se le avecinaba. Notó la luz artificial de las farolas en las aceras y una sensación en el ambiente de la ciudad que va de pertenecer a una ciudad en crecimiento a una incertidumbre provocada por la falta total de certezas, por el miedo a lo desconocido y que está por llegar, a lo inesperado. Esto no puede estar pasando,  caviló. También pensó en la relevancia del lugar, no en la de ese momento, sino en la que obtendría a partir de esa noche para él; en la conexión que hay entre el lugar que habitamos y todo lo que nos sucede. Y obviamente pensaba en ella, en ellos, en lo suyo. Veía pasar los automóviles por la avenida Independencia como fantasmas que no hacen ruido; que están ahí para hacernos saber lo que somos; para hacernos saber el lugar que ocupamos en el mundo como seres vulnerables ante nosotros mismos.
Solo la voz de la mujer logró sacarlo de sus pensamientos cuando le dijo:
— Por favor, perdóname. Esto puede parecer repentino pero ya necesitaba sacarlo, hace algunos meses que lo había estado pensando, o más bien sintiendo.
— ¿Por qué no me lo dijiste entonces?
—Porque quería esperar a que desaparecieran estas ganas de estar en otra parte; abrir posibilidades a que todo volviera a ser igual que antes, pero eso es imposible ya.
—¿Al menos podemos ser amigos? —cuestionó él tratando de ocultar una esperanza difícil de describir pero sin lograrlo.
—Es mejor que no —respondió ella—, y perdóname pero me tengo que ir.
—¿Así, sin más? —preguntó él, muy bajito.
—Lo siento, te agradezco por todo, pero me tengo que ir.
—¿Vas a tirar a la basura estos cinco años juntos?
—Yo no voy a tirar nada, ese tiempo lo guardaré en mi memoria y tú debes hacer lo mismo, tal vez buscar una nueva relación.
—Yo te quiero a ti, quiero pasar mi vida contigo.
—Eso ya no es posible —dijo ella—, en unos días te busco para recoger mis cosas de tu casa.
Al verla tan decidida él encontró un poco de valentía para decir:
—Si te vas a ir hazlo ya.
Ella se acercó para darle un último beso, se levantó de la banca verde hecha con metal y madera y se alejó. La valentía del hombre desapareció al verla caminar quién sabe a dónde y entonces se permitió llorar. No pudo  pedirle que se quedara a pesar de que lo anhelaba con toda su fuerza, en ese momento, a punto de extinguirse ante todo lo demás.   
Ella se fue caminando pasos bien definidos. Primero hasta el cruce de Indepedencia y Libertad, donde esperó el cambio de color en el semáforo y luego se dirigió a la parte peatonal de la calle que, con su nombre, simulaba una promisoria señal. Sin embargo, a mitad de la avenida Independencia se detuvo. Giró primero la cabeza y luego el cuerpo completo con movimientos lentos, como pensando todavía si debía hacer lo que estaba haciendo. Cuando dio la media vuelta completa se detuvo dos segundos y deshizo el camino hecho pero sin mirar hacia el lugar de la plaza donde sabía, todavía, la acechaba una presencia. En cambio sus ojos se centraron en la siguiente cuadra, justo en la esquina de Independencia y Doblado. Ahí me espera, recordó. Y luego pensó: ¿cómo se me pudo haber olvidado?
Era una figura nueva, diferente. Era un joven alto, al que saludó con un beso rápido y luego se abrazaron para comenzar a caminar. Un momento antes, el muchacho había preguntado: ¿todo bien? Ella no respondió con palabras, simplemente movió su cabeza de arriba para abajo dos veces, luego bajó la mirada y la misma cabeza para ponerla en el pecho del hombre que ahora iba junto a ella. Obviamente ese recorrido no quedó ahí. Tampoco esa relación que, aunque duró un par de meses, no pudo llegar a más. El camino que la mujer tuvo que recorrer comenzó en esa parte de la ciudad pero poco a poco se extendió; primero en casi toda la capital y luego en algunas partes del mundo, tanto, que pocas personas la volvieron a ver.
Él abrió los ojos de nuevo y no reconoció el lugar. Esta vez se alarmó porque de verdad todo había cambiado. Por avenida Independencia no pasaban automóviles ya, y la explanada de la plaza se extendía ahora hasta le entrada de la presidencia municipal. Era, supo después, un paso a desnivel. Había incluso una entrada nueva, hacia un subterráneo, para usar un nuevo transporte colectivo también.  La banca en la que estaba sentado ya no era verde ni de madera con metal sino gris, de una clase de piedra un tanto elegante, le pareció. También había madera pero no era de color verde. Examinaba eso cuando los gritos de unos niños lo hicieron voltear el rostro y encontrar, casi a las puertas de Catedral, unos chorros de agua que brotaban del suelo de la plaza. Los chiquillos saltaban a través del agua y dejaban que los mojara bajo la mirada de sus padres y algunos desconocidos. Sintió un poco de soledad, volvió la mirada hacia el frente y en el trayecto encontró a una pareja que caminaba tomada de la mano. Una especie de recuerdo le vino a la mente y sonrió; sintió algo raro en el pecho, aun en el estómago y entonces entendió cuánto habían cambiado las cosas, cómo es que había pasado tanto tiempo.                     

  
Quizás te diga un día que dejé de quererte, aunque siga queriéndote más allá de la muerte y acaso no comprendas en esa despedida, que, aunque el amor nos une, nos separa la vida. 

José Saramago.

domingo, 18 de mayo de 2014

Escribiré para hacerme creer que la vida me importa -le dijo a alguien, que hacía mucho tiempo no estaba.  

lunes, 5 de mayo de 2014

Sapiencia

El cementerio comenzó a crecer más que cualquier otro lugar en el pueblo. También eso es la vida, dijo el más anciano de los que quedaban vivos.  

domingo, 27 de abril de 2014

Ro-ca-ma-dour

Perdí a Rocamadour cuando tenía diez. Él, en años humanos, tenía muchos más. Sucedió el día en que todos decidieron, o más bien no decidían, qué mascota querían tener en casa y entonces optaron por robarse la de algún vecino o alguien más. Así desapareció Rocamadour y llegó Solovino, únicamente por unos días pues el problema se volvió a presentar un par de veces más. Veces en las cuales yo solo deseaba que regresara Rocamadour. Hubo una gran confusión, un gran revoltijo entre dueños y mascotas por unos días porque algo pasó, no sé qué, pero de pronto pareció que todos estaban inconformes con los animales que poseían o querían poseer más. En el proceso, a los animales se les hizo mucho daño, sobre todo psicológico pero también de carácter físico. Y cuando éstos sintieron que todo podría ocurrir una vez más, resolvieron mejor dejar este poblado. Se fueron muy tranquilos, ninguno se despidió pero ni falta que hizo pues todos entendimos lo que estaba sucediendo y salimos a las calles para verlos partir. Yo, debido a mis lágrimas, no veía mucho; así que me fijé bien en lo que iban a decir mis padres. Mientras mi madre veía cómo nuestras mascotas se iban, mi papá se animó a preguntar: ¿hasta dónde podrán llegar estos pobres? y un momento después, ella respondió: se puede llegar muy lejos José, aunque, como Rocamadour, en lugar de cuatro patas se tengan tres.

sábado, 26 de abril de 2014

Más vale que algo valga la pena hoy,
me digo cada mañana,
cada despertar.

Ya no intento siquiera
sacudirme tu recuerdo.

Hago como que me levanto, y
como que sigo con eso

que anda por ahí.  

lunes, 7 de abril de 2014

Pagaré, pagaré

Cuando se permitió enamorarse dos o más veces en la vida la esposa de Ruperto no lo pensó demasiado. Agarró sus cosas y todo el dinero del que había sido su hombre y se fugó del pueblo con un individuo veinte años menor. Ellos llevaban treinta años de casados y se habían unido cuando ambos cumplieron las quince primaveras. Nadie buscó las razones, ni siquiera el pobre Ruperto, que había guardado todos sus ahorros adentro de su colchón. Se quedó solo y pobre pero se hizo el fuerte y para demostrarlo, dio una gran fiesta cuando la historia se supo. Y para su mala fortuna, también se supo que no trabajaba más con el señor Gobernador. Nadie le dio más de la importancia necesaria al asunto e incluso algunos le prestaron dinero para realizar el festejo.  

Los días transcurrieron mientras todos sentían pena por él; a causa de su esposa y a causa del dinero que, viéndolo bien, eran una sola causa. Extraviado, Ruperto no lograba conseguir trabajo y algunos sospechaban que ni lo deseaba. En cambio, se dedicó a pedir siempre prestado aduciendo su fructífero pasado y su, según él, prometedor futuro pues confiaba recuperar su puesto dentro Gobernación y hasta prometía el regreso de su esposa, muy arrepentida. Mi papá le prestó dinero en tres ocasiones, pero en el cuarto intento, se negó diciéndole que nada se puede comprar con el pasado y, mucho menos, con el futuro.     

lunes, 31 de marzo de 2014

La primera sociedad anónima

Cierto día descubrieron, en las afueras del pueblo, un agujero en la tierra bastante grande. Sin embargo, eso no fue lo sorprendente; lo que sorprendió a todos fue que en ese agujero, decían, había una gran cantidad de monedas de oro. Esas monedas, continuaron, servirían para conseguir todas las cosas que se anhelaran. Por lo tanto, y de pronto, todos los ojos, todas las manos y todos los pasos se dirigieron hacia la dirección de aquel descampado. Pero cuando los más rápidos llegaron, se toparon con la sorpresa de que el señor Gobernador y uno de sus compadres habían llegado primero y éstos, lo único que dijeron fue: los que quieran trabajar podrán hacerlo, buscando y sacando más y más monedas,  más y más profundo.
Semanas después el agujero se llenó de tierra de nuevo, esta vez atrapando a quince hombres, cuatro niños, dos mujeres y un perro. Los desapareció para siempre y por completo. Sus familiares y algunos otros pusieron el grito en el cielo pero nadie pareció escucharles. Solamente el padre Juan de Dios los pudo consolar y reconfortar ofreciéndoles, a  todos los reclamantes, trabajo en el nuevo agujero que acababan de descubrir.
La diferencia es que ahora yo me asociaré con el señor Gobernador y su compadre para que todo salga bien, dijo. Y cuando le preguntaron por sus desaparecidos les contestó, para tranquilizarlos y convencerlos, que no pasaba nada, que polvo fuimos y al polvo siempre volvemos.
La mayoría comenzó a laborar el lunes siguiente.           

lunes, 24 de marzo de 2014

El drama surge de la vulnerabilidad de hombres vitales, tenaces, que ni son cautivos de la debilidad ni están hechos de piedra y que, casi inevitablemente, están abrumados por una visión moral borrosa, por culpabilidad real e imaginaria, lealtades contradictorias, deseos urgentes, anhelos incontrolables, amor inviable, por la pasión del culpable, el sueño erótico, la ira, la discordia interior, la traición, por pérdidas drásticas, vestigios de inocencia, ataques de amargura, enredos insanos, subestimaciones, una comprensión desbordada, temor prolongado, acusaciones falsas, lucha incesante, enfermedad, agotamiento, separación, locura, envejecimiento, agonía: hombres impávidos aturdidos por la vida ante la cual estamos indefensos.

Éste no es para nada un rinconcito tranquilo del mundo.


-Philip Roth.