domingo, 7 de septiembre de 2014

You’re not the one*




Te vi desaparecer ya en la calle, a un costado de tu cantina favorita. Ahí me dijiste que te ibas y desde las primeras letras supe que esta vez para siempre. Las razones ya no importan, ni las que dijiste entonces, las que supuse después ni las que aún me crecen con los días. No así ese último beso, sobre la banqueta y después de advertirte siempre usar condón; antes de sentir muchas ganas de soltarme a llorar. Luego de verte partir me sentí peor que extraviado, detuve las lágrimas y necesité de algunos minutos para reconocer lo que sucedía, advertir que la realidad estaba sucediendo y me acababas de dejar, algo que irónicamente había dejado de imaginar. Comencé a moverme por inercia, primero una pierna y luego la otra sin dejar de pensar en toda la soledad que se me venía encima. La noche era increíble de mala y ese vacío, cabrón, ese vacío, renació. 
                Decidí comprar cigarros, primera aparición de esa conducta autodestructiva de la que me hablaste casi siempre, incluso algunos minutos antes y no supe nunca si la detestabas o fue lo que te atrajo de mí. Mientras encendía el primero, temblando, necesité hablar con alguien. Me detuve en una esquina para buscar en la lista de contactos pero nadie me parecía disponible, adecuado. Supongo, tú sabes, debido a que siento que no tengo derecho a molestar a mis amigos cuando he permanecido tanto tiempo escondido. Recordé la cantina, el ambiente y sobre todo el alcohol; uno de los eternos paliativos ante la vida, lo queramos o no. Regresé y me senté en un mesa cercana a la que había participado en nuestra charla de rompimiento (tuyo, por si no ha quedado claro) hacía unos minutos nada más porque era la única disponible. No me importó mucho pues pedí dos cervezas y entonces sí, todo recomenzó.
                Esto no se trata de vanidad, o tal vez. Yo prefiero pensar que es así como hubiera sucedido si no es que sucedió y, pensándolo bien, todo comenzó con una espeluznante coincidencia. Mientras bebía la segunda cerveza, recordé el momento preciso en que te ibas y sentí furia. Bueno, cierto grado de coraje que contrarresté con un pensamiento estúpido por anacrónico: engañarte, al fin. No puedo decir que era venganza, o tal vez, en todo caso por haberte ido, nada más. Fue entonces, justo cuando terminaba de pensarlo, que noté a dos hombres observándome mientras platicaban, uno de ellos con bastante decisión. Recordé cómo es el asunto, el juego de miradas y todo lo que viene después. Sonreí, la verdad, y hasta sentí un poco de valor. Las miradas fueron más certeras hasta que, con un movimiento de cabeza, señaló el baño de caballeros. Asentí débilmente pero con una franqueza que me sorprendió, luego me aburrí intensamente. Sabes que conozco el juego, lo he jugado infinidad de veces y desde varias posiciones y sin embargo, me levanté y me dirigí al sanitario, con un dolor o un vacío o una idea demasiado reconstruida y experimentada a lo largo de los años. No recuerdo si llevaba una sonrisa, de esas que son más reflejo del interior de lo que se pretende pero puedo decir que él sí tenía una cuando abrí la puerta y entré y el baño me pareció más pequeño de lo que es. Cerré y me quedé ahí, cargando ese letargo que me duraría mucho más y evitando la entrada de cualquiera. Él hacía como que orinaba pero apenas notó mi presencia se acercó. Era mucho mayor que yo, un poco calvo y delgado, guapo a su manera y todavía jovial. Con malicia en los ojos, eso sí. No obstante era pequeña comparada con la que a mí me había nacido hacía poco, y seguramente peor porque se le añadía lo que contengo yo. Muy listo, dijo mientras señalaba la puerta, o a mí. Luego me dejé besar. Y toquetear. Y aunque no lo parezca, suene a cinismo o consideres que lo pongo aquí por simple ironía, pensaba en ti. Pensaba en ti de mil maneras y en diferentes capas de pensamiento, si eso es posible; pensaba en ti mientras me besaban unos labios desconocidos, aunque húmedos. Pronto dejé de sentir, solo cavilaba y permanecía inmóvil. El hombre ondeado, como debe ser, me preguntó si estaba bien, que qué me gustaba. De todo, le respondí, todavía, pensándote. Volví al mutismo, me preguntó qué haría más tarde y me encogí de hombros. En su mirada ahora parecía resplandecer una pregunta: ¿qué onda con este güey? Recuperó confianza y me pidió el número de mi celular. Se lo dije en modo automático y entonces dijo que me marcaba mas tarde. Asentí y esperé para salir. De regreso a la mesa el par aquel no estaba ya en la barra y yo necesitaba urgentemente litros de alcohol. Pedí otras dos cervezas y el mesero me dijo que ya no podía, que cerraban en tres minutos. Lo miré con cara de ¿qué diablos dices? Los viernes cerramos a las doce, añadió. Bueno, una al menos, digo. ¿Sí te la terminas? Seguro.              
                En la calle otra vez no sabia qué hacer, a dónde ir. Me pregunté si tú andarías allá, donde se supone íbamos a ir y el vacío creció un poco más. Creí más que nunca en la necesidad alcohol, un poco de mariguana o cualquier clase de droga que me ayudara a, ya sabes, evadir la situación, superar la realidad. Lo pero era no recordar un lugar cercano donde guarecerme. Cualquier asidero. Nada. Excepto tú y tu huida. Todo era recuerdos, no, todo era un asombro estúpido provocado por lo que te habías atrevido a hacer. Me sentí por completo fuera de mi, poseído por un pensamiento paranoico muy intenso; era muy parecido a esos dos últimos delirios alcohólicos que no te platique pero que me han alejado del alcohol. Y ya ves. Casi me terminé un cigarro completo pensando, recordando y evitando llorar. Cuando entendí que no podía quedarme varado en ese lugar únicamente caminé en línea recta, fumando un cigarro tras otro. Maldiciendo el no estar inconsciente. Trataba de recordar un lugar al cual poder ir a beber hasta, no sé, recuperar el valor de volver a casa cuando una canción apareció en mi memoria y se dibujó en mis labios, sin sonido. Pretendí tararear is the middle of the night and I’m so gone and I’m thinking about how much I need you but you really want somebody else*  pero no pude. Luego me reí de mi mismo, incluso sentí pena por haberme hecho pendejo cuando, en realidad, todo había estado claro. Eso pensé entonces y la idea de un acostón con un desconocido apareció otra vez. Recordé la infinidad de veces que lo he hecho y adquirí el valor de algo que ya había experimentado, aunque al parecer no aprendido. Persisto en la idea de venganza si no hacia ti por haberte ido, sí hacia mí por haberte sido fiel como a nadie. Una clase de venganza, como decía, como suponía, como quería creer, como quieras ver. Predeciblemente llegué hasta a la Cuarta, y Aldama. Era una señal, porque ni siquiera me había fijado por dónde caminaba. Me detuve y saqué los cigarros, encendí uno y hasta puedo decir que adquirí una pose. No recordé al hombre de la cantina, pero estaba seguro de que esa noche algún individuo me levantaría y me iría con él. Volvería a prostituirme, no sé si a consecuencia de lo nuestro, de lo que soy o simplemente del entorno físico, emocional o del que prefieras. Igual y solamente como un pretexto que no me gasté en la infancia.
Sobre esa calle pasé tres alrededor de tres horas. Tratando de no pensar, de no reconocer el dolor y evitando el regreso a casa, donde una soledad inmensa estaría acumulada entre cuatro paredes. El desfile de coches era lento y deficiente, como has de saber. No dejaba ni de fumar ni de pensar, aunque intentara. De pronto un güey apareció en la esquina de enfrente, me indicó que me acercara y comenzamos a platicar. Yo le pedí mota, el dijo que no traía porque nomas consumía Cristal, que no le gustaban los batos hasta que conoció a su novio actual, quien lo mantiene; también que andaba bien jodido y necesitaba que lo llevaran a su casa porque vivía bien lejos. Un auto lo calló por un segundo, solo mientras llegaba hasta nosotros por completo y el sujeto se daba cuenta de que era uno de sus clientes. Este güey me va a llevar a casa, dijo antes de abrir la portezuela del coche y cuando lo hizo, la figura del hombre de la cantina apareció, como un acto insulso con un poquito de magia gay. Te la voy a meter otra vez, le decía ahora, mi colega.
Me sentí mejor pese a quedarme solo otra vez y tomé la decisión de subirme en el próximo auto que se detuviera. El que lo hizo se paró a la vuelta, un par de metros delante nada más. Era un tipo bastante feo, lo que me hizo recordar que prostituirse con guapos es difícil, al menos en esta parte de la ciudad porque los que vienen, se trenzan entre sí. Además yo ya no tengo los años que tenía hace precisamente eso, algunos años. Terminé platicándole de ti, sin subirme a su carro siquiera. Volví a la esquina para ver si tenía mejor suerte y cavilaba y fumaba como todo ese tiempo cuando una troca se detuvo y un hombre bastante bueno la conducía. De inmediato pensé que todo había valido madre porque había llegado el sujeto con el que pasaría lo que estaba buscando. Retraído pensaba en ello cuando escuche, al parecer un poco tarde, que lo dijo como ahora me gusta: ¿cuánto por el acostón? No estoy seguro de cuantos segundos pasaron entre que lo dijo y yo lo escuche, pero sí de que apenas iba a decir nada cuando él respondió preguntando: ¿qué, no?  y luego arrancó porque alguien tocaba su claxon y sin darme tiempo de hablar.
Tuve una crisis. La duda acerca de por qué, si pinches te amo, estaba haciendo eso casi me derribó. Tal vez para odiarme un poquito más, pensé. Porque, en realidad, nunca es suficiente y ahora, el no haber podido hacer que te quedaras… No para que me sacaras de esto que es inevitable, tampoco para que me salvaras de mi mismo, que soy más bien algo absurdo, sino para que simplemente estuvieras aquí. Se detuvo otro coche, medio cristal de la ventanilla bajó y sin entender lo que decía, únicamente el contexto, subí. Me arrepentí en casi en el acto, justo cuando me sentaba en los asientos de cuero y vi el rostro del hombre. ¿No basta decir que usaba peluquín? Bien, diré que lucía como esos enfermos sexuales que la verdad, todos rehúyen. El auto acababa de avanzar cuando me empezó a meter mano. Entonces le dije que estaba arrepentido y que me quería bajar. Insistió, detenía un poco la marcha y entonces usaba los diez dedos. Esta vez no hubo beso. Le repetí que prefería bajarme y lo entendió, aunque lento: no te gusté ¿verdad? Eso no lo detuvo porque con la mano libre seguía tocando, buscando, mientras me decía que era una lástima, que estaba muy guapo. La antipatía mataba el halago, seguramente porque todo eso ya lo había vivido y nunca lo quise para nosotros (sí, igual ni es necesario aclararlo). No me bajé asqueado, solo hecho trizas para mucho tiempo después. Pensando, eso sí, que no me iba a volver puto otra vez por ti, por esto. Si vuelvo, volveré porque yo quiero, dije en voz alta y muy, muy digna. Luego reí a carcajadas.
Tomé el primer taxi que pasó y yo pasé de un estado de ánimo a otro y luego a otro. Logré no conversar mucho con el chofer, recuerdo nada más que él se enamoró una sola vez. Me dio pereza pensar algo al respecto y preferí cerrar los ojos. Llegué a casa, al vacío y a la soledad; a tu fotografía en mi librero. No pude dormir más de dos horas, y a intervalos. Me terminé la cajetilla de cigarros con el amanecer y los infomerciales; preguntándome qué iba a pasar luego, qué iba a hacer en aquel ahora. ¿Qué había pasado esa noche? Muy temprano salí de casa pues no iba a soportar ahí mucho de ese tiempo que podría matarme. Anduve en las calles, constatando que existen refugios de diversos tipos y que ahora tendría que recurrir a ellos.
                Han pasado meses ya. Ahora lío un porro en la cama de mi dealer porque Cristal ya no hay. Hoy tampoco quiero despertar, hacer lo que se supone debo hacer. Si no eres el único, entonces ¿por qué estoy mamando tanto? Pienso, luego me recuerdo y río, más que nada por necesidad.


                                          *





domingo, 17 de agosto de 2014

Pido perdón y entiendo que a fin de cuentas todo lo que hacemos lo hacemos para tratar de continuar.

lunes, 11 de agosto de 2014

Trinidad

Cuando nos fuimos quedando viejos también nos topamos con la realidad de que ya no íbamos a tener hijos. Todo el pueblo se preocupó; nos prestaban mucha atención porque deseaban saber qué hijo nacería de mi María y yo, su José. Nunca entendí bien por qué, ni siquiera cuando Vladimir, el que más leía y quien iba a escribir esta historia, me lo intentó explicar.

Como éramos el centro de atención nadie se fijaba en que tampoco ninguno de los otros matrimonios concebía y para cuando nos dimos cuenta era ya tarde, además ni hubiéramos sabido qué hacer pues según Vladimir, esta historia ya había sucedido. Lo había leído en un libro de ciencia ficción en el que los humanos dejaban de nacer y las líneas temporales eran rotas para hacer experimentos a través de los años o algo así. Y pues según esto, nosotros seríamos un experimento más, más que nada religioso. Pero nosotros, como pueblo, habíamos fracasado en conseguir la oportunidad de cambiar la historia conocida criando a otro Jesús. Nunca nadie explicó por qué.        

sábado, 26 de julio de 2014

viernes, 25 de julio de 2014

Quema, aquel esperma.

Me preguntas por nuestro final, por cómo será. Trato de ser optimista y hasta cómico pero una descarga cerebral tuya reacomoda las cosas:
—No mames, has leído suficientes novelas para saber que todo tiene un final.
          Callo por intuición, por "animalidad", pues reacciono por instinto cuando siento peligro. Algunas veces lloro (así soy de débil). Callo entonces porque noto tu desesperación, porque descubro que sabes casi todas mis respuestas pero las repites y las enfrentas con hartazgo. Porque has mencionado todos mis defectos de memoria; porque últimamente el celular se ha vuelto tu confidente, o algo más; porque empieza a doler. Y puede que me notes impasible, más en el fondo sabes que pronto me derrumbaré y será difícil. Obvio eso no te frenará, no tiene porqué hacerlo.
          "¿Acaso el amor se te acabó cuando dije sí, mientras te vaciabas en mi torso y preguntabas si  te pertenecía completo?"
          Busco tu mirada sin encontrarla y entonces bajo la ventanilla del coche; el verano se acerca, el infierno ya empieza a calar.      

martes, 15 de julio de 2014

domingo, 13 de julio de 2014

Me acuerdo, me acuerdo.

Hubo siete días en los que el pueblo solo hablaba de recuerdos. Única y exclusivamente de recuerdos. “Me acuerdo, te acuerdas, nos acordamos” y así durante una semana completa. Nadie lo podía controlar, era como si el pasado se vengara de nosotros haciéndonos creer que después de todo vendría un porvenir.  

sábado, 12 de julio de 2014

Desborde

Aunque ya existía el permiso sobre el amor yo, únicamente, me enamoré una vez.  De María y ella de mí. Duramos juntos muchos años y no pudimos engendrar pero eso nunca nos importó. Ni eso ni las habladurías de la gente sobre este amor, del que decían, parecía inconcebible. Yo no creí eso hasta que María se me murió de amor. Se le desbordó. Así lo dijo el doctor y yo le creí a pesar de no conocer a nadie que hubiera muerto por la misma causa. Ella se dejó morir sabiendo que yo sufriría, y con tanto dolor, al principio quise tomar también ese camino. Seguirla. Pero una duda y un recuerdo me lo impidieron. La duda estaba en pensar si de verdad nos encontraríamos luego de muertos; el recuerdo fue siempre su sonrisa.    

domingo, 6 de julio de 2014

Una fractura en el tiempo


En la madrugada se creaba, detrás de pequeñas montañas y sin temor, una canícula amarillo-naranja, casi roja y nuestro protagonista despierta de pronto. Ha soñado El milagro secreto sin saberlo y por lo tanto lo olvida de la misma manera. Él no suele confundir la realidad con el sueño, tampoco cree en la reencarnación ni en la materialización de lo inexplicable o lo paranormal, sin embargo, esta vez el tiempo y el espacio han sufrido un revés; se han conjugado para mezclar el futuro con el presente y un poco del pasado creando así un conflicto tempo-espacial. La validez del raciocinio pierde autoridad y lo fantástico extiende su dominio, se adhiere a sus células la noche anterior cuando entre sueños retoma historias lejanas, contadas por sabios, chamanes o ciegos mil años atrás. Historias míticas, de variaciones y hechos que el tiempo desfigura y reacomoda sin explicación. A pesar de ello, por las mañanas él no recuerda lo que ha soñado y cree que el mundo es esto: lo real, solamente lo que se puede ver y tocar. Con desaliento deja la cama, se dispone a tomar un baño y tal vez a masturbarse como cada tres días pero hoy ese manoseo no resulta gratificante y se conforma con unas simples caricias que le ayuden a limpiarse la modorra mientras el agua caliente le resbala por el torso. El inicio del día parece ser tan común como lo permite la rutina y baja, ya vestido, a la cocina para desayunar solo un poco de cereal y dos tazas de café con el aroma de siempre. Es este un día igual a los demás, tanto que resulta difícil diferenciar los años que pasan o el número que tiene el día en el calendario de la pared. Sólo permanece con una claridad demasiado precisa el horario que tiene cada lapso de luz; las horas en el transporte publico, en la oficina, en la sala de espera del dentista. Esas horas son las mismas cada día en el mismo lugar cada semana. Así hasta contar años desperdiciados o cuentas bancarias repletas de soledad. Pero esto no lo sabe nuestro protagonista, ni siquiera lo intuye o, peor aún, lo recuerda. Para él la rutina se ha convertido en compañera, esposa y amante; es el matrimonio que desapareció sin que lo percibiera; es su puta, a ella la desea, la toca y la posee cuentas veces le surgen las ganas. Se ahoga en ella y lo disfruta, tal vez porque ha superado lo impensable, porque se ha cansado de buscar lo que perdió y no ha vuelto a encontrar. Pero esto tampoco lo sabe pues con el triunfo bien disfrazado se ha ido un poco la percepción que tenía del mundo. Así, disfruta beber el último sorbo de café y al salir echa una orgullosa mirada a su hogar, a sus muebles rebosantes de falta de uso, de olvido que a veces se recuerda, al portarretratos de la mesa de estar. Un portafolio pende de su mano izquierda que parece más un amuleto que otra cosa. En él conjunta casi toda su vida, contiene pólizas y dinero que difícilmente se podría conseguir con facilidad; también el secreto que lo ha conducido al éxito de manera directa y sin escalas y además, dos fotografías.
El pedazo de esta mañana es tan parecido al de ayer que todo transcurre sin más alteraciones que el anciano que sube al transporte público para cantar una canción deprimente. Por suerte, baja pronto y entonces el descenso en aquella parada, lejos del centro de la ciudad se vuelve un espacio conocido. Como cada mañana, llega al pequeño súper que se encuentra frente a su lugar de trabajo, en la parte industrial y más americana de la ciudad para comprar otro café y tal vez el periódico, éste último solo por compromiso con alguien que ya no está y pensando inconscientemente encontrar un par de rostros desaparecidos.
Luego de atravesar las puertas de cristal, que bien podrían ser las puertas de la percepción o el umbral de lo desconocido, se acerca hasta la maquina despachadora del café y se sirve un vaso grande, sin azúcar y sin crema. Mientras observa ese oscuro líquido transitar una caída sin mucho abismo;  avanzar sin hacerlo y volver sobre lo que deberían ser sus propios pasos hasta convertirse en un remolino pequeño, en una vorágine que absorbe su atención y detiene el tiempo, que colma por unos segundos pero insistentemente un vaso vacío, entran tres sujetos al establecimiento. No advierte el vórtice pero sin duda las sensaciones no lo abandonan, por el contrario, lo saturan igual que el café acaba de colmar el vaso. Intenta saber algo pero inmediatamente olvida el intento y vuelve a la realidad. Los gritos lo atraen con la violencia adecuada para darse cuenta que solo están él y el dependiente, que éste es asaltado y que por todos lados corroe peligro. Presiente el acercamiento de dos maleantes y solamente puede pensar en dónde ocultar su maletín. A lo largo del pasillo en el que se encuentran galletas y frituras ve moverse, hacia él, dos figuras con pasos de los que a alguien le dio por llamar decididos. Hasta el final distingue los ojos sorprendidos del dependiente y sus manos obedientes a sí mismas entregar el dinero que jugaba en la caja registradora y que ahora también se ha puesto serio. Se pregunta si no hay más empleados, si no existen compañeros de trabajo en este lugar; quiere con todas sus fuerzas recordar a más personas, como si con este pensamiento lograra hacer que sí, que de la nada existen y en este preciso momento están llamando a la policía. Pero no, no hay nadie mas y los pasos lo persiguen a pesar de que el no corre por mas que lo desee. Busca un lugar, un espacio donde guardar su preciado portafolio. Desciende su mirada hasta el vaso con café, ese que le ha calentado el estómago y muchas noches y entonces encuentra un cajón vacío, justo bajo la maquina que lo ha provisto de vida durante mañanas inmemoriales y al parecer inagotables. Con la rapidez de un anhelo soñado millones de veces guarda su tesoro. Los delincuentes lo atacan, traen armas de fuego y no se da cuenta del momento en que el silencio se hizo tan fuerte. No escucha, simplemente intuye. Se da cuenta de que le piden la cartera y la entrega sin remordimientos ni culpas porque en realidad no le interesa. No escucha los gritos pero levanta las manos y entiende que eso era lo que pedían. Tampoco oye que le ordenan sentarse en el piso y esconder su ‘pinche jeta entre los brazos y las piernas, hacerse un nudo y no mirar’. De pronto se encuentra a sí mismo en el piso y enrollado como recordando un vientre materno. 
Después todo se oscurece y sus ojos contemplan al café recorrer una caída sin mucho abismo; avanzar sin hacerlo y volver sobre lo que debieran ser sus propios pasos hasta convertirse en un remolino pequeño, en una vorágine que absorbe su atención y detiene el tiempo, que colma por unos segundos pero insistentemente un vaso vacío mientras entran tres sujetos al establecimiento. No advierte el vórtice pero sin duda las sensaciones no lo abandonan, por el contrario, lo saturan como el café que acaba de servir en el vaso. Intenta reconocer algo pero inmediatamente olvida el intento y algo lo lleva de nuevo a otra realidad. En los gritos presurosos de los maleantes que entran para asaltar el pequeño comercio advierte signos de un pasado y un futuro y a fuerza de reconocer algo que no conoce, se paraliza. Se da cuenta de la soledad, de lo fortuito del hecho que sean solamente él y un empleado quienes conformen la escena, sin embargo deja estos pensamientos para intentar adivinar. Presiente el acercamiento de dos maleantes hasta donde se encuentra, sirviéndose un café que tal vez ya esté frio. Sabe lo que sucederá pero no hace nada por evitarlo y esperando espera que pase lo que tiene que pasar. Súbitamente recuerda que debe esconder su maletín. Por el mismo pasillo que da a la caja registradora solamente logra percibir envolturas de distintos colores y tamaños, supone que son galletas o simples burlas de la física y la percepción. Los ojos del dependiente, estupefactos, demuestran incredulidad; se posan en los ojos del ladrón pero vuelven de inmediato al cajón del dinero. Nuestro protagonista sabe que la policía no vendrá y busca un lugar para esconder su portafolio. Desciende su mirada hasta el café que iba a tomar, encuentra un cajón justo bajo la maquina que lo ha provisto de vida durante mañanas inmemoriales y al parecer inagotables pero en su interior encuentra un portafolio igual al que carga con desesperación, reconsidera su sentir porque en realidad es el mismo portafolio que carga una de sus manos. Con su pensamiento totalmente desconcertado solo intuye que debe buscar otro escondite. Gira su cabeza para encontrar nada a qué asirse. Siente correr los segundos por cada pasillo y salir asustados hasta la calle. Entonces, como un milagro pervertido, logra ver un espacio con el tamaño justo para esconder su valija. Es un espacio en la estantería de al lado, en la cabecera de uno de los pasillos con mercancía que queda fuera del campo visual de los maleantes. Con rabia esconde lo que para él es un tesoro en el preciso momento en que los delincuentes lo alcanzan sin conocer lo que ha ocultado. Los delincuentes lo atacan, traen armas de fuego y no se da cuenta del momento en que el silencio se vuelve algo palpable, tanto que lo reconoce y ya no le teme. No obstante puede escuchar las palabras y las órdenes y con suficiente calma las obedece. Como si hubiera entendido de antemano y actuara de acuerdo a un argumento conocido pero un tanto gastado. Ya casi no intuye, casi no desea que todo termine bien. Sin relevancia entrega lo que le piden: su cartera, la que suponen es lo único que tiene en este momento y él, a sabiendas de que solo contiene credenciales, la extiende entre sus dedos casi con alegría. Escucha con una tranquilidad que asombra la orden de levantar las manos y obedece. Oye que le ordenan sentarse en el piso y esconder su ‘pinche jeta entre los brazos y las piernas, hacerse un nudo y no mirar’. Lo hace y ni siquiera entonces pasa por su mente la mínima parte de la idea, de la sospecha, acerca de cuantos años o segundos han pasado desde que esto ya le sucedió. De hecho ni siquiera imagina si esto ya fue pero de pronto se encuentra a sí mismo en el piso y enrollado.
Después todo se oscurece y sus ojos contemplan el café recorrer una caída sin mucho abismo; avanzar sin hacerlo y volver sobre lo que deberían ser sus propios pasos hasta convertirse en un remolino pequeño, en una vorágine que absorbe su atención y paraliza el tiempo, que colma por unos segundos pero insistentemente un vaso vacío. Entonces entran tres sujetos al establecimiento. No advierte el vórtice pero sin duda las sensaciones no lo abandonan, al contrario, lo saturan como el café que satura el vaso perceptible y contundentemente. Sabe algo pero inmediatamente olvida que lo sabe y su rostro adquiere la certeza de que la realidad se ha convertido en algo que ya no puede llevar ese nombre. Más que oír, logra ver los gritos esparcirse y flotar por el aire hasta llegar al techo, donde se detienen y giran como nubes negras para evaporarse con posteridad. Los ladrones amedrentan el espacio y entonces logra ver en los ojos del dependiente del mini súper cierta complicidad, como si ambos supieran que lo próximo no esta tan lejos pero tampoco tan cerca. Prefiere no pensar en la policía pues teme que este pensamiento pueda robar el lugar de uno con mayor importancia. Piensa que poco a poco estos minutos lo alejarán de las adivinanzas y lo acercarán a la certeza de lo que fue, en otro espacio y en otro tiempo, y entonces sabrá qué hacer en el momento preciso. Como observando desde la parte superior del mundo, advierte que dos delincuentes han descubierto su presencia y entonces recuerda su portafolio. Ha olvidado por completo el café que hubiera tomado si el tiempo no se hubiera roto. Conocer el suceso inmediato hace que ni sus piernas ni sus manos obtengan un poco de movilidad. Vuelve a recordar su preciado maletín y busca un lugar en el cual resguardarlo para alguien mas, para alguien que advierta las cosas en otro momento, si es que otro momento llega a existir. El par de sujetos avanza y entonces los ojos del empleado le dicen que ya no más. No entiende, tal vez porque los colores de los empaques que atiborran los estantes comienzan a cambiar de color; pasan de un amarillo echado a perder a un morado irreverente, luego de un azul pecador a un rojo inocente y se pregunta si alguna vez llegarán al negro o al blanco total. Pone la mirada en la maquina del café y en el cajón en el que puede caber su maletín, lo abre sin seguridad pero con un destello de esperanza. Encuentra un portafolio ya ahí, uno igual al que le pertenece o le perteneció en otro tiempo y el significado de la palabra sorpresa desaparece, se complica. Con la fugacidad de lo impensable se da cuenta que debe buscar otro lugar. Siente correr los segundos por cada pasillo y salir asustados hasta la calle. En la estantería del pasillo que tiene al lado logra ver un sitio y le viene a la cabeza una especie de remoto recuerdo casi a punto de ser olvidado, como desde un sueño extinto y con un sabor agridulce. Con un movimiento maquinal de su mano izquierda acerca el portafolio pero enseguida se da cuenta que ese lugar, el cual podía salvar la situación, lo complicará todo mucho más. En esa parte de la estantería milagrosa coexiste el mismo maletín que pende de su mano. Entiende todo sin entender, se frustra y la rabia le brinda algo que su boca no puede compartir, algo que su memoria no puede aceptar. Su cabeza gira de un lado para otro y así lo encuentran los bandidos: viendo pasar los segundos por el aire; reconociendo que lo han traicionado, que algo lo ha traicionado. Lo primero que le piden los delincuentes es el maletín negro que sostiene con ahínco sorprendido. Duda. Dos armas de fuego apuntan hacia su cabeza y él se aferra a la agarradera de su portafolio. Dice “por favor” con un tono que posee un lamento bajo, como hecho por cortesía, por costumbre, pues logra reconocer algo del pasado. Quiere sonreír pero no tiene la fuerza necesaria y nunca fue partidario de la ironía. Uno de ellos grita que entregue el maletín y entonces él recuerda la cartera. ¿Por qué no la ofrece? ¿Por qué no se la piden? Tal vez porque eso no pasará pues ya pasó. Todas las incertidumbres se van apagando frente a su mirada cuando alguien le grita otra vez que entregue el maletín. Inmediatamente se hace amigo de ese instante, de ese preciso soplo de vida y reconoce todo lo anterior mas no lo que vendrá. Y en realidad no importa porque algo dentro de sí le explicó que solamente fue parte de un juego en el que fungió como remedio, como restauración. Se hace amigo de ese instante porque le reconoce la importancia de existir. La importancia de que todo exista. Entonces se escucha un disparo pero él ya no se ve caer a sí mismo sobre las baldosas y en el medio del pasillo de una tienda donde venden galletas y donde a él le gustaba ir a comprar café. En esa mañana tardía por confusa, tres ladrones salen de un mini súper cual arma del destino en una ciudad norteña con un portafolio y pocos miles de pesos como botín. Salen a la claridad del día, donde los rayos solares resbalan con tranquilidad otra vez y las sirenas de las patrullas y ambulancias cantan la canción de todos los días; cuando se piensa que la vida sigue porque nadie sabe que a veces algo se quiebra y entonces las cosas se tienen que reacomodar para que tiempo y espacio vuelvan a coincidir. Nuestro protagonista, ya desde el piso, sobre un pequeño pero prometedor charco de sangre, abre sus ojos un instante para dejar salir un último pensamiento: que jamás le gustó interactuar con espejos, ecos ni recuerdos.