lunes, 5 de mayo de 2014

Sapiencia

El cementerio comenzó a crecer más que cualquier otro lugar en el pueblo. También eso es la vida, dijo el más anciano de los que quedaban vivos.  

domingo, 27 de abril de 2014

Ro-ca-ma-dour

Perdí a Rocamadour cuando tenía diez. Él, en años humanos, tenía muchos más. Sucedió el día en que todos decidieron, o más bien no decidían, qué mascota querían tener en casa y entonces optaron por robarse la de algún vecino o alguien más. Así desapareció Rocamadour y llegó Solovino, únicamente por unos días pues el problema se volvió a presentar un par de veces más. Veces en las cuales yo solo deseaba que regresara Rocamadour. Hubo una gran confusión, un gran revoltijo entre dueños y mascotas por unos días porque algo pasó, no sé qué, pero de pronto pareció que todos estaban inconformes con los animales que poseían o querían poseer más. En el proceso, a los animales se les hizo mucho daño, sobre todo psicológico pero también de carácter físico. Y cuando éstos sintieron que todo podría ocurrir una vez más, resolvieron mejor dejar este poblado. Se fueron muy tranquilos, ninguno se despidió pero ni falta que hizo pues todos entendimos lo que estaba sucediendo y salimos a las calles para verlos partir. Yo, debido a mis lágrimas, no veía mucho; así que me fijé bien en lo que iban a decir mis padres. Mientras mi madre veía cómo nuestras mascotas se iban, mi papá se animó a preguntar: ¿hasta dónde podrán llegar estos pobres? y un momento después, ella respondió: se puede llegar muy lejos José, aunque, como Rocamadour, en lugar de cuatro patas se tengan tres.

sábado, 26 de abril de 2014

Más vale que algo valga la pena hoy,
me digo cada mañana,
cada despertar.

Ya no intento siquiera
sacudirme tu recuerdo.

Hago como que me levanto, y
como que sigo con eso

que anda por ahí.  

lunes, 7 de abril de 2014

Pagaré, pagaré

Cuando se permitió enamorarse dos o más veces en la vida la esposa de Ruperto no lo pensó demasiado. Agarró sus cosas y todo el dinero del que había sido su hombre y se fugó del pueblo con un individuo veinte años menor. Ellos llevaban treinta años de casados y se habían unido cuando ambos cumplieron las quince primaveras. Nadie buscó las razones, ni siquiera el pobre Ruperto, que había guardado todos sus ahorros adentro de su colchón. Se quedó solo y pobre pero se hizo el fuerte y para demostrarlo, dio una gran fiesta cuando la historia se supo. Y para su mala fortuna, también se supo que no trabajaba más con el señor Gobernador. Nadie le dio más de la importancia necesaria al asunto e incluso algunos le prestaron dinero para realizar el festejo.  

Los días transcurrieron mientras todos sentían pena por él; a causa de su esposa y a causa del dinero que, viéndolo bien, eran una sola causa. Extraviado, Ruperto no lograba conseguir trabajo y algunos sospechaban que ni lo deseaba. En cambio, se dedicó a pedir siempre prestado aduciendo su fructífero pasado y su, según él, prometedor futuro pues confiaba recuperar su puesto dentro Gobernación y hasta prometía el regreso de su esposa, muy arrepentida. Mi papá le prestó dinero en tres ocasiones, pero en el cuarto intento, se negó diciéndole que nada se puede comprar con el pasado y, mucho menos, con el futuro.     

lunes, 31 de marzo de 2014

La primera sociedad anónima

Cierto día descubrieron, en las afueras del pueblo, un agujero en la tierra bastante grande. Sin embargo, eso no fue lo sorprendente; lo que sorprendió a todos fue que en ese agujero, decían, había una gran cantidad de monedas de oro. Esas monedas, continuaron, servirían para conseguir todas las cosas que se anhelaran. Por lo tanto, y de pronto, todos los ojos, todas las manos y todos los pasos se dirigieron hacia la dirección de aquel descampado. Pero cuando los más rápidos llegaron, se toparon con la sorpresa de que el señor Gobernador y uno de sus compadres habían llegado primero y éstos, lo único que dijeron fue: los que quieran trabajar podrán hacerlo, buscando y sacando más y más monedas,  más y más profundo.
Semanas después el agujero se llenó de tierra de nuevo, esta vez atrapando a quince hombres, cuatro niños, dos mujeres y un perro. Los desapareció para siempre y por completo. Sus familiares y algunos otros pusieron el grito en el cielo pero nadie pareció escucharles. Solamente el padre Juan de Dios los pudo consolar y reconfortar ofreciéndoles, a  todos los reclamantes, trabajo en el nuevo agujero que acababan de descubrir.
La diferencia es que ahora yo me asociaré con el señor Gobernador y su compadre para que todo salga bien, dijo. Y cuando le preguntaron por sus desaparecidos les contestó, para tranquilizarlos y convencerlos, que no pasaba nada, que polvo fuimos y al polvo siempre volvemos.
La mayoría comenzó a laborar el lunes siguiente.           

lunes, 24 de marzo de 2014

El drama surge de la vulnerabilidad de hombres vitales, tenaces, que ni son cautivos de la debilidad ni están hechos de piedra y que, casi inevitablemente, están abrumados por una visión moral borrosa, por culpabilidad real e imaginaria, lealtades contradictorias, deseos urgentes, anhelos incontrolables, amor inviable, por la pasión del culpable, el sueño erótico, la ira, la discordia interior, la traición, por pérdidas drásticas, vestigios de inocencia, ataques de amargura, enredos insanos, subestimaciones, una comprensión desbordada, temor prolongado, acusaciones falsas, lucha incesante, enfermedad, agotamiento, separación, locura, envejecimiento, agonía: hombres impávidos aturdidos por la vida ante la cual estamos indefensos.

Éste no es para nada un rinconcito tranquilo del mundo.


-Philip Roth.

domingo, 23 de marzo de 2014

El abrazo perdido

Una tarde, ya viudo, estaba viendo apagarse el día afuera de casa cuando de pronto llegó mi vecina Nemesia para darme un abrazo. Fue un abrazo rápido pero intenso por su parte, tanto que ni me di cuenta del momento en que me levanté de la mecedora para saludarla y únicamente recuerdo a partir de que ella me rodeó con sus brazos. Yo correspondí esa muestra de afecto, la verdad, sin embargo no dejó de sorprenderme por la repentina efusión de la mujer. Cuando nos separamos le pregunté con la mirada qué pasaba. Nada, respondió, es solo que me nació la sensación hace un rato de que traigo perdido un abrazo, yo creo por toda mi soledad. Y entonces la vi irse. A la mañana siguiente supe que lo mismo hizo con mi vecino y con el otro y con el otro y con el otro y así, hasta llegar a la salida del pueblo y luego seguir todo el camino seco abrazando a cada piedra con la que se encontraba.        

domingo, 16 de marzo de 2014

Bienvenido

Nadie nunca entendió porque sus padres le habían puesto Bienvenido. Y la verdad, él tampoco tuvo mucha inquietud por saberlo. Fue como si todos lo intuyéramos pero ninguno terminara por aceptarlo. De sus padres nunca salió un comentario al respecto y tal vez por ello tuvo una vida normal.
Con el paso del tiempo supusimos que la sorpresa se nos presentaría al momento de que Bienvenido muriera y decidimos, entre todos, vigilarlo siempre y en todo momento hasta que su muerte pasara. El acoso duró solamente un par de años; años en los que Bienvenido sufrió un cambio muy extraño. Comenzó a mirarnos con odio y en ese momento supimos que estaba a punto de suceder su final.

Todos queríamos ser testigos del momento para ver qué pasaba con Bienvenido cuando se marchara al mas allá; cuando se transformara, junto con su nombre, en alguien más; cuando, por decirlo así, dejara de ser Bienvenido.        

miércoles, 5 de marzo de 2014

Un legado

Aquí todos se enamoraban solamente una vez en la vida. Era parte de la historia, de la tradición. Sin embargo, eso cambió cuando Azucena llegó a la adolescencia. Ella fue mi amiga y yo creo por eso no se enamoró nunca de mi aunque sí lo hizo de la mayoría de los jóvenes del pueblo. Incluso de algunos señores. Decía que no lo poda evitar, como tampoco podía controlar los instantes y la regularidad de sus enamoramientos.

Entonces la gente comenzó a verla mal, con ojos críticos y negando con la cabeza, hasta el día en que uno de sus enamorados le dio a beber de una yerba que le dijeron haría se quedara solamente con él. La bebida le hizo mucho daño y Azucena murió. A partir de entonces  todos en el pueblo se permitieron enamorarse de otras personas, unas después de otras claro, pero siempre y cuando todo eso se hiciera con muchísimo cuidado. Claro que  no todos hicieron caso de esta última recomendación y en ocasiones todo se complicaba; a veces por un rato y solo para una persona, a veces para el resto de la vida y algunos otros más.

lunes, 17 de febrero de 2014

La marca de un fuego

Hace un par de años notaste algunas cosas que te eran familiares y estaban de regreso en las calles y la televisión. No solo eran camisas a cuadros de franela, también ecos de ése algo que tratas de mantener en secreto. No volvieron como una falla temporal sino como lo de siempre: una mirada al pasado que nos condena pero también nos redime, que nos entretiene y paradójicamente, nos arrastra hacia el futuro. Sí, los noventa volvieron, aunque un poco distintos. Ahora la mayoría de la gente los percibe felices y hasta parece que los mira con ternura; algo que más bien te molesta porque tu caso es distinto y probablemente, si alguien te hubiera preguntado, hubieras dicho que allá donde quiera que estuvieran estaban mejor. En parte porque te agobian los recuerdos y en parte porque la serie de sensaciones y acontecimientos de aquella época te incitan a esconder lo que dicha etapa significó para ti. Porque sí, fueron tiempos complejos que marcaron tu adolescencia y de alguna manera forjaron tu carácter. Pero más allá de eso, te incomoda su regreso porque se manifiestan tus fracasos a pesar de que, por otro lado, pueda notarse en tu vida un asomo de éxito sobre todo familiar. Porque, hay que decirlo, fallaste en muchos proyectos, por no decir todos, pero a ti, básicamente, te perturban dos: no haberte convertido en un músico famoso y luego haber desaparecido muy joven. Pero así pasa con los proyectos de vida juveniles, te has repetido infinidad de veces, mientras contemplas deudas hacia todo.  
Si alguien te preguntara dirías que el fallo general comenzó con la ruptura de tu primera banda, la más prometedora: Veneno para la abuela. Es que tocamos punk, decían todos los integrantes germinando desde entonces un poco la vergüenza. Y sí, eran punk. Y al menos dentro de ti lo que más había era coraje. Nadie conocía la razón, mucho menos tú. Tal vez se debía a  pertenecer a una familia no bien pero sí muy decente; estable, no rica pero con el dinero suficiente para que te regalaran, en tu cumpleaños numero quince, una guitarra eléctrica. ¿Tenias qué, 17, cuando comenzaste a tocar en aquella entrañable bandita? Luego eso se quebró y pasaste llorando toda una tarde encerrado en tu cuarto.
Pero antes habías descubierto a Nirvana y te habías dejado influenciar por ese auto-desahuciado en vida, su líder y todo empezó a cambiar. El sonido de Veneno para la abuela ya no era el mismo y su esencia, antes ruda y mordaz, tenía ahora desesperación, abulia, dolor, hartazgo y todo lo que caracterizó a la generación de la tachita. Bueno, pensaste, puedo formar otras bandas, puedo seguir tratando. Sin embargo, había que deprimirse y todo se fue haciendo bruma y todos, incluyéndote, querían hacer covers de esa ya desde entonces mítica banda. Todos querían sonar como ellos y todos tus intentos por encontrar algo propio fueron interpuestos, es más, algunos ni siquiera lo fueron. Como era de esperarse también llegaron las drogas. Pero solo mariguana y cocaína porque esa idolatría tuya no daba para experimentar con algo más fuerte, o probablemente sí pero el hallazgo del cuerpo del ángel del grunge aquel abril causó cambios y cosas que aún ni estaban por sospecharse.
A partir de ahí tu vida se aceleró. No expresamente a causa de la muerte de tu ídolo, sino simplemente porque así tuvo que ser. Te enteraste que meses antes de morir Cobain había conocido a su más grande ídolo, un escritor misántropo de la generación Beat que no conocías. Te interesó su vida y su percepción de las cosas y por algún tiempo te fuiste inclinando hacia un lado de la vida que podríamos llamar, como no, “oscurito”. Veías en todo ello la esencia de la vida, y las vidas de tus héroes te parecían lo que todo artista pretende vivir. Deseabas caer en el abismo de las drogas, en uno grande e ineludible pero siempre algo lo impedía; deseabas que llegara un pensamiento radical, que llevara tu existencia a un nivel inalcanzable. Mas nunca te atreviste y nadie se atrevió a empujarte. Seguiste tocando, eso sí, tratando de escribir canciones que pretendías no entender y emulando corrientes, escuelas y tendencias sin darte cuenta que lo que venía hacia ti también era la vida. Es más, era tu vida. Fue entonces cuando te afianzaste en ese otro proyecto: morir joven. Comenzó como un chiste, como una cosquilla mientras leías las noticias acerca de la sobredosis y el disparo más famosos de los años noventa. Tu vida sería su muerte, o viceversa, no importaba ya. Pero antes tendrías que trabajar duro, conseguir otros compinches y verdaderos dealers, por supuesto. La felicidad se hacía presente por medio de un plan para tu vida, un plan con final incluido. Llegaste a sentirte especial por concebir tu muerte como el más grande fin, como el destino al que llegarías por tu propia mano pero después de haber alcanzado éxito; un poco de fama, quizá no mucha, porque esa viene detrás. Así fueron pasando los días y tú, inocentemente creías que tus planes te pertenecían. Cultivaste, eso sí, el hábito de la depresión, primero de manera forzada y luego ya sin mucho esfuerzo. 
Los problemas en casa nacieron y aumentaron. Tu padre se fue a vivir con una jovencita un poco mayor que tu hermana y ésta se fugó meses después con un tipo a un cuarto de azotea. Te quedaste con mamá, como le decías, pero ella también se deprimía. Se alejaba de todo y sin darte cuenta, comenzaste a rumiar lenta pero insistentemente la idea del suicidio de una manera insistente pero lejana, posponiendo cada vez más el verdadero pensamiento, la ineludible intención. Y así, mediante acontecimientos sorpresivos la vida se hizo notar. Con esta situación de fondo terminaste la preparatoria y nadie se molestó en obligarte a continuar estudiando. Si acaso tu madre hizo un comentario, éste fue más que nada para mortificar a tu padre. Lo extraño fue que pese a tu amor por la música, nunca cruzó por tu mente estudiar una carrera en el Conservatorio de la ciudad o Bellas Artes aduciendo tu espíritu libre y formación independiente, de la calle. En cambio, conseguiste un trabajo que te permitiera ensayar por las tardes y tocar los fines de semana.
Entonces llegó Kika, tu Kim Gordon, y la vida volvió a cambiar. No olvidaste tu sueño pero lo empezaste a postergar porque todo se volvió fiesta, alcohol y sexo. Con Kika todo era más fácil, incluso la posibilidad de fracasar pese a que no pensabas en ello. Perdiste un poco la facilidad para construir tragedias y los días se superponían con desenvoltura. De la misma forma supiste que estaba embarazada y la idea, que en un principio te asustó, poco a poco se convirtió en esperanza, en convicción disfrazada de un futuro bienestar; de que eso no tendría porqué inmiscuirse en tus planes, en lo que habías determinado para ti. Aceptó que vivieran juntos en casa de tu madre todavía con la ilusión de que el éxito no se limita por un hijo. Y no sucede, pero con dos… Cuando nació Kenia, la segunda, tu padre había desaparecido por completo y entonces sí eras el hombre de la familia y ni tú ni Kika se preguntaban qué era lo que sucedía porque, bueno, en realidad no había razón para hacerlo. En cambio, como respuesta a esas interrogantes que nunca expresaron, dejaste de tocar en el bar de siempre, de ensayar con regularidad hasta que de plano mejor vendiste la guitarra y todo el equipo. Los demás integrantes no se opusieron pues también les habían crecido las responsabilidades. Lástima que la dignidad no tenga precio, pensaste con burla pero sin sacarlo.
Así los sueños quedaban atrás, entre pañales, colegiaturas, obesidad, cuentas por pagar, afores y tantísimas cosas más que no te esperabas; entre la estupefacción, la decepción e incluso la risa que causó la última estrella que murió a los veintisiete. Pero no todo está tan mal. Tienes una hermosa familia, tres hijos ahora, una madre que depende de ti y un futuro que promete no irse hacia otro lado. Poco a poco has ido gateando un escalafón diferente al que siempre deseaste y eso, en el fondo, te entristece. Nadie lo sabe porque alejaste a los amigos, al menos a los que de verdad te conocían y en tu casa se han acostumbrado a tus ratos de mal humor. Han aprendido a dejarte solo cuando te pones furiosos y deprimido y entonces el tiempo se vuelve tu aliado y enemigo. Tus anhelos regresan, los más oscuros, para mostrarte lo lejos que te encuentras de ellos.
Los regresos a casa se han convertido en lo de siempre. Solo algunos días algo cambia y sales a distraerte. Te notas hastiado pero encadenado a esas personas que debes amar. Recuerdas la idea del suicidio pero conforme pasa el tiempo te sabes incapaz de cometerlo, de arremeter con dolor sobre tus hijos, sobre los que te quieren. Hoy ha sido distinto. Por la mañana, en la oficina gubernamental donde transcurren torpes las horas, leíste un artículo que trata sobre la celebración de los veinte años de aquel famoso suicidio en Seattle; también de cómo fue su encuentro con Burroughs y una chispa se volvió a encender en tu pensamiento. No precisamente la idea del suicidio, más bien la certeza del paso del tiempo, el ejercicio de imaginar dónde se encuentran ahora esos dos personajes mientras tú debes laborar ocho horas diarias y luego correr, a veces, a tu otro empleo de medio tiempo. Te diste cuenta de todo lo que ha sucedido desde el momento en que pensaste que había algo entre ustedes tres, esa compenetración y esa afinidad que suponías entonces te llevaría por el mismo sendero que ellos. O al menos por uno parecido. Pero no, ahora eres una persona diferente, lo sabes, y algo más en tu interior se disparó: la certeza de que no eres, ni remotamente, lo que de adolescente deseabas ser.

Saliste de la oficina refunfuñando, renegando de todo y fuiste directo a casa, manejando el automóvil que debes. En el camino seguiste dándole vueltas a lo mismo pero un pensamiento te sorprendió. Nunca lo habías pensando y cuando llegó simplemente te dejaste llevar: comenzaste a imaginar que llegando, tu hogar estaría en llamas. Ya no alcanzarías a escuchar los gritos ni de los niños ni de Kika ni de mamá porque sería demasiado doloroso. Pero sí podrías encontrar, cuando el fuego hubiera sido aniquilado, los restos de la familia que tanto dices amar. Un dolor intenso se posó en tu pecho pero no detuvo tus pensamientos. Ahogaste un par de lágrimas para que no te vieran otros conductores y continuaste imaginando la soledad que llegaría después del funeral de toda tu familia; la devastación que un acontecimiento de tal magnitud traería a tu existencia y entonces, al fin, tener una excusa y un aliciente para intentar y justificar tu fin. De inmediato sentiste culpa por tener esa clase de pensamientos y pisaste el acelerador. Una sonrisa quién sabe si maligna se hizo notar en tu rostro al reafirmar que no habías perdido la capacidad para recrear tragedias y cuando llegaste a casa los abrazaste a todos con un sentimiento imposible de definir.