lunes, 17 de febrero de 2014

La marca de un fuego

Hace un par de años notaste algunas cosas que te eran familiares y estaban de regreso en las calles y la televisión. No solo eran camisas a cuadros de franela, también ecos de ése algo que tratas de mantener en secreto. No volvieron como una falla temporal sino como lo de siempre: una mirada al pasado que nos condena pero también nos redime, que nos entretiene y paradójicamente, nos arrastra hacia el futuro. Sí, los noventa volvieron, aunque un poco distintos. Ahora la mayoría de la gente los percibe felices y hasta parece que los mira con ternura; algo que más bien te molesta porque tu caso es distinto y probablemente, si alguien te hubiera preguntado, hubieras dicho que allá donde quiera que estuvieran estaban mejor. En parte porque te agobian los recuerdos y en parte porque la serie de sensaciones y acontecimientos de aquella época te incitan a esconder lo que dicha etapa significó para ti. Porque sí, fueron tiempos complejos que marcaron tu adolescencia y de alguna manera forjaron tu carácter. Pero más allá de eso, te incomoda su regreso porque se manifiestan tus fracasos a pesar de que, por otro lado, pueda notarse en tu vida un asomo de éxito sobre todo familiar. Porque, hay que decirlo, fallaste en muchos proyectos, por no decir todos, pero a ti, básicamente, te perturban dos: no haberte convertido en un músico famoso y luego haber desaparecido muy joven. Pero así pasa con los proyectos de vida juveniles, te has repetido infinidad de veces, mientras contemplas deudas hacia todo.  
Si alguien te preguntara dirías que el fallo general comenzó con la ruptura de tu primera banda, la más prometedora: Veneno para la abuela. Es que tocamos punk, decían todos los integrantes germinando desde entonces un poco la vergüenza. Y sí, eran punk. Y al menos dentro de ti lo que más había era coraje. Nadie conocía la razón, mucho menos tú. Tal vez se debía a  pertenecer a una familia no bien pero sí muy decente; estable, no rica pero con el dinero suficiente para que te regalaran, en tu cumpleaños numero quince, una guitarra eléctrica. ¿Tenias qué, 17, cuando comenzaste a tocar en aquella entrañable bandita? Luego eso se quebró y pasaste llorando toda una tarde encerrado en tu cuarto.
Pero antes habías descubierto a Nirvana y te habías dejado influenciar por ese auto-desahuciado en vida, su líder y todo empezó a cambiar. El sonido de Veneno para la abuela ya no era el mismo y su esencia, antes ruda y mordaz, tenía ahora desesperación, abulia, dolor, hartazgo y todo lo que caracterizó a la generación de la tachita. Bueno, pensaste, puedo formar otras bandas, puedo seguir tratando. Sin embargo, había que deprimirse y todo se fue haciendo bruma y todos, incluyéndote, querían hacer covers de esa ya desde entonces mítica banda. Todos querían sonar como ellos y todos tus intentos por encontrar algo propio fueron interpuestos, es más, algunos ni siquiera lo fueron. Como era de esperarse también llegaron las drogas. Pero solo mariguana y cocaína porque esa idolatría tuya no daba para experimentar con algo más fuerte, o probablemente sí pero el hallazgo del cuerpo del ángel del grunge aquel abril causó cambios y cosas que aún ni estaban por sospecharse.
A partir de ahí tu vida se aceleró. No expresamente a causa de la muerte de tu ídolo, sino simplemente porque así tuvo que ser. Te enteraste que meses antes de morir Cobain había conocido a su más grande ídolo, un escritor misántropo de la generación Beat que no conocías. Te interesó su vida y su percepción de las cosas y por algún tiempo te fuiste inclinando hacia un lado de la vida que podríamos llamar, como no, “oscurito”. Veías en todo ello la esencia de la vida, y las vidas de tus héroes te parecían lo que todo artista pretende vivir. Deseabas caer en el abismo de las drogas, en uno grande e ineludible pero siempre algo lo impedía; deseabas que llegara un pensamiento radical, que llevara tu existencia a un nivel inalcanzable. Mas nunca te atreviste y nadie se atrevió a empujarte. Seguiste tocando, eso sí, tratando de escribir canciones que pretendías no entender y emulando corrientes, escuelas y tendencias sin darte cuenta que lo que venía hacia ti también era la vida. Es más, era tu vida. Fue entonces cuando te afianzaste en ese otro proyecto: morir joven. Comenzó como un chiste, como una cosquilla mientras leías las noticias acerca de la sobredosis y el disparo más famosos de los años noventa. Tu vida sería su muerte, o viceversa, no importaba ya. Pero antes tendrías que trabajar duro, conseguir otros compinches y verdaderos dealers, por supuesto. La felicidad se hacía presente por medio de un plan para tu vida, un plan con final incluido. Llegaste a sentirte especial por concebir tu muerte como el más grande fin, como el destino al que llegarías por tu propia mano pero después de haber alcanzado éxito; un poco de fama, quizá no mucha, porque esa viene detrás. Así fueron pasando los días y tú, inocentemente creías que tus planes te pertenecían. Cultivaste, eso sí, el hábito de la depresión, primero de manera forzada y luego ya sin mucho esfuerzo. 
Los problemas en casa nacieron y aumentaron. Tu padre se fue a vivir con una jovencita un poco mayor que tu hermana y ésta se fugó meses después con un tipo a un cuarto de azotea. Te quedaste con mamá, como le decías, pero ella también se deprimía. Se alejaba de todo y sin darte cuenta, comenzaste a rumiar lenta pero insistentemente la idea del suicidio de una manera insistente pero lejana, posponiendo cada vez más el verdadero pensamiento, la ineludible intención. Y así, mediante acontecimientos sorpresivos la vida se hizo notar. Con esta situación de fondo terminaste la preparatoria y nadie se molestó en obligarte a continuar estudiando. Si acaso tu madre hizo un comentario, éste fue más que nada para mortificar a tu padre. Lo extraño fue que pese a tu amor por la música, nunca cruzó por tu mente estudiar una carrera en el Conservatorio de la ciudad o Bellas Artes aduciendo tu espíritu libre y formación independiente, de la calle. En cambio, conseguiste un trabajo que te permitiera ensayar por las tardes y tocar los fines de semana.
Entonces llegó Kika, tu Kim Gordon, y la vida volvió a cambiar. No olvidaste tu sueño pero lo empezaste a postergar porque todo se volvió fiesta, alcohol y sexo. Con Kika todo era más fácil, incluso la posibilidad de fracasar pese a que no pensabas en ello. Perdiste un poco la facilidad para construir tragedias y los días se superponían con desenvoltura. De la misma forma supiste que estaba embarazada y la idea, que en un principio te asustó, poco a poco se convirtió en esperanza, en convicción disfrazada de un futuro bienestar; de que eso no tendría porqué inmiscuirse en tus planes, en lo que habías determinado para ti. Aceptó que vivieran juntos en casa de tu madre todavía con la ilusión de que el éxito no se limita por un hijo. Y no sucede, pero con dos… Cuando nació Kenia, la segunda, tu padre había desaparecido por completo y entonces sí eras el hombre de la familia y ni tú ni Kika se preguntaban qué era lo que sucedía porque, bueno, en realidad no había razón para hacerlo. En cambio, como respuesta a esas interrogantes que nunca expresaron, dejaste de tocar en el bar de siempre, de ensayar con regularidad hasta que de plano mejor vendiste la guitarra y todo el equipo. Los demás integrantes no se opusieron pues también les habían crecido las responsabilidades. Lástima que la dignidad no tenga precio, pensaste con burla pero sin sacarlo.
Así los sueños quedaban atrás, entre pañales, colegiaturas, obesidad, cuentas por pagar, afores y tantísimas cosas más que no te esperabas; entre la estupefacción, la decepción e incluso la risa que causó la última estrella que murió a los veintisiete. Pero no todo está tan mal. Tienes una hermosa familia, tres hijos ahora, una madre que depende de ti y un futuro que promete no irse hacia otro lado. Poco a poco has ido gateando un escalafón diferente al que siempre deseaste y eso, en el fondo, te entristece. Nadie lo sabe porque alejaste a los amigos, al menos a los que de verdad te conocían y en tu casa se han acostumbrado a tus ratos de mal humor. Han aprendido a dejarte solo cuando te pones furiosos y deprimido y entonces el tiempo se vuelve tu aliado y enemigo. Tus anhelos regresan, los más oscuros, para mostrarte lo lejos que te encuentras de ellos.
Los regresos a casa se han convertido en lo de siempre. Solo algunos días algo cambia y sales a distraerte. Te notas hastiado pero encadenado a esas personas que debes amar. Recuerdas la idea del suicidio pero conforme pasa el tiempo te sabes incapaz de cometerlo, de arremeter con dolor sobre tus hijos, sobre los que te quieren. Hoy ha sido distinto. Por la mañana, en la oficina gubernamental donde transcurren torpes las horas, leíste un artículo que trata sobre la celebración de los veinte años de aquel famoso suicidio en Seattle; también de cómo fue su encuentro con Burroughs y una chispa se volvió a encender en tu pensamiento. No precisamente la idea del suicidio, más bien la certeza del paso del tiempo, el ejercicio de imaginar dónde se encuentran ahora esos dos personajes mientras tú debes laborar ocho horas diarias y luego correr, a veces, a tu otro empleo de medio tiempo. Te diste cuenta de todo lo que ha sucedido desde el momento en que pensaste que había algo entre ustedes tres, esa compenetración y esa afinidad que suponías entonces te llevaría por el mismo sendero que ellos. O al menos por uno parecido. Pero no, ahora eres una persona diferente, lo sabes, y algo más en tu interior se disparó: la certeza de que no eres, ni remotamente, lo que de adolescente deseabas ser.

Saliste de la oficina refunfuñando, renegando de todo y fuiste directo a casa, manejando el automóvil que debes. En el camino seguiste dándole vueltas a lo mismo pero un pensamiento te sorprendió. Nunca lo habías pensando y cuando llegó simplemente te dejaste llevar: comenzaste a imaginar que llegando, tu hogar estaría en llamas. Ya no alcanzarías a escuchar los gritos ni de los niños ni de Kika ni de mamá porque sería demasiado doloroso. Pero sí podrías encontrar, cuando el fuego hubiera sido aniquilado, los restos de la familia que tanto dices amar. Un dolor intenso se posó en tu pecho pero no detuvo tus pensamientos. Ahogaste un par de lágrimas para que no te vieran otros conductores y continuaste imaginando la soledad que llegaría después del funeral de toda tu familia; la devastación que un acontecimiento de tal magnitud traería a tu existencia y entonces, al fin, tener una excusa y un aliciente para intentar y justificar tu fin. De inmediato sentiste culpa por tener esa clase de pensamientos y pisaste el acelerador. Una sonrisa quién sabe si maligna se hizo notar en tu rostro al reafirmar que no habías perdido la capacidad para recrear tragedias y cuando llegaste a casa los abrazaste a todos con un sentimiento imposible de definir.     




sábado, 15 de febrero de 2014

La edad. El tiempo. Los sueños. Los días que transcurren sin misericordia. Nunca la ira, o bueno, a veces, pero casi siempre contra mi. Todo lo que hay, lo que no y lo que hubo. Todo lo que salva el amor. Todo lo que complica. Las noches de insomnio. La soledad, la que viene sola, la que busco yo. El arrepentimiento de lo no hecho, de lo que se quiere y no se puede aunque ahí no quepa. El miedo, el más grande. La culpa y la inanición. El deseo de estar cerca, siempre cerca y no poder tocarlo. La cobardía por no atreverse. La sensación de perder los minutos haciendo esto. Las oportunidades que se van, las que no llegan. La palabra escrita en la frente que me clasifica, limita o abre caminos. El camino que no es el propio, ¿por qué? Las añoranzas que poco a poco se convierten en obsesión. Las ideas que me hacen ser quien soy. La imposibilidad de no ser algún otro. La lagrima viva. El ardor en el pecho que ahora parece un vacío. La estupidez de creer en mañana, de tratar de olvidar el pasado. Las sorpresas que ya no lo son. La ilusión de que todo va a estar bien. La efusión amorosa que me salva. La que me ahoga con el temor de que acabará. La fuerza para luchar. La debilidad que me caracteriza, o cauteriza. La búsqueda del éxito. El encuentro con el fracaso. La justificación. Pensar en lo que él haría, en lo que hará. Las preguntas sin respuesta. Las respuestas que llegan solas, y tarde. El dolor de saber que seremos despojo. La necesidad de creer en la magia, en mí. La confianza en lo que creo, en lo que podría esperar. La espera, la espera. La ansiedad que brota de la nada, o de todo. El pensar en la ausencia que no debe ser. Las esperanzas encadenadas, las muertas. El callar. El andar mirando el suelo. La suposición de mi existencia. El saber que no sé mucho, pero saber que la muerte seguro viene y yo lo quiero a él. Él.                     

miércoles, 15 de enero de 2014

…Nunca fui el dueño de mis cenizas…

Arte Poética
Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.
JUAN GELMAN

lunes, 30 de diciembre de 2013


A veces la pesadilla no es de quien la habita
y el miedo sobrevive pese al cadáver de las cosas.

Pero luego llega algo más. Reivindicando los vacíos,
reconfortando los momentos venideros.

Yo ahora pertenezco a tu lenguaje
a tu forma de decir amor, de decir sí,
de decirlo todo a través de ojos violinistas.

No es que haya muerto mi pasado
o que lo despilfarre cantando mentiras.

Ahora encontré, en el fondo de tu sonrisa
las palabras que me arrancan todos los perdones.

domingo, 29 de diciembre de 2013


Más que anhelar ser poeta
por las noches codicio
esa lasitud después del sexo
tu cuerpo a mi costado
y tu mirada al despertar.


viernes, 27 de diciembre de 2013

Previniendo un futuro

Cuando aquel hombre quiso dedicarse a escribir lo primero que hizo fue cambiarse de nombre. Sus padres, de pequeño, le habían puesto Galimatías.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Una corriente

Cuando el más famoso pregonero llegó al pueblo yo era un adolescente. Era tan famoso que casi de inmediato olvidamos su nombre, y lo único que nos quedó en la mente fueron sus ideas. En realidad solo una: viajar al norte. Fue esta la idea que un día se encontró Maicol tal vez tirada en la calle.  

                Lo que más nos sorprendió entonces fue que el hombre parecía estar hecho de sueños. Todo en él era entusiasmo porque había escuchado de una tierra prometida donde se podía conseguir todo lo que uno deseaba. Solamente pasó un día en el pueblo, pero esas horas fueron suficientes para entusiasmar a casi todos. Yo fui uno de ellos y les dije a mis padres que me iría a buscar esa tierra prometida. Mi papá dijo que no y vimos cómo de cada hogar se iba al menos uno de cada familia. Luego mi papá quiso saber cosas y les preguntó a todas las familias a las que se les había ido alguien cuál era el deseo que iban a cumplir. Lo lamentable, dijo, es que nadie le supo responder.

La luna no es un cuadro.

Recuerdo que de niño me gustaba salir a contemplar la luna. Si por mi hubiera sido, habría pasado las noches en vela mirando hacia el cielo, aunque hubiera nubes, porque en el fondo sabía, que en el fondo del cielo mismo, estaba ella. No sé explicar porqué, solamente así era.

Mi madre tenía que ir por mi hasta muy entrada la noche, cuando ya era hora de dormir y llevarme casi arrastrando al interior de la casa. Todavía ahí me pasaba un rato en la ventana, hasta que me tumbaba el sueño o de plano mi padre amenazaba con pegarme si no hacía caso. Esa obsesión terminó el día que mi madre me dijo que la luna era un satélite natural, que hacia crecer el mar y convertir hombres en mitad hombre y mitad animal. No le creí pero luego oí decir a papá: la luna no es un cuadro. Y entonces pensé, tal vez equivocadamente, que si no era un cuadro, no podía ser una mentira.

Usanza

Nadie recuerda como se llamaba el Gobernador. Ni mi padre, que seguramente lo conoció de niño recordaba su cara, su nombre o su ascendencia. Lo que no podemos olvidar es que duró gobernando como cuarenta años, hasta que encontró a la única persona capaz de hacer el mismo trabajo que él: su hijo el mayor, del que tampoco se recuerda su nombre, solamente una vaga idea de que alguna vez fue una persona como todos los demás pero por tradición, y porque hacía las mismas cosas que su padre, le seguimos llamando el señor Gobernador.    

domingo, 15 de diciembre de 2013

La cuarta embolia


Instantes después de que Regina entró corriendo en la sala vio los gritos de su madre rebotar sobre el piso y luego sobre las paredes, los esquivó y les dijo adiós con la mirada cuando atravesaron el umbral de la puerta. Con esa misma mirada buscó la de su abuela y al encontrarla corrió hasta ella, se sentó sobre el piso y apoyó su cabeza en el regazo de la anciana que ahora tenía una mueca permanente sobre la boca. Murmuró algo guturalmente y al escuchar los sonidos distorsionados, la niña pensó que las palabras que salían de esos labios estaban chuecas también y eran, por tanto, la razón por la cual no las entendía. Esa misma mañana, mientras ella jugaba a conjugar los números en la escuela, su abuela regresó en ambulancia del hospital. Le hubiera gustado escuchar las sirenas pero no fue así. Luego, tras superar una sensación desconocida, escuchó a su madre decir a través del teléfono: ha sido la tercera embolia.
Vino entonces a la mente de Regina la imagen que desde hacía meses se había forjado de la palabra que la perseguía, la atemorizaba y de la que desconocía el significado exacto: embolia. Esa palabra como una especie de anciana jorobada más que su abuela; una anciana fea y arrugada; mala, y con todos los años del mundo pero sobre todo, enojada hasta el infinito. No entendió la causa por la cual relacionaban a “embolia” con su abuela si eran tan diferentes que –pensaba- no podían siquiera ser malas amigas.
Como su madre no le ofreció comer, la nieta se dedicó a sonreírle a la abuela o, mejor dicho, a corresponderle sonrisas, ya que para Regina la mueca de su abuela no era mueca, sino risitas tergiversadas y eran tantas que probablemente tendría que estirar mucho esa contorsión del rostro para que salieran todas. Eso le decían los ojos cansados, anclados a un gran momento por venir que tenía frente a ella. En ese duelo afectuoso se encontraban cuando un grito de su mamá la tomó desprevenida y la golpeó: ¡no juegues tu abuela, Regina! Triste por fuera y con una sonrisa apagándosele por dentro, posó de nuevo su cabeza en ese regazo conocido y murmuró casi para ella misma: ¿cuándo me contarás otra historia?
Segundos después una fuerte flojera invadió el espacio, se quedó dormida y posteriormente se encontró sentada en el extremo de una barca pequeña de colores vivos. Su abuela en el otro extremo, joven y de pie, daba la espalda al viento y el frente de su cuerpo, ahora recto y macizo, hacia ella. A pesar de la juventud del rostro antes anciano la niña pudo reconocerla. Era la misma imagen de una fotografía que colgaba en una pared de la sala, sobre la cual le había escuchado alguna vez decir, le tomaron cuando fue más feliz. 
— ¡Abuela! —dijo la niña, con algo en la voz parecido a la estupefacción pero más indescriptible.
— Sí —contestó la joven anciana sin mover los labios, hablando con el vientre o con los ojos o con la frente o con las firmes caderas. 
— ¿A dónde vamos? —preguntó la niña mirando hacia otro lado, como al de afuera. Pero debido a que el paisaje captó entonces toda su atención, Regina no logró escuchar la respuesta: “a que inventes un sueño para que luego se lo cuentes a los que se sientan mal”.
La barca navegaba por un río, era caudaloso en ciertos momentos y olas enormes sobresalían por encima de la cabellera de la abuela, cabellera que atrapaba recuerdos y los examinaba para luego desechar los que percibía indeseables. Ese río era rabioso pero inofensivo y el agua que contenía era transparente. No era una transparencia azul sino blanca. Era como un río de cristal, de celofán o hule transparente. De pronto unos lamentos atemorizaron a la pequeña pero la cara impasible de la abuela la tranquilizó:
—No tengas miedo, son unas efemérides llorando porque han sido olvidadas, están en el fondo del río, míralas —le ordenó. 
La niña bajó la mirada y las vio caminar como ciegas. Cuando levantó los ojos vio otras barcas con distintos pasajeros. Algunos eran hombres, algunas mujeres y algunos otros animales. Pero a diferencia de su abuela, todos iban de cara al viento y además había algo peculiar: hombres y mujeres estaban solos y su rostro estaba diseminado en rayones. Sus caras eran los mismos rayones que ella empleaba para borrar los errores que cometía al hacer la tarea y por los cuales su madre la reprendía constantemente recordándole la existencia del borrador. La sorpresa que se instalaba cada vez más pesada donde estaba su sonrisa le impidió hacer un comentario y casi fue posible ver cómo el pasmo hacía resbalar por la comisura izquierda de su boca un pequeño retozo. En los animales, por otro lado, se intuían sin excepciones rostros felices y sabios. Regina descubrió a un mandril y a un tucán e inquieta preguntó a su abuela por qué no se iban hacia los árboles de las orillas. Entonces la vieja-joven le contestó que esos no eran árboles sino años; que lo que salía de sus troncos eran días y lo que colgaba de ellos eran horas que contenían a su vez suspiros, de los cuales los más grandes eran minutos y los más chicos segundos y que esos suspiros tenían, como semillas, sueños que se echaron a perder.   
En esos momentos Regina no comprendió la mortalidad del tiempo y otras cosas porque habían llegado al lugar desde donde se advertían dos cataratas. Por una se vertían torrentes de tristeza y por la otra alegría. Ambos chorros caían sobre el río y se mezclaban para luego desaparecerse, uno a otro y luego al revés, en medio de la transparencia.
Los ojos de Regina eran atónitos y un poco desproporcionados, ellos entendían pero en su pequeño cuerpo se albergaban grandes dudas. Alcanzó a ver, un poco lejanas, caras entre el bosque de años. Esas caras no tenían cuerpo y flotaban somnolientas. Una llamó su atención. Tenía mejillas anchas, una gran melena enmarañada y por la boca le salían canciones que le hicieron pensar en su padre. Recordó uno de los discos que él tenía y que de vez en cuando escuchaba; tenía la foto de este mismo rostro y era la cantante que su padre le había dicho, estaba enterrada en el “blus”. Entonces preguntó si ese lugar era el “blus” y la voz que parecía salir del cuerpo de su abuela le respondió que no, que ese lugar era triste pero también feliz; que allí ya no había melancolía. Regina se alegró porque sacaría a su padre de un gran error, le diría que la cantante vivía con mucha gente más; que la vio cantar junto a un señor negro que tocaba una guitarra con los dientes. Volvió la mirada hacia su abuela y entonces oyó decirle, esta vez sí con los ojos:
—Ah, todos ellos son todavía inmortales.
Regina quiso cantar también pero el sonido se atoró en su garganta porque un pequeño grito feliz sobrevoló la barca. “Allí está tu abuelo” se escuchó entre las fisuras del aire. La chiquilla lo reconoció sin conocerlo y la barca detuvo su marcha cerca de una de las orillas. Su abuela la abrazó con la memoria y de su cabello saltó el recuerdo más grande para refugiarse en el suyo, luego le pidió dos monedas. Regina sacó las únicas dos que traía en sus pantalones de pana amarillo y se las entregó. Eran monedas de chocolate.
La anciana-joven insertó el par de monedas en una maquinita de la canoa donde la niña pudo deletrear, no sin dificultad: “Flo-ti-lla-Ca-ron-te”, luego bajó y se acurrucó en el que había sido su marido. Por los ojos de Regina asomaron unas lagrimas altaneras pero la centenaria mujer calmó ese brote de congoja y le dijo -otra vez sin voz- “no llores, te voy a estar esperando detrás de aquella montaña de promesas”. Sin darle tiempo para responder, la barca deshizo el camino y todo el ambiente que la niña había recorrido pasaba al revés, con velocidad instantánea, tanto que Regina solamente alcanzó a levantar una mano como símbolo de despedida.
Mientras veía todo retroceder alguien la estrujaba por el hombro. Era su padre que le pedía despertar y dejar a la abuela descasar en paz. Sacudiéndose la modorra de los ojos y caminando indecisa, la pequeña le dijo que venía del blus, que vio a la cantante greñuda; que le dijera qué eran efemérides, qué era Caronte y también que quería escribir un sueño. Sin obtener respuesta llegó hasta la mesa sobre la que humeaban ya los platos con sopa. Después de sentarse volvió a preguntar cómo se contaba un sueño y su madre, un tanto irritada, le dijo:
— ¡Ay Regina, otra vez con tus cosas, por favor cómete la sopa!
Callada y meditabunda empezó a comer, pero discretamente otra sonrisa fue apareciéndole en la boca. La sopa era de letras.