Nadie
recuerda como se llamaba el Gobernador. Ni mi padre, que seguramente lo conoció
de niño recordaba su cara, su nombre o su ascendencia. Lo que no podemos
olvidar es que duró gobernando como cuarenta años, hasta que encontró a la
única persona capaz de hacer el mismo trabajo que él: su hijo el mayor, del que
tampoco se recuerda su nombre, solamente una vaga idea de que alguna vez fue
una persona como todos los demás pero por tradición, y porque hacía las mismas
cosas que su padre, le seguimos llamando el señor Gobernador.
domingo, 22 de diciembre de 2013
domingo, 15 de diciembre de 2013
La cuarta embolia
Instantes después de que Regina entró
corriendo en la sala vio los gritos de su madre rebotar sobre el piso y luego
sobre las paredes, los esquivó y les dijo adiós con la mirada cuando
atravesaron el umbral de la puerta. Con esa misma mirada buscó la de su abuela
y al encontrarla corrió hasta ella, se sentó sobre el piso y apoyó su cabeza en
el regazo de la anciana que ahora tenía una mueca permanente sobre la boca.
Murmuró algo guturalmente y al escuchar los sonidos distorsionados, la niña
pensó que las palabras que salían de esos labios estaban chuecas también y
eran, por tanto, la razón por la cual no las entendía. Esa misma mañana,
mientras ella jugaba a conjugar los números en la escuela, su abuela regresó en
ambulancia del hospital. Le hubiera gustado escuchar las sirenas pero no fue
así. Luego, tras superar una sensación desconocida, escuchó a su madre decir a
través del teléfono: ha sido la tercera embolia.
Vino entonces a la
mente de Regina la imagen que desde hacía meses se había forjado de la palabra
que la perseguía, la atemorizaba y de la que desconocía el significado exacto:
embolia. Esa palabra como una especie de anciana jorobada más que su abuela;
una anciana fea y arrugada; mala, y con todos los años del mundo pero sobre
todo, enojada hasta el infinito. No entendió la causa por la cual relacionaban
a “embolia” con su abuela si eran tan diferentes que –pensaba- no podían
siquiera ser malas amigas.
Como su madre no le
ofreció comer, la nieta se dedicó a sonreírle a la abuela o, mejor dicho, a
corresponderle sonrisas, ya que para Regina la mueca de su abuela no era mueca,
sino risitas tergiversadas y eran tantas que probablemente tendría que estirar
mucho esa contorsión del rostro para que salieran todas. Eso le decían los ojos
cansados, anclados a un gran momento por venir que tenía frente a ella. En ese
duelo afectuoso se encontraban cuando un grito de su mamá la tomó desprevenida
y la golpeó: ¡no juegues tu abuela, Regina! Triste por fuera y con una sonrisa
apagándosele por dentro, posó de nuevo su cabeza en ese regazo conocido y
murmuró casi para ella misma: ¿cuándo me contarás otra historia?
Segundos después una
fuerte flojera invadió el espacio, se quedó dormida y posteriormente se
encontró sentada en el extremo de una barca pequeña de colores vivos. Su abuela
en el otro extremo, joven y de pie, daba la espalda al viento y el frente de su
cuerpo, ahora recto y macizo, hacia ella. A pesar de la juventud del rostro
antes anciano la niña pudo reconocerla. Era la misma imagen de una fotografía
que colgaba en una pared de la sala, sobre la cual le había escuchado alguna
vez decir, le tomaron cuando fue más feliz.
— ¡Abuela! —dijo la
niña, con algo en la voz parecido a la estupefacción pero más indescriptible.
— Sí —contestó la joven
anciana sin mover los labios, hablando con el vientre o con los ojos o con la
frente o con las firmes caderas.
— ¿A dónde vamos?
—preguntó la niña mirando hacia otro lado, como al de afuera. Pero debido a que
el paisaje captó entonces toda su atención, Regina no logró escuchar la
respuesta: “a que inventes un sueño para que luego se lo cuentes a los que se
sientan mal”.
La barca navegaba por
un río, era caudaloso en ciertos momentos y olas enormes sobresalían por encima
de la cabellera de la abuela, cabellera que atrapaba recuerdos y los examinaba
para luego desechar los que percibía indeseables. Ese río era rabioso pero
inofensivo y el agua que contenía era transparente. No era una transparencia
azul sino blanca. Era como un río de cristal, de celofán o hule transparente.
De pronto unos lamentos atemorizaron a la pequeña pero la cara impasible de la
abuela la tranquilizó:
—No tengas miedo, son
unas efemérides llorando porque han sido olvidadas, están en el fondo del río,
míralas —le ordenó.
La niña bajó la mirada
y las vio caminar como ciegas. Cuando levantó los ojos vio otras barcas con
distintos pasajeros. Algunos eran hombres, algunas mujeres y algunos otros
animales. Pero a diferencia de su abuela, todos iban de cara al viento y además
había algo peculiar: hombres y mujeres estaban solos y su rostro estaba diseminado
en rayones. Sus caras eran los mismos rayones que ella empleaba para borrar los
errores que cometía al hacer la tarea y por los cuales su madre la reprendía
constantemente recordándole la existencia del borrador. La sorpresa que se
instalaba cada vez más pesada donde estaba su sonrisa le impidió hacer un
comentario y casi fue posible ver cómo el pasmo hacía resbalar por la comisura
izquierda de su boca un pequeño retozo. En los animales, por otro lado, se
intuían sin excepciones rostros felices y sabios. Regina descubrió a un mandril
y a un tucán e inquieta preguntó a su abuela por qué no se iban hacia los
árboles de las orillas. Entonces la vieja-joven le contestó que esos no eran
árboles sino años; que lo que salía de sus troncos eran días y lo que colgaba
de ellos eran horas que contenían a su vez suspiros, de los cuales los más
grandes eran minutos y los más chicos segundos y que esos suspiros tenían, como
semillas, sueños que se echaron a perder.
En esos momentos Regina
no comprendió la mortalidad del tiempo y otras cosas porque habían llegado al
lugar desde donde se advertían dos cataratas. Por una se vertían torrentes de
tristeza y por la otra alegría. Ambos chorros caían sobre el río y se mezclaban
para luego desaparecerse, uno a otro y luego al revés, en medio de la
transparencia.
Los ojos de Regina eran
atónitos y un poco desproporcionados, ellos entendían pero en su pequeño cuerpo
se albergaban grandes dudas. Alcanzó a ver, un poco lejanas, caras entre el
bosque de años. Esas caras no tenían cuerpo y flotaban somnolientas. Una llamó
su atención. Tenía mejillas anchas, una gran melena enmarañada y por la boca le
salían canciones que le hicieron pensar en su padre. Recordó uno de los discos
que él tenía y que de vez en cuando escuchaba; tenía la foto de este mismo
rostro y era la cantante que su padre le había dicho, estaba enterrada en el “blus”. Entonces preguntó si ese lugar era
el “blus” y la voz que parecía salir del cuerpo de su abuela le respondió que
no, que ese lugar era triste pero también feliz; que allí ya no había
melancolía. Regina se alegró porque sacaría a su padre de un gran error, le
diría que la cantante vivía con mucha gente más; que la vio cantar junto a un
señor negro que tocaba una guitarra con los dientes. Volvió la mirada hacia su
abuela y entonces oyó decirle, esta vez sí con los ojos:
—Ah, todos ellos son
todavía inmortales.
Regina quiso cantar
también pero el sonido se atoró en su garganta porque un pequeño grito feliz
sobrevoló la barca. “Allí está tu abuelo” se escuchó entre las fisuras del
aire. La chiquilla lo reconoció sin conocerlo y la barca detuvo su marcha cerca
de una de las orillas. Su abuela la abrazó con la memoria y de su cabello saltó
el recuerdo más grande para refugiarse en el suyo, luego le pidió dos monedas.
Regina sacó las únicas dos que traía en sus pantalones de pana amarillo y se
las entregó. Eran monedas de chocolate.
La anciana-joven
insertó el par de monedas en una maquinita de la canoa donde la niña pudo
deletrear, no sin dificultad: “Flo-ti-lla-Ca-ron-te”,
luego bajó y se acurrucó en el que había sido su marido. Por los ojos de Regina
asomaron unas lagrimas altaneras pero la centenaria mujer calmó ese brote de
congoja y le dijo -otra vez sin voz- “no llores, te voy a estar esperando
detrás de aquella montaña de promesas”. Sin darle tiempo para responder, la
barca deshizo el camino y todo el ambiente que la niña había recorrido pasaba
al revés, con velocidad instantánea, tanto que Regina solamente alcanzó a
levantar una mano como símbolo de despedida.
Mientras veía todo
retroceder alguien la estrujaba por el hombro. Era su padre que le pedía
despertar y dejar a la abuela descasar en paz. Sacudiéndose la modorra de los
ojos y caminando indecisa, la pequeña le dijo que venía del blus, que vio a la
cantante greñuda; que le dijera qué eran efemérides, qué era Caronte y también que
quería escribir un sueño. Sin obtener respuesta llegó hasta la mesa sobre la
que humeaban ya los platos con sopa. Después de sentarse volvió a preguntar
cómo se contaba un sueño y su madre, un tanto irritada, le dijo:
— ¡Ay Regina, otra vez
con tus cosas, por favor cómete la sopa!
Callada y meditabunda
empezó a comer, pero discretamente otra sonrisa fue apareciéndole en la boca.
La sopa era de letras.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Sálvese quien quiera
Hace poco leí una entrevista que le hicieron a Zygmunt Bauman, sociólogo,
filósofo y ensayista británico, en la cual habla sobre sus teorías respecto a
los tiempos actuales y su postura acerca de la vida líquida, el amor líquido y
otros aspectos que ahora son fugaces.
Una de las cosas que llamaron mi atención es que
en los tiempos que corren una carrera no te asegura nada y además, que en esta “modernidad
líquida todo es inestable: el trabajo, el amor, la política, la amistad; los
vínculos humanos provisionales, y el único largo plazo es uno mismo”. Sin embargo,
lo que de plano me golpeó en la cara (aunque tampoco es tan descabellado,
incluso es algo que ya se sabe) fue: “Tratamos al mundo como si fuera un
contenedor lleno de juguetes con los que jugar a voluntad. Cuando nos aburrimos
de ellos, los tiramos y sustituimos por algo nuevo, y así ocurre con los
juguetes inanimados y con los animados”. Y todavía añadió: “hoy una pareja dura
lo que dura la gratificación. Es lo mismo que cuando uno se compra un teléfono
móvil: no juras fidelidad a ese producto, si llega una versión mejor al
mercado, con más trastos, tiras lo viejo y te compras lo nuevo”.
Escribir sobre esto puede parecer un ejercicio
para aminorar o repeler cierto grado de ardidez. Espero que no sea así, porque
si bien es cierto que al momento de leer las cosas que dice el señor Bauman me sobresalté
un poco, pensándolo bien no todo tiene que ser de tal manera. Es cierto que los
tiempos actuales nos devoran y el consumismo no permite otra cosa que la competencia
y en cierto grado la deshumanización, pero también es cierto que las relaciones
humanas, y sobre todo las amorosas, son demasiado complicadas e intentar
descubrir por qué se terminan seria un trabajo demasiado difícil, si no es que
imposible debido a la variedad de circunstancias.
Decir que es porque uno de los implicados descubrió
a alguien mejor, más competente o mejor posicionado resulta incompleto. No digo
que no suceda pero hay otros aspectos a tomar en cuenta. Por ejemplo ¿qué hay
con que uno tome un camino distinto, una velocidad distinta o simplemente que
el amor, o eso que sentía, desaparezca? Obviamente, algo tuvo que ver el
otro pero a fin de cuentas ¿quién entiende bien esto del amor? Eso de
entenderlo resulta infantil porque nos enamoramos sin que alguien nos avise cómo
nos va a ir, además, existen personas de las cuales resulta, a fin de cuentas,
imposible no hacerlo, o hacerlo con medidas.
Dicho lo anterior, en cuanto al amor, me robo y
parafraseo un título de un libro de Ibargüengoitia: Sálvese quien quiera. Si quiere
apostarle, apuéstele, si quiere, resérvese. Porque hoy nuestra única certeza es
la incertidumbre, como dijo Bauman, y when love is gone, where does it go? And
where do we go?
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Pilotar nuevas estrellas
Las estrellas aparecieron de pronto pero sin la
gracia de siempre. La vía láctea que Mario le presentó en otro año parecía
entrar por su garganta mientras la sangre de su cuerpo huía en medio de la
noche y se mezclaba con la tierra inerme. La primera gota quedó sobre el
asfalto, o eso creía, pues en ese preciso momento le era imposible recordar
cómo es que había terminado ahí, en esa zanja a la vera de un camino y mirando
incrédulo las estrellas. El ruido de la sangre al brotar de su cuerpo y
comulgar con la tierra lo engatusaba pero imaginar que podía ahogarse en ella
lo aterró. Quería pensar, recordar su existencia o al menos suponer que no
moriría porque las imágenes sobre su vida, aquellas que supuestamente aparecen
cuando ya no se necesitan, parecían estar ocultas y muy lejos de lo que sucedía
en ese momento.
Un viento tibio le robó los sentidos, le obligó a cerrar los parpados y lo
llevó a través de algo muy parecido al tiempo. Algo que entre otras cosas
carecía de angustias primitivas. Se vio a sí mismo en un pasado remoto,
acaecido unas horas apenas. Un pasado que contenía una trascendencia infinita y
descomunal. La habitación era la misma a la que su memoria se aferraba con
afiladas garras y a la que reconocía como algo más cercano a un recuerdo. Era
él pero diferente y estaba sentado sobre la cama donde se le derramaron
infinidad de sueños. Leyó sobre su propio rostro el cansancio de los días
adolescentes y algunos posteriores; de los días en los que ya no hay cinco
soles sino diez y cada uno parece tener su propio infierno. Su rostro le devolvió
un desconsuelo que nunca antes había visto y repentinamente aparecieron dos
fulgores como ojos. En sus antebrazos vio chispas de miedo y culpa. No recordó
por qué y simplemente fue testigo de cómo una decisión se desvistió las
incógnitas; se introdujo por sus oídos y descansó en el interior de lo que
pensaba era su conciencia. Su mano derecha tomó la liga y arremangó, del brazo
izquierdo, la camisa de cuadros verdes, morados y dispares. Luego tomó la
jeringa y tras perseguir y encontrar una vena dispuesta inyectó el último
pinchazo. Un par de segundos después la noción de sí mismo como parte esencial
del tiempo se diluyó. Se sintió reducido a mil pensamientos y una fuerza de
atracción ilimitada lo hizo introducirse en la mente de aquel que fue alguna
vez. De un momento a otro pudo habitarse de nuevo; reconocer sus sensaciones y
sus sentimientos, sus recuerdos y sus olvidos. Pudo reconocer millones de actos
y millones de segundos que ya no sucederían. Volvía a ser él otra vez pero
diferente. Mejor dicho, eran miles de él en diferentes momentos y
circunstancias dentro de su propio cuerpo, lo que le brindaba un sinnúmero de
perspectivas propias y del mundo; lo que constituía una sabiduría inmensa, que
lo sofocaba y le hacia recordar el deseo de morir bajo las estrellas.
El vuelco que sufrió el mundo no le sorprendió. Había adquirido una nueva
percepción de las cosas, de sí mismo y del futuro combinado con el pasado y,
acostumbrado a la penumbra, agradeció poder caminar en la noche, bajo el cielo
estrellado y a mitad del campo. Imaginando que todo sería mejor caminó seguro,
con pasos que jamás había pronunciado de forma tan resuelta hasta el momento en
que percibió la luz. Era amarilla y resaltaba en la negrura de la noche. Sus
ojos llegaron al piso para descubrir la línea blanca y discontinua de una
carretera perdida. Entonces esa luz poco a poco se convirtió en una masa de
hierro que decidida, se le iba encima y lo embestía. El golpe recibido a la
altura de la cadera no fue tan doloroso como el hecho de, al momento de volver
el rostro, ver su propia cara tras el volante del automóvil que le traía la
muerte, la misma cara de uno de los miles él en que se había disuelto. Supuso
entonces que algún otro lo veía volar, dar vueltas en el aire y preguntarse de
nuevo la misma pregunta que se había hecho siempre y para la que nadie tenía
una solución. Intuyó que tal vez esa pregunta era la vida misma y ésta
terminaba cuando alguien descubría la respuesta o simplemente dejaba de
preguntar. Pero eso a él, o a todos los que eran él, ya no le interesaba.
La caída fue más rápida que el ascenso, las piedras lo recibieron como ortigas
despechadas y un pedazo de lámina en medio de la zanja oxidada por el sol, el
agua y la soledad se le incrustó en la espalda y probablemente llegó hasta el
corazón. A la orilla de la carretera corría una zanja de un metro de
profundidad, como un río desaparecido y que nadie ha echado de menos y ahí fue
donde precisamente terminó su organismo. Cuando su cuerpo tocó tierra sus representaciones
acudieron a él. Sintió fluir la sangre hacia afuera y de nuevo el miedo a ser
ahogado por ella lo invadió. También lo llenó de terror creer que permanecería
en este círculo mortal pero alguien le dijo desde un lugar remoto que la sangre
no alcanza para una eternidad. Conforme se le vaciaba el cuerpo se le vaciaban
también los pensamientos. Lentamente cerró los ojos y pudo ver cómo las
estrellas le abrían camino en el espacio.
En la mañana de un día cualquiera su madre subió hasta la habitación. No se
había levantado y sobre el suelo una gran capa de rojo había transformado el
verde de la alfombra. El cuerpo presentaba varios golpes y una abertura en la
parte posterior, abertura que alcanzó a rozarle el corazón. El parte policíaco habló
de una puñalada y golpes mortales achacados a un maleante que había
entrado no sabían por dónde. La sangre que se le había vaciado era un líquido
lechoso de un rojo intenso que adornaba el piso de su recámara. Sin saber
porque, su madre lo imaginó en una zanja a la vera del camino, donde es mentira
que se erige una capilla pero afortunadamente, tanto dolor le cegó esta
visión.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Vida a fin de cuentas
La indigente que camina siempre acompañada
de tres perros y un costal sobre su espalda era la segunda que contaba. Iba
frente a las instalaciones del teatro de la ciudad y el cuadro era algo
costumbrista pero sobre todo decadente. El juego de ese día consistía en contar
personas que hablan solas por la calle. Era un pasatiempo divertido y común, el
cual solía realizar desde el asiento trasero del coche familiar y sobre todo en
días con sol, ya que en los grises le
gustaba imaginar cosas más desagradables. A veces también cantaba, sobre todo cuando
sus padres hablaban de él como si no estuviera presente, y cuando llovía, solía
pensar que viajar en el asiento trasero era una seguridad porque así, cuando
sucediera un choque frontal, ellos serían los primeros en recibir el impacto y
posiblemente los primeros en morir, o si había algo más de suerte, los únicos.
Algunas veces salir a recorrer las calles de la ciudad representaba solo
imaginar el accidente que lo dejaría huérfano.
—Espero
que todo esto no resulte inútil, ¿ya te dijo que quiere estudiar literatura?
¿Ser un escritor? —le preguntó la madre
a su marido, con un dejo de burla pero
sobretodo incredulidad.
—Ajá
—respondió él— pero va a ser contador.
—¡Ah
claro, como la zorra con la que te acuestas! —le reprochó la mujer, para después
buscar en su bolso una de las tres nuevas
pastillas que tomaba: trazodone, diazepam o secobarbital.
En ese momento contó al
número tres. Un calvo de 47 años –calculó- que vestía una bermuda beige,
zapatos tenis color rojo y una playera verde de la selección mexicana de
futbol. Caminaba a toda prisa y al parecer monologaba a la misma velocidad. Con
un algodón de azúcar rosa en la mano y como perseguido por el miedo o por su
propio par de padres. La única pregunta que asomó por la cabeza de Felipe fue
para quién sería el algodón, o si una golosina de esas podría darle, a él, algo
de distracción en todo este sinsentido. La discusión, por otro lado, no había
tenido réplica y los pasajeros de los asientos delanteros se habían concentrado
en el mutismo de siempre pues era sabida la histeria de la mujer, la
infidelidad del hombre y la infelicidad de los dos.
Supo que llegarían
pronto, y cuando franquearon el crucero en el cual dos payasos con tristes
caras realizan insulsos malabares, reconoció en ellos las mismas sonrisas
afligidas de sus padres en todas las reuniones familiares. De momento sintió
lástima, pero ésta se le apaciguó cuando ella gritó que no podían llegar tarde
y su padre le replicó que se calmara o se tomara cinco tabletas más. Al doblar
en el callejón donde se encontraba el consultorio del doctor Mendiola
distinguió a la cuarta integrante de la lista. Era una anciana demacrada y casi
a punto de morir.Caminaba con una soledad tan grande que, paradójicamente,
parecía ser acompañada por una masa que usaba el espacio contiguo para intentar
manifestarse; como si esa soledad pudiera transformar un espacio, convertirse
en compañera y acomplejar la luz adyacente a la mujer. Felipe imaginó que la
compañía de la mujer era su muerte y sonrió. Esto le dio una idea para el
regreso a casa: identificar a las personas más cercanas al momento de morir,
sin embargo, desechó casi de inmediato la propuesta de su imaginación pues
en las listas que creaba el lugar número
uno siempre se lo adjudicaba a sí mismo.
Justo
entonces llegaron a la entrada del consultorio. Su padre estacionó el coche en
seis movimientos y varios gritos y quejidos de su madre. Los tres descendieron
después, sus padres discutiendo lo de siempre. La anciana que advirtió en la
esquina les dio alcance y al pasar junto a ellos y notar el altercado dijo en
alta voz: “este mundo es uno de locos”. Mamá y papá callaron y se dispusieron a
entrar como cualquier familia feliz. La entrada al consultorio también fue la
de siempre: ella acomodándole la ropa, el pelo y recordándole lo que tenía que
decir; su padre, absorto en las nalgas de alguna desconocida que salía o
entraba o pasaba por ahí.
La vacuidad del
consultorio amenazaba su estabilidad y mientras esperaba sesión con el
psicólogo, contenía trabajosamente la risa porque junto a la televisión, que
transmitía una especie de curso de superación personal, colgaba un cuadro con
una frase irónica: el mundo es un lugar para las mentes sanas. En ese momento
se abrieron las puertas y su nombre fue mencionado con algo parecido a una
mezcla de orgullo y conmiseración. Felipe no podía parar de reír.
El regreso a casa fue
como tantos otros en otros tantos días que parecen no tener continuidad.
Desistió en seguir con la cuenta de la gente por el disgusto que dejó en él el
Dr. Mendiola, sus palabras y sobre todo sus miradas. ¿Cómo decirles que siente
acoso de su parte? Aunque tal vez era cuestión de la imaginación, o de las
entrepiernas, pensó. Por la noche no hizo tarea, escribió un cuento nuevo y
pensó que el primer año de secundaria podría sobrellevarse. Tampoco bajó a
cenar y le sorprendió un poco que su madre no fuera por él, que no lo
reprendiera y por el contrario, le llevara la cena hasta su cuarto. Pero la
sorpresa no paró ahí. La cena consistía en un par de huevos revueltos, jugo de
naranja y dos rebanadas de pan tostado, además de algunos calmantes que lo
hicieron dormir profundamente. Todo lo sucedido no fue lo que impresionó a
Felipe, sino ver lágrimas en el fondo de los ojos de su madre y, sobre todo,
escucharle palabras reconfortantes, palabras saltarinas y juguetonas que
trataban de significar “todo va a estar bien”; palabras que hacía mucho tiempo
no brotaban de su boca ni de sus ojos, del fondo de su ser.
En la mañana siguiente
no hubo despertar. Su madre ni siquiera durmió y cuando él estaba a punto de
salir para la escuela, como cada día sin desayunar y sin despedidas, el canto
de una nueva mujer lo regresó, pausadamente, a la habitación donde su padre
dormía de manera plácida, con la conciencia abierta al conocimiento de que ya
no habrá nada más, al menos, en esta parte de la vida. Le sorprendió ver una
maleta hecha muy cerca de la cama, también ver a su madre tan tranquila aunque
con la mirada perdida. Sin duda alguna la amenaza de abandono y las múltiples
infidelidades del esposo despertaron en ella el instinto homicida, aunque
también podríamos añadir algo de esquizofrenia, soledad, miedo al futuro y un
desorden alimenticio. A pesar de todo lo analizado nadie supo cómo fue que el
hombre tenía tal cantidad de estupefacientes en el cuerpo, al grado de no
resistir cierto llamado muy conocido y en este caso, involuntario. Únicamente
se pudo escuchar a través de esa tétrica mañana la voz de la mujer, fluida y
feliz a lo largo de la calle, sin detenerse en cada esquina para mirar primero
a un lado y luego hacia el otro.
En la imaginación de
Felipe quedó registrado el momento en que su madre era trasladada al sanatorio
mental de la ciudad y su padre al cementerio de la misma. Si bien había
sospechado el desorden mental en las personas, nunca se atrevió a pensar en
alguna consecuencia fatal. Tampoco nunca se había puesto a pensar en la rapidez
del tiempo y en cómo los días nos llevan de un lugar a otro mientras nos
dedicamos a parpadear. Pero había pasado y ahora, al parecer, la tía Gertrudis
y su esposo se harían cargo de él. Fueron los que arreglaron el sepelio y los
que dispusieron de una pequeña habitación en su casa, la cual habían construido
esperando a un hijo que nunca llegó. La disposición en ellos fue algo inusual
ya que jamás existió una verdadera relación familiar y lo poco que sabía de
ellos era que afortunadamente nunca tuvieron descendencia.
Siete meses después del
fatídico suceso Felipe regresa a casa de la tía Gertrudis, es de noche y ha
preferido pasar la tarde por ahí, hablando mientras camina solo por las calles
de la ciudad pero mirando de un lado a otro con desconfianza. Cuando traspasa
la puerta es un poco más noche, las estrellas relucen con intensidad pero
desafortunadamente tienen que quedarse afuera. No hay cena y la tía Gertrudis
lo regaña, le pregunta dónde ha estado y por qué no llega más temprano; le dice
que su tío ya está por llegar y habrá que apresurarse. Enmudecido, el
adolecente sube las escaleras.Sabe lo que sigue, lo que harán todos en esta
noche y no consigue descifrar si le desagrada o, poco a poco, se ha ido
acostumbrando. Lo único que sabe es que debería escribirlo todo pero al revés, escribir
una historia donde no suceda lo que pasa en este lado de la vida.
Entra al cuarto en el
que ha sobrevivido esos días o como sea que les llama la gente, pretende que
pone el seguro imaginario a la puerta y pretende que esa oscuridad lo protege.
A pesar de ese sentimiento que desconoce se desnuda y se tiende sobre la
pequeña cama, como se acostumbra en esta casa. En un instante que de tan
imperceptible se vuelve intolerable, entra Gertrudis con su bata de seda, se
sienta en el borde de la cama y dice que “Pancho está por llegar, que hay que
apurarse”. Extiende entonces la mano y toca la entrepierna del sobrino con
alevosía, con necesidad, y cuando siente la tensión se deshace de su bata, se
introduce en la cama y busca la conjunción de la inconsciencia con la juventud.
Cuando el ruido de un motor se apaga fuera de la casa, Gertrudis ya está en la
cocina. Francisco entra y prefiere no cenar, se justifica con cansancio y el
hecho de haber trabajado hasta tarde y por el contrario, plantea irse a dormir.Sube
a la habitación así, sin más, porque en ese matrimonio ya no hay nada que hacer
o decir. El señor de la casa espera pacientemente el transcurrir de una hora o
dos -solo la noche lo sabe- y cuando cree que su mujer duerme lánguidamente, se
levanta cauteloso y camina unos metros hasta la puerta de la habitación del
muchacho que sigue desnudo y ahora, boca abajo. Felipe lo espera, lo intuye y
lo siente entre las sabanas pensando que en todo esto no hay muchas risas ya y
que, tal vez, falte poco para el amanecer.
There is only one way
to read, which is to browse in libraries and bookshops, picking up books that
attract you, reading only those, dropping them when they bore you, skipping the
parts that drag and never, never reading anything because you feel you ought,
or because it is a part of a trend or a movement. Remember that the book wich
bores you when you are twenty or thirty will open doors for you when you are
forty or fifty and viceversa. Don’t read a book out of its right time for you.
Doris Lessing “The golden notebook”.
Pese a la cita escrita, esta
entrada no tratará sobre la escritora británica y recién fallecida, aunque
debería. Y no será así porque en realidad solo he leído un libro suyo y mi
memoria no sería de gran ayuda. En cambio comentaré sobre otros dos escritores
que también ganaron el premio Nobel y que leí recientemente: J. M. Coetzee y
Orhan Pamuk.
Tal
vez la gran pregunta sea ¿por qué? Y la respuesta obvia es: porque quiero y
puedo. Bueno, no tanto, supongo que únicamente es a manera de ejercicio y un
poco de homenaje a dos libros que me tuvieron atado pero sobre todo, que al
terminarlos (y durante la lectura) me dejaron con una exaltación de
sentimientos bastante fuerte. Y es que como dijo la señora Lessing, a veces
estás listo para un libro, a veces no, pero en mi caso al menos, la mayoría de
las ocasiones disfruto lo que leo y casi siempre siento algo en el pecho, en el
estómago o en el cerebro.
Desgracia, de J. M. Coetzee, plantea la
situación de un hombre viejo, su soledad y algunas situaciones que le plantea
la vida con relación a su hija y su profesión pero sobre todo, plantea el
desgarramiento y la problemática que significa enfrentar un hecho para el que
probablemente no se está preparado. Sin duda, uno de los elementos presentes en
la novela y que la marcan como “densa”, es la soledad del personaje principal y
sobre todo, su enfrentamiento con la vejez, además de todo lo complicado que
pueda resultar contar una historia dentro de Sudáfrica. De este modo culpa,
redención, intentos de respeto, aspectos políticos y sociológicos se adhieren a
la trama y en lo personal, lo que más me afectó: eutanasia canina.
La
mayoría de los personajes son complejos, sobre todo Lucy, la hija de David
Lurie y aunque poco a poco se van descubriendo los intereses de algunos de
ellos, lo que queda claro es la dificultad en las relaciones humanas, algo que
probablemente sea demasiado conocido sin embargo, en Desgracia persiste una sensación de incomodidad que va más allá de
cualquier decisión actual o del pasado. Debo confesar que lo leí en un momento
en el que no me sentía del todo feliz y la sensación que me dejó fue intensa y
hasta un poco dolorosa, sobre todo con el final.
La
historia de Nieve se desarrolla en
Turquía y me parece que una de sus principales características, al igual que Desgracia, es la soledad de los
personajes principales. Ka, el protagonista, es un poeta solitario que regresa
a la mencionada ciudad y se enfrenta con problemas políticos, amorosos y
sociales pero encuentra la inspiración necesaria como nunca antes lo había
hecho. Atraído por una ola de suicidios de jóvenes mujeres que a fin de cuentas
no queda claro si en realidad se suicidan o no, y por unas elecciones que
pueden marcar una diferencia, se ve inmerso en una disyuntiva existencial que
tiene que ver con cuestiones ideológicas, religiosas, políticas pero sobre todo
amorosas.
Se
dice que la novela es muy política y sí, lo es. También es lenta pero muestra
la problemática de Oriente bajo una trama que a la vez expone la soledad de una
manera singular. El autor crea un microcosmos empleando una anécdota donde la acción
se desarrolla en solo tres días y, cobijado bajo un escenario donde predomina
la nieve y las sensaciones que ésta puede provocar, presenta una historia que
resulta bastante sensible aunque con ingredientes varios: metaficción, intertextos
y poesía que nunca aparece que todos sabemos está ahí.
Mientras
leía esta novela continuaba con el mood depre de la anterior y lo que más me
quedo claro es que Nieve es
melancolía.
domingo, 17 de noviembre de 2013
domingo, 10 de noviembre de 2013
Las ambulancias no me sirven
lo que tengo en el estómago
no es veneno
y tampoco lo que deja el desamor:
es la certeza de que ya nada será igual
a todo lo que he conocido sobre mí.
He vivido un amor irreparable.
Y a veces lamento
que la pericia del suicidio se haya marchado
entre los ideales de mi juventud
y solamente puedo
extender los ojos para imaginar
que la infancia vuelve perdurable
sin constreñimientos.
Pero el niño que pregunta
hace mucho que perdió sus inquietudes.
Ahora soy el hombre
al que las respuestas le llegaron solas
y además le sorprendieron
mirando hacia otro lado
esperando la esperanza
en dirección equivocada.
No hay una gota de arrepentimiento
no
pues en tus brazos habrá lo que le sigue
al amor y en los míos
ataduras que me darán otro tipo
de felicidad.
lunes, 5 de agosto de 2013
Soy un pesimista, y un decadente
Cada lunes siento que debo escribir unas cuantas palabras más
y cada lunes se me atora el pensamiento
contando cada lunes que se va
pensando que al tiempo le negociamos todo:
un día pegado con la noche
una vida propia
o una muerte ajena
dependiendo de lo que queramos usar como estrategia
para llegar al sitio que nos corresponde
hasta encontrarnos con los brazos cansados
con una sed irremediable
y colmados de una verdad inservible ya.
martes, 30 de julio de 2013
Hace poco se filtró el último disco de Goldfrapp y mientras
veía el video de la canción Drew pensé en la frase aquella de <el rock está muerto>. La veracidad de tal comentario
carece de relevancia a estas alturas ya que desde sus inicios, el rock como
tal, ha tenido fisuras que lo emparentan con diversos géneros e incluso algunos
exponentes han sabido sacar provecho de esa delgada línea que lo separa, por
ejemplo, del pop (iba a poner: sin ir mas lejos los Beatles, pero en este caso
no aplica, por lo de lejos, digo).
Decir que el rock
ha muerto es un atrevimiento, y aunque es probable que haya argumentos tanto a
favor como en contra, lo que resulta innegable es que la música, como todo, se
transforma.
Para el rock esta transformación
llegó con el sintetizador y la electrónica, además de músicos arriesgados y empeñados
en descubrir nuevos sonidos (sí, aquí lean, entre otros, a Bjork) así como
infinidad de fusiones y desviaciones. Y pese a todo seguimos usando las
etiquetas, pero sobre todo, y esto es lo importante, seguimos confiando en eso
que nos provoca la música, en especial alguna voz tan peculiar que resulta
inconfundible e inclasificable aunque no siempre necesaria. Como ejemplos podría
mencionar a varios ya que dentro del universo musical existen infinidad de opciones,
modelos y gustos pero en este momento (aunque parezca que no, estoy trabajando)
los que viene a mi mente son CocoRosie (que traen nuevo disco, o no tanto pero
ha resultado una gran sorpresa), Antony
and the Johnsons (que, bueno, es él), Golfrapp y Boards of Canada. Todos con disco
este año excepto Antony, año que a muchos nos ha hecho felices musicalmente, y
eso que aún no termina.
CocoRosie: Child Bride.
Antony and the Johnsons: Cute the world.
Goldfrapp: Drew.
Boards of Canada: Reach for the Dead.
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