lunes, 1 de octubre de 2012

Malas noticias del pasado


—…Descolgarlos ya no servirá de nada, antes pendían de los árboles y ahora de los puentes pero en ambos casos, las lenguas son las que pasan frío.
—Me asusta la filantropía, por eso tengo sexo, solo sexo. Puro y duro, como dijo mi profesor.
—Yo creo que por ahí te acercas a ella, así ayudas al hombre.
—Pero yo quiero destrozarlos, o destrozarte en este caso. Luego sentirme mejor cada vez que te vas y yo me vengo.
—Te diría que qué descarada, pero creo que por eso me gustas. Además de que sabes escuchar…
—Mira, por ejemplo a ese de chaleco café que están entrevistando, yo le quitaría el dolor que aparenta le rebosa por las mangas pero al presidente sí no le ayudo a olvidar su alcoholismo, que le haga como pueda.
—Me gusta tu generosidad, sobre todo la que escondes entre las piernas.
—Ahí es donde radican los secretos. Y hay quienes los ven y quienes no.
— ¿Entonces crees que yo lo hago?   
—Yo más bien creo que debes buscar en otro lado, te voy a presentar a mi amigo Reynaldo, es un cubano muy agradable…

miércoles, 15 de agosto de 2012

Eme

María Maldonado murió mientras mentía. Muchas manías mantuvo; miasmas milenarias, meras motivaciones mundanas.

domingo, 12 de agosto de 2012

Exilio


Hace tiempo —vaya usted a saber quién sabe cuánto— le llegó el rumor sobre un hombre que habitaba la luna. Desde entonces, pasó las noches y la mitad de los días (a veces hay que dejar de soñar y solamente dormir) en investigar quién se atrevió a tanto. De este modo se olvidó del tiempo mismo, las calles con sus coches y transeúntes ya no son nada e incluso la nostalgia tiene ahora un cariz distinto. Ha ignorado la mayoría de las voces, humanas o no, y cualquier designio parece un eco que viaja del pasado inexplorado.
Él quiere a toda costa encontrar al hombre que se fue a la luna y cree firmemente en ese minuto que está cada vez más cerca, cada vez más próximo. Sin embargo, la falta de ingenio para mirar en un espejo lo aleja de manera constante de tal propósito.  

sábado, 7 de julio de 2012

Te doy la mentira


Te doy la mentira –dijiste-
para que realices el mundo
y olvides el lenguaje de los sueños.
Para que no te alcance la locura
de las esperanzas vanas
y camines mi compañía sin la sabiduría de tu mirar.

Te doy la mentira –dijiste-
para que respondas lo que no imaginas
y por la noche veas solamente oscuridad.
Para que no me sientas hoy
como me sentirás mañana
y pienses en el siempre y el jamás; en el futuro de la soledad.

Te doy la mentira –dijiste-
para que creas en eso que llaman amor.
Cuando castamente yo solo quería conocer de tus ojos el color. 

domingo, 17 de junio de 2012

Paroxismo


Caminaba entre las sombras y las formas de la ciudad presuroso, persiguiendo el espacio inmediato como señuelo y disputándoselo a lo incierto. Caminaba por las calles, dispuesto y apegado a su plan con la esperanza de que no cambiara en el último minuto. La imagen de esa parte de la ciudad aparecía en su cabeza fijamente y recordaba, mientras ejecutaba un misterioso caminar, cada esquina, cada poste de luz y cada teléfono público. También los pocos comercios y algunos autos que simulaban ser testigos mudos o más bien cómplices risueños. Paso a paso revivía un instante practicado muchas veces; ensayado a conciencia y a pesar de que no había público, los nervios en esta ocasión definitiva eran infinitos.
Había dejado de escuchar las voces que nacieron unos años antes, en un lugar que nunca conoció pero donde le habían dicho, una muerte había sucedido. Un lugar que desgraciadamente no recuerda pero que se puede suponer cercano al odio, al dolor de perder un pedazo del futuro. Esas voces que provocaban una sensación parecida a la que genera ver ciertos bichos, ciertos animalillos rastreros que dejan en el cuerpo, minutos después u horas incluso, la sensación de recorrer el cuerpo y sentir entonces la necesidad de revisarlo y ver que no hay nada en la piel pero sentir el recorrido de un pequeño ser causando una inquietud, un cosquilleo que crea ganas de amartillar esa parte del cuerpo cuando las uñas ya desgarraron la epidermis. Y luego encogerse, abrazarse para ahuyentar el estremecimiento. El temblor. El escalofrío. Las voces.
Pero esta noche todo había quedado atrás, ahora sobrevivían las estrellas: millones de luces en el cielo que formaban constelaciones que tienen nombre o al menos lo tuvieron alguna vez.   
La residencia lo recibió de pronto. Sus ojos encontraron sorpresivamente rápido el domicilio al que la noche debía llevarlo y cobijado por una oscuridad abrumadora y una decisión desconocida por no saber exactamente fluye, sacó del bolsillo de su chamarra de cuero negra una ganzúa; forzó la cerradura, abrió la puerta del enrejado y entró en el patio frontal. Cerró inmediatamente después y corrió hasta la puerta principal. Sin perro y sin alarmas, reutilizó la ganzúa y entró en la casa vacía. En el segundo inmediato sintió el aire viciado. La oscuridad era casi la misma que la exterior. De hecho todo lo sentía similar a algo del pasado con excepción de los muebles y los enseres menores que mostraban una calidad de vida muy alta: parecían rozar la felicidad. A pesar de saberse solo por completo un intenso malestar le paralizó las piernas y le aceleró el ritmo cardiaco sin razón aparente. ¿Era una ausencia o una presencia? ¿Era lo pasado que volvía o se hacía más allá? No lo entendió y en realidad nunca lo supo. Quiso escuchar y aguzó el oído pero el miedo de que las voces regresaran lo detuvo de inmediato. Sin embargo, esa inmovilidad cedió ante la duda de la existencia de una duda y con los primeros pasos su pecho caminó el mismo recorrido que sus pies sin saber que llegaría a un lugar distinto, sintiendo que en cada movimiento su pecho albergaba un órgano y una sensación cercanos al paroxismo. Con las piernas y todo el cuerpo temblando empezó a reconocer ciertos fantasmas. Traspuso la sala y entonces le sobrevolaron recuerdos. Pasó por el comedor y llegó hasta la cocina para cerciorarse del juego macabro que le tendía la vida pues conocía la disposición de los muebles, sus colores y la familiaridad que la mayoría de ellos le obsequiaba. La inquietud fue creciendo y parecía que aun las suposiciones eran minúsculas, inútiles. La sensación de reconocer algo en el aire sin saber qué o por qué lo desconcertaba y todos sus sentidos coincidían en que ahí existía algo que alguna vez le perteneció. Confundido, regresó hasta el inicio de la escalera y mientras subía, contó el número de escalones que ya conocía. Con ardor en la sangre llegó a la recámara principal. No se sorprendió por lo que sentía ni por lo que ahora le llegaba hasta sus ojos y se le internaba, nuevamente, en el cerebro. Ese dormitorio ya lo conocía; la cama, el armario, los burós y hasta la sobrecama ya estaban en su memoria. La sorpresa capital le alcanzó peor que un mazo en pleno rostro al encontrar sobre uno de esos burós una fotografía en la que su esposa, muerta seis años atrás, abrazaba a un tipo rubio y uniformado mientras un par de niños los celebraban con sus pequeños brazos. En su cabeza las preguntas se agolparon y unas a otras se restaban valor, interés o lo que sea que el espasmo permite. Con el golpe de eso que parecía ser un recuerdo o un descubrimiento quimérico se olvidó de todo como se había olvidado del tiempo transcurrido desde que entró en esa casa y no escuchó el aullido de las sirenas. Algún vecino había llamado a la policía y ahora dos agentes entraban para llevárselo. Lo sobajaron y esposaron; lo sacaron a rastras y lo subieron a la patrulla.
—Está loco, con esa mirada perdida parece que oyera voces —indicó uno de ellos. Él no dijo nada, no fue capaz de articular una palabra para decir que ahora escuchaba solamente risas.                                                               

domingo, 3 de junio de 2012

Oír voces, quemar plata, qué mas da (poema-resumen basado en "Plata quemada" de Ricardo Piglia)*


Se aman sobre la enfermedad y entre el desquiciamiento:
el Gaucho Dorda escucha voces y una vez le dijeron que matara;
el Nene Brignone se mete de todo, coge con casi todo.

Argentina.

La heroína, la cocaína, la insatisfacción del outsider.
El plan maestro que de tan perfecto
invita a la traición, al asesinato
mientras el amor de dos psicópatas
recrea la necesidad de reconocerse
en esa empatía prediseñada por el extravío.   
Luego huir, esconderse.

Uruguay.

Transitar por la delgada línea de lo que resulta del pasado
y lo que se espera del futuro
presintiendo la fatalidad pero haciendo como que no
porque hay amor, sexo, drogas pero no rock&roll (y si hubo prefiero olvidarlo).

Toparse de frente con lo imposible pero resistir
porque se tienen uno a otro y además, se han tenido casi desde siempre.
Enfrentar el metal tomando fuerza de su compañía,
de la piedra que es heroína, que es semidiosa;
del anhelo del recuerdo del sexo,
del tamaño del primer pene que les metieron,  
de la primera vez que estuvieron juntos.

Ver sobrevolar las balas agazapados en un departamento
que podría caer a pedazos y sobre ellos pero qué mas da.
Y en el momento del clímax, en lugar de venirse,
quemar la plata robada.
Escuchar la furia de la sociedad como emblema del status quo.
Diferir a lo de siempre y mantenerse,
oír los pasos en la escalera y
que uno de los dos reciba el fuego que afortunadamente no son todos,
abrazarlo y verlo morir.

Despedazarse frente al uniforme para alcanzarle, 
hacerlo mientras lo suben en la ambulancia
con el cuerpo cubierto por la pureza de un simple manto.

Volver a escuchar las voces
deseando que esta vez sean solo palabras de él. 





* Hace unos mese leí
 Plata Quemada de Ricardo Piglia y me gustó bastante. Quise hacerle entonces una especie de homenaje mediante un ensayo o una crítica (que a fin de cuentas sería muy subjetiva) pero al final salió este poema-resumen, supongo debido a no sentirme capacitado ni con suficiente autoridad para más. Perdón si le destruyo el final a alguien. Lean el libro. No he visto la película así que no sé que pedo con ella. 

martes, 8 de mayo de 2012

Un regreso distinto.


La verdad es que nunca me han gustado los regresos y ni sé explicar por qué. Por lo mismo, cuando me fui del pueblo aquel, anclado en el norte y donde viví una temprana adolescencia, la infancia y hasta mi nacimiento, prometí no volver. Si me preguntan solamente puedo decir que me fui de allí por una simple razón: pertenecía a una familia feliz. Ni más, ni menos. Mis padres no se habían casado por compromiso, bueno sí, pero fue un compromiso “amoroso” como le llamaban ellos y no una obligación. Supongo que saben a qué me refiero. Luego los hijos fuimos planeados con verdadera conciencia o mejor dicho, con conciencia religiosa si ello puede ser mejor. Yo fui el primogénito y me siguieron ocho más, como de año y medio de diferencia o algo así. Ah, y para que ya digan que no me creen, intercalados: un hombre y luego una mujer. Mi padre, el Sr. Evaristo Meléndez, como buen hombre de familia mexicana, trabajaba de sol a sol en las oficinas de la presidencia de esa nonata ciudad, por lo que toda la gente le auguraba un futuro prometedor. Y sí.
                Cuando cumplí los diecisiete y poco antes de irme del hogar, todo estaba listo para que fuera presidente municipal del pueblo aquel, ubicado en el fondo de un hoyo; en medio de cuatro enormes cerros que casi lo desdibujaban del mapa y del resto del mundo. Con esto se podrá tener una noción de la calidad de vida que gozábamos, la cual no era excelente pero tampoco era mala y además, hay que tener en cuenta el oficio de político y sus ventajas. En fin, por aquellos días llegó uno en que me sentí repleto de felicidad familiar al grado de sofocarme y, simplemente, decidí fugarme; recorrer el mundo empezando por el mismo país. Salí así, sin una gran cantidad de dinero ni sueños por triunfar ni un sentimiento pequeño, ni siquiera un anhelo por encontrar lo que tenía perdido. Me fui con las ropas de encima y solo los primeros dos días viajé en autobús para alejarme y que mi padre, si me mandaba buscar, no me diera alcance. Era verano y pude dormir varias  veces sobre la noche. Los primeros años caminé tanto que olvidé para qué me servían los pies; comía lo que encontraba en el camino y algunas veces me detuve a trabajar por un par de días y conseguir algo de dinero, pagar una poca de comida o un lugar donde descansar. Cuando sentí que el tiempo pasaba más a prisa yo empecé a correr también. Ya no pedía ni buscaba la forma de conseguirme las cosas en los lugares por donde pasaba y en vez de eso comencé a robar primero y luego a lo que viene después. En mi paso por esta república de ciegos conocí cárceles y hospitales; hoteles, albergues y caminos desolados pero nunca me sentí tan bien. No era feliz y eso me bastaba o, en todo caso, era feliz a mi manera. Recorrí distintos lugares, volví a otros pero nunca del que salí por primera vez. Seguía pensando que volver no sirve de nada porque uno es cada vez más otra persona y por lo tanto, volver a veces no es volver. En cambio aprendía en cada ocasión un poco más de todo; sobre mí, sobre los demás y lo más importante, sobre algunos deseos extraños que la gente tiene.
                De pronto, en esta hermosa playa mexicana se cumplieron diez años de mi destierro y acabo de emprender mi propio negocio. Supongo que por eso es que recuerdo mi casa, mi familia y el terruño; porque ahora empiezo a llegar al lugar de donde huí: la felicidad. Como mi padre, también tengo a mi lado muchos niños pero a diferencia de él, estos no son míos, al menos no en ese sentido. No se si me explique porque resulta un poco incomodo. Solo puedo decir que ellos me dan la felicidad que a veces también me incomoda y son parte del negocio. Todo es más llevadero y placentero, cada vez hay más clientes, mexicanos y hasta extranjeros. Tal vez también por eso recordé a mi familia, porque ahora tengo algo parecido si se le mira con ojos muy abiertos. Tal vez por eso recuerdo cuando iba al catecismo e intentaba pensar lo contrario de lo que me enseñaban y en algún pasaje bíblico sentí que algo en mi mente se pudrió o tan solo me atrajo la idea de una vida diferente, al borde de un abismo que aún ni siquiera imagino. Aunque la verdad no entiendo este sentimiento de nostalgia y prefiero pensar que estos recuerdos son resultado de un delirio por venir, el cual, a su vez, me generará una falta total de memoria y entonces no sentiré ataduras, porque quién sabe, a lo mejor yo quería caer en un agujero más grande que aquel en el que se encuentra el pueblo que intento dejar en el olvido. Igual y pretendo recrear una felicidad diferente y por eso me resulta extraño pensar en aquellos años y volver, en cierto modo, al pueblo en el que encontré una vida que sabía, no podría vivir. 


viernes, 20 de abril de 2012

¿Dónde estás Mario?


Hubo lluvia. Dos bandas abridoras y miedo de perderme; de que empezaran a tocar y no estuviéramos juntos. 
Other Lives nos puso en sintonía relajada, casi etérea. Cuando terminaron fui por cerveza y de regreso la masa se hizo para adelante; se abrió un hueco, la lluvia arreció y no logré regresar al lugar donde me esperaba. Caribou electrizó el ambiente y los ánimos se elevaron a pesar de que no lo encontraba. Él guardaba mi impermeable en alguno de sus bolsillos, así que fui de los que más se mojó (con la lluvia). Pensé en la mala idea que fue dejar los celulares en el hotel. Antes de que Radiohead empezara a tocar me moví, lo re-encontré y esperamos. Me sentí aliviado de reconocer su cara en medio de la multitud, de reconocer su presencia casi como un niño redescubre el confort de su escondite favorito. A las diez de la noche los sonidos radiohedianos se distendieron entre gritos e histeria y me llegaron cargados de colores, de evocaciones e instancias de toda la vida. Set list no apto para fans villamelones. Cada canción un posible desasosiego, un temblor (ahora que están de moda), un derrumbe, un levantón, un recuerdo, una mordida del futuro hasta llegar de nuevo al silencio. Me fallan los sentidos para relatarlo a detalle mas no la memoria y el recuerdo es para mi, para él y para otros 25 mil algo que supera, supongo, lo imaginado. Tocaron mi favorita y el camino de regreso ya no fue el mismo. Tampoco el que me lleva hacia otro lado.   

sábado, 7 de abril de 2012

Nosotros los optimistas

Sí, dijo el hombre y entonces todo se perdió en tenues esperanzas. Se crearon las historias del Bing Bang, de Adán y Eva y de proféticas gestaciones. Los dañados atardeceres ya no podían frente a los prometedores amaneceres. Nadie quería pensar en el después, en la ceniza que caería en cada anochecer...Pero no, yo tampoco les hablaré de la sublimación que podría traernos un eterno final. Tómese esto como un casto inicio y el resto, déjelo para después.