viernes, 2 de marzo de 2012

Aurora

La sacaron del vientre de su madre con fórceps y con mucha fuerza; al parecer no quería venir a este mundo y según la historia que nadie cuenta, nació dormida. Debido al empleo de esas pinzas la fisonomía de su cabeza sufrió un leve cambio: era algo angosta, alargada y hacía juego con el par de orejas que la acompañaba. Eran sus orejas algo más grandes que las de la mayoría de los niños de la calle en la que vivía y eran, por lo tanto, el signo físico que la identificaba incluso más que el hecho de caminar a veces con la boca abierta. Nació el día de un mes que trajo muchas tragedias al mundo y el calor era infernal, sin embargo, como suele ocurrir con la mayoría de los nacimientos, logró despertar una esperanza en sus padres a pesar de que ambos deseaban un primogénito varón.
El hecho de tener las orejas más grandes que la mayor parte de las personas jamás le ha traído grandes desilusiones, ni siquiera cuando sus compañeros de escuela la atiborran de insultos y burlas, las cuales suelen resbalar por un costado de su sonrisa adormilada sin daño alguno, como si no entendiera los ataques o, peor aún, como si no entendiera las palabras. Piensa que tal vez las trenzas que siempre le teje su madre en ambos lados de la cara y que le cubren las largas orejas, son también un escudo que la protege y le permite transformar los sonidos en ruidos inclasificables que nadie mas conoce. De este modo, y desde que empezó a salir a jugar afuera de su casa, se le puede ver cantando canciones en distintas lenguas; en idiomas de su invención que hacen indescifrables las melodías, los días y las noches.
Sus hermanos fueron naciendo poco a poco. Cuando ella cumplió los tres años de edad nació el primero, Valentín; cuando cumplió los cinco nació Sandro, Fabián cuando tenía siete. Nacieron así, como planeados por la Divina Providencia a decir de la abnegada madre y del no menos orgulloso padre. Sin embargo, en el corazón de Aurora algo pareció inquietarse pues había deseado una hermanita igual que ella, con cabeza de huevo y las orejas tantito caídas. Pese a todo, el malestar fue desapareciendo lentamente y sus tres hermanos  poco a poco le fueron dando satisfacción y muchas razones para ignorarlos. Por otro lado, los juegos con los niños vecinos y posteriormente las labores de la escuela, en menor medida, le fueron ocupando los días pero no la oportunidad de distraerse con aquello contrario a la realidad, pues su imaginación fue siempre una de las más desproporcionadas que se hayan visto por este lado de la conciencia, incluso a veces tiende a confundir el tiempo. 
En esta parte de la ciudad, donde la mayoría de los días son lánguidos y a menudo se va la luz, Aurora suele imaginar. Imagina que no es la mayor de cuatro hermanos, de los cuales tres son hombres y ella la única mujer; imagina que vive en un lugar donde la gente es tan libre como los animales y sobre todo, imagina que la oscuridad no es negra, sino blanca, y que los adultos no han perdido del todo la inocencia. En cada ejercicio de imaginación la niña aprende un poco más y la vida no se le atraviesa de manera grotesca todavía, cierra los ojos y de pronto hay cientos de caballos por toda la ciudad. Sobre el asfalto y entre las calles resuenan las patas sin herrar y entonces ella comienza a correr junto con ellos tan plácida como arduamente para que la furia, que alcanza a mirar con el rabillo de los ojos, no los alcance. Llega hasta la casa bañada en sudor, agitada y sin comprar los encargos que la madre le ha pedido traer de la tienda que se encuentra a varias cuadras de su vivienda, inmueble de cuatro habitaciones y un amplio patio en el que vive un naranjo y bajo el cual a veces Aurora duerme. Entre jadeos ruega porque mande a uno de sus dos hermanos que ya pueden ir pero su madre, como castigo, la hace regresar a la tiendita a regañadientes. Yo la veo pasar con ese vestido blanco de una pieza que tiene dos bolsas delanteras cuadradas y dos dibujos de duendes en cada una; con las hombreras como globos y sus zapatos de charol, blancos también. Las eternas trenzas que ahora le llegan casi a la cintura.
Una vez platiqué con ella. Me contó que le gustan las noches de luna llena, caminar bajo los puentes y ahí soltarse de la mano de su mamá cuando van al centro de la ciudad; los colores café y gris y voltear casi siempre para atrás. Le atrae mirar las fotografías y tratar de hacer que las figuras se muevan; oír las conversaciones de los mayores y pensar que pasarán otra vez, o mejor muchas. Pone atención en las palabras nuevas, las cuales repite incansablemente y las usa sin saber ni el significado ni la relación que tienen con lo que quiere decir. Después abrió las piernas sin darse cuenta y le vi sus calzoncillos blancos.
Con el paso de pocos años Aurora se ha convertido en una niña singular, en una niña con un retraso encantador, un retraso que parece ir a la delantera de nuestros pensamientos y nuestra realidad. En cierta ocasión, mientras jugaba a las escondidas con los niños de la calle, se quedó pensando dentro de  su escondite -unas ruinas de una casa que jamás han terminado de construir- sobre las arrugas del abuelo, en su joroba y en el poco pelo que ya tenía. Supuso que había hecho algo muy malo para haber recibido el castigo de lucir de la manera en que lo hacía y entonces se le fueron las horas sin darse cuenta. Sus amigos la olvidaron y su madre tuvo que salir a buscarla, incluso varios vecinos salimos al escuchar los gritos de la mujer y cuando la encontramos, la señora Teresa se la llevó agarrada de una trenza para dejarla sin cenar pues la noche había caído sin estrellas.  
Yo digo que por las noches sueña con vestidos de pedrería y oboes de plata, o a lo mejor así es como la sueño yo. Al parecer está creciendo pero en el siguiente instante persigue por horas a una mosca que llega hasta una calle que sirve de basurero, la mira disfrutar del manjar y deambular con una tranquila prisa sobre la porquería, saborearla y perderse otra vez en el aire. Entonces regresa a casa para notar que la comida es dañina para el cuerpo humano pues no los hace volar.
En esta época de lluvias fue un placer verla salir del escondite en que se convierte su casa. Sale en el momento exacto en que la tarde deja de serlo y se convierte en algo que no es del todo noche y, parada bajo el poste de la luz mercurial, espera los relámpagos y los truenos de la tormenta con ansia. Cuando las gotas de lluvia inician su descenso, ella gira sobre el poste cantando una canción que nadie entiende mientras sus trenzas brincan como si danzaran por sí mismas. Luego sus hermanos, uno a uno, desfilan para tratar de regresarla a casa pero ella suele resistir. Primero es el turno del menor, el cual ya no es tan pequeño pero fracasa en el intento y se vuelve con algo de tristeza y puchero en el rostro pues los estados emocionales de su hermana aún no los puede entender. Sandro, el de en medio, va por ella sin ganas pues poco a poco se ha acostumbrado a ver el mismo espectáculo y ahora está algo harto. Valentín, el mayor, hace días que ha dejado de insistirle que regrese. Piensa que al fin y al cabo no pasará de sufrir una gripe como tantas otras en diferentes ocasiones, o que tal vez un rayo la parta en dos (piensa con miedo de que su madre le descubra estas reflexiones). Solo la mamá, y en contadas ocasiones el padre, logra llevarla hasta la puerta de la vivienda gracias al par de trenzas que le sirven de agarradera. Así Aurora, no pudiendo resistir con la fuerza de sus brazos enlazados al poste la fuerza que ejercen los adultos, cede su voluntad y se deja conducir hacia el interior de su hogar sin dejar de mirar cómo caen las gotas desde la oscuridad y cómo solo bajo el cobijo de la luz puede verlas precipitarse.  
De este modo ha transcurrido la infancia de Aurora, quien al nacer y según ideas de la madre, sería quien le ayudara con el cuidado de los hijos menores. No obstante esta maquinación mental del ingenio maternal, las cosas no salieron como se esperaba, o más bien Aurora, con su encantadora ingenuidad, mandó al traste las intenciones de su progenitora al preguntarle, mientras cargaba en sus pequeños brazos a Sandro -quien dicho sea de paso era demasiado llorón-, si los bebés no se rompían cuando uno los aventaba contra el piso. La señora Teresa alcanza a distinguir un movimiento en los ojos de la niña y descubre cual es la siguiente acción que se forma en el cerebro de la chiquilla. Inmediatamente extiende sus brazos y atrapa el cuerpo del bebé que ha sido dejado por los brazos de la niña sobre el viento. Entonces Aurora se olvida del asunto en el segundo subsecuente pues ha escuchado los gritos del ropavejero y corre hacia la ventana para verlo pasar. Éste, fue uno de los primeros indicios que recibió la señora Teresa acerca del gran conflicto de intereses de su hija, acerca de la enorme carga de imaginación de la pequeña que le hace transformar su realidad.                    
Yo puedo decir que la he visto crecer. Hace un par de semanas cumplió los diez años y poco a poco ha dejado de salir a correr por en medio de la calle. Digamos que yo tampoco salgo mucho pero ha resultado extraño no verla vagar por aquí. La última vez que la vi me pareció que algo estaba cambiando, que sus orejas ya no estaban tan caídas y sus trenzas habían desaparecido. Ya no me acerco ni a su casa ni a su madre, solamente me entero de sus cosas por medio de los chiquillos que algunas veces entran en casa de los Buenaventura y no sé porque no dejo de presentir que algo anda mal.
De pronto la veo jugar y salgo a platicar con ella, está sentada con dos hormigas en las manos y con otro vestido blanco. Sin darse cuenta abre las piernas como aquella vez que no me he podido borrar de la memoria y desafortunadamente mis ojos constatan lo que mi corazón había temido en otro momento: una mancha roja en sus calzones, una señal que reduce hasta evaporarse mi amor y mi atracción por ella pues sé que ya no cantará en las noches y bajo la lluvia, amarrada al poste de luz, canciones que nadie entiende. Doy media vuelta y me voy dejándola con las manos hacia mí, intentando mostrarme como hace platicar a una hormiga con la otra.  

martes, 21 de febrero de 2012

Umbral

“Lo primero es el secreto del nombre, de la esencia. El numen la clave del ensueño y la alteridad el fin”, pensaba mientras palabra por palabra, letra por letra, creía descifrar ese otro mundo que habitaba.   

sábado, 4 de febrero de 2012

Una crónica sabatina

Es después de mediodía y salgo rumbo al centro de la ciudad, hacia el lugar donde trabajo. Por ser sábado, el camión no va atiborrado como es costumbre y puedo disfrutar de una lectura apacible mientras escucho música. La sensación es de apacibilidad. Hace buen tiempo, con sol y nubes. Delante de mí un par de niños ríen y platican cosas que no escucho pero intuyo, tienen alrededor de tres y cinco años y son niño y niña. Sus padres viajan en los asientos de atrás y en algunos lapsos escucho palabras y ordenes que los niños hacen como que no oyen. No estoy alterado porque estos lapsos son efímeros y The National, Radiohead y Pulp amortiguan todo, o casi. En cierto momento el transporte llega a una intersección y empiezan a verse automóviles aparcados en diversos sitios y de manera irregular. En este cruce se erige un puente que hace gala y representa un supuesto desarrollo tanto social como económico y desde aquí parte la carretera libre hacia Cd. Juárez. Mientras el autobús avanza lentamente la inquietud de las personas por saber qué sucede se manifiesta y las cabezas empiezan a levantarse un poco, a moverse hacia los lados e incluso agacharse un poquito. Y lo que sucede no es algo extraordinario: la volcadura de un auto blanco. El coche estaba en medio de la carretera, bajo el puente y con las llantas hacia arriba y como es de suponer, en el camión surgieron los murmullos y las miradas se asombraron durante un momento, mientras hacíamos el camino y disfrutábamos de la vista. Yo, que también había sido poseído por la curiosidad, luego de saciarla regresé la vista hacia el frente y encontré la cara del niño asombrada y dirigida hacia la parte trasera del camión, hacia el lugar donde estaban sus padres. En ese rostro había un asombro cargado de emoción y justo en ese instante emitía, a manera de susurro, estas dos palabras que parecían dichas sin decirse, o al menos así las leí yo: “Un Muerto”. Inmediatamente todo fue quedando atrás, incluso esas palabras que desde mi perspectiva no fueron dichas sino dibujadas. De pronto un adormecimiento me asaltó. Los ruidos que los pequeños de enfrente hacían no me molestaban gracias a, como ya dije, la música que brotaba de mis audífonos. Sin embargo, esta calma fue rota por un conato de accidente que me enmudeció. Llevaba la cabeza recargada sobre el cristal de la ventana y antes de cerrar los ojos apareció un motociclista queriendo rebasar nuestro medio de transporte, del lado de un pequeño camellón que sirve para dividir la calle principal de la lateral. En ese preciso momento el camionero realizó una maniobra consistente en mover el pesado transporte de un carril a otro sin ver la motocicleta que avanzaba a la misma velocidad y ya muy replegada. El camión estuvo a punto de derribar al conductor de la moto, le rozó el manubrio derecho y solamente se escuchó un ruido sordo. La rapidez del suceso permitió que el conductor se quedara atrás, con un susto desmedido pero remediable, o eso espero. Lo extraordinario, y generado también por esa misma rapidez, fue que no pude articular un grito de alarma ni una palabra de atención hacia el chofer del camión. Solamente me brotó un sss cuando advertí el peligro en que se encontraba el sujeto de la moto al sentir la impotencia de que un animal mecánico de ese tamaño se le viniera encima y únicamente atinó a levantar su mano derecha en un intento desesperado e inútil para detener el autobús. Supongo que la misma sensación paralizó a los que, como yo, notaron el incidente. Pocos en realidad. De este sobresalto pasé a recordar cosas sin sentido y otras no tanto. Llegué a donde tenía que llegar y me senté a trabajar. Por inercia chequé los noticiarios y abrí Facebook. Empezaré por ahí y destacaré la publicación de Víctor Velo relacionada con el nombre de nuestra Generación para la graduación de Letras Españolas. A saber, Cesar Duarte Jaques. Sinceramente no había tenido oportunidad de quejarme, incluso había superado el disgusto inicial imaginando que era una broma. Pero es más, creo que no lo haré y me quedaré con la satisfacción de haber terminado una hermosa licenciatura que me trajo demasiado (incluyendo excelentes amigos) y no con el mal sabor de boca, la incomodidad y el malestar que me provocan todos los políticos de mierda de este país. Así las cosas, la tarde no pintaba bien. Y hay más. En diarios digitales la noticia era otra masacre, esta vez nueve (creo y tal vez contando) en un antro de la ciudad. Otros cuatro en un bar. Luego vino otro malestar. Imposible no relacionar los hechos con los hombres de poder, con los que quieren más, con los que manipulan, nos gobiernan y protegen (obviamente es un decir). Imposible no relacionarlo todo con nosotros mismos también, con esta sociedad adormecida por el ruido de las balas y las sirenas de ambulancias y patrullas. Imposible no relacionar este malestar con los hombres que necesitan reconocimiento, con aquellos que se los dan aunque sea en el nombre de una Generación de estudiantes inconformes por su realidad. Imposible creer que estos hombres merecen ser glorificados por hacer SU trabajo, mal hecho por cierto. En fin, abrí otra página con el informe de un accidente acaecido en el entronque de la carretera a Cd. Juárez y la calle Tecnológico. Accidente que casi presencié. El asunto es como sigue: un hombre roba un automóvil, es detectado por las fuerzas policiales y perseguido. Logra llegar hasta el punto en cuestión pero en la huida pierde el control, el auto gira (supongo), empieza a dar vueltas en el aire o se embiste contra la estructura del puente -en realidad esto lo desconozco- y el ladrón sale disparado del vehículo. Para su mala fortuna, el coche le cae encima y le provoca una muerte instantánea. A pesar de lo fuerte y sorprendente que resulta una nota como esta quiero señalar algo más: el resultado de una serie de incidentes que han generado personas deshumanizadas y una sociedad que ya no se sorprende con nada o que está dispuesta, así como a glorificar hombres sin merecerlo, también a condenarlos sin juzgarlos. Al final de la nota, en los comentarios, fue posible leer esto: “alegraos sociedad una rata menos hoooo justicia divina!!”, “tas canijo bro me ganaste el comentario jajaj” (respuesta), “UNA LACRA MENOS” (misma respuesta del mismo tipo anterior) y “justicia divina !!! ojala y asi fuera siempre...”. Estos comentarios tuvieron, además, varios “likes” que amplían la visión y postura de los comentaristas. Mi siguiente pensamiento y reflexión fue relativo a esta sociedad que conformamos hoy. No es que trate de defender al ladrón pero considero alarmante celebraciones de este tipo cuando se trata de la muerte de un ser humano, independientemente de sus actos. Lo anterior también me trajo a la mente la frase antigua de “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, la cual no quiero creer y sin embargo siento que algo no anda bien.         

martes, 31 de enero de 2012


Hay poesía que brota de los poros
si se mantiene fija la mirada,
si se lucha en contra del diabetes
y se guarda un verso para el final 
en la entrepierna. 

viernes, 6 de enero de 2012

Hay dudas que no matan pero como inquietan.

Amaneció y yo quiero saber a qué huele cierta música, dónde dejé la chispa de la infancia y porqué no hay días que sean todos noche. Cómo escribo un currículo en que resalten los colores a pesar de preferir el negro y conseguir el puesto para escribir los guiones de tus sueños. Quién raciona el tiempo que creemos nos pertenece. Quién tiene más hoy: los ayeres, la nostalgia, la memoria o el olvido. Quiero saber cuándo se acabará el principio, dónde empezó y para qué. Cuánto mide un gran final y quiénes serán los finalistas. Cuándo arderán todos los puentes.  Cuántos caminos tienen el mismo rumbo, cuántos cuantos son un límite, cuántos una mediocridad. Dónde se esconden los misterios, si se consuelan unos a otros o se pelean por engendrar intrigas. Por qué un te amo a veces no es suficiente, por qué a veces sí lo es. Cuándo es hora y en qué segundo el mundo no me hablará más de ti. Qué pasa por tu cabeza, qué piensas justo ahora que yo estoy pensando en ti y por qué solo han pasado tres minutos desde este amanecer. 

martes, 3 de enero de 2012

Aprendiendo a ir al baño

—…Créeme si te digo que desconozco esta risa tanto como la razón de que el todo sea compuesto por partes, luego aparece la oscuridad y me complico la noche tratando de encontrar el nivel de importancia en el quién, el qué o el cuándo.  No pienses que divago, bueno si, aunque yo intuyo que solo estoy aprendiendo a envejecer.   
—Esa risa es una falsa historia y no todas las historias fracasan cuando se intenta contar la verdad.
—Nada importa si no se cree en ella, y yo no lo hago
— ¿Entonces?
—Pues hay quien dice que los viejos son sabios
—No entiendo….
—Pues que me estoy haciendo viejo y a mi me gusta la mentira
—Lo más interesante es que has dejado de llorar
—Es que llorar es veraz y por eso mejor me río
— ¿Así o más patético?
—Llámalo como quieras pero al final todo alrededor será malsano. Esta palabra me gusta, malsano.
—Me sorprendería que te gustara otra….por ejemplo… ¿originalidad?
—Tu gracia no es precisamente divina ¿eh?
 —Ja, pues tu desgracia tampoco
¡Jorge, sal del baño ya, ¿Por qué no entras como la gente normal, a masturbarte y ya?!

sábado, 17 de septiembre de 2011

Rompimos el silencio anoche para que nadie nos recuerde tristes, para que las luciérganas encontraran el camino de regreso y para no crearle un rostro a la soledad. Estuvimos en el campo y en el desierto; en el mar y sobre un témpano, pero en ningún momento sobre la cama. La música de fondo no era la realidad sino su contraparte. Alguien hurtó los gritos mas no las miradas y en cambio, nos regalaron susurros. A punto del desmayo me volví pero no encontré pasado y entonces, tranquilamente, cerré los ojos y comenzó el amanecer.